Rosi se dejó caer pesadamente en el sillón, prácticamente agotada de otra dura jornada. Miró a la nada, apoyando la nuca en el sillón. Sólo vio el viejo techo del salón, al que le hacía falta una buena mano de pintura, los restos de una mancha de humedad y la horrible lámpara de techo que siempre había querido cambiar. Sus bombillas lucían de un modo desigual. Posiblemente, alguna estaba a punto de fundirse. Cerró los ojos por un segundo, intentando recordar la última vez que había podido sentarse a descansar tranquilamente y tener un rato para ella. Demasiado tiempo. Demasiado trabajo. Prácticamente había olvidado el significado de la palabra "aburrimiento". Instintivamente, cogió el mando de la tele. Un sábado por la noche tenía que haber algo interesante por narices. Fue saltando de un canal a otro sin encontrar nada de su gusto. Fútbol en uno, anuncios con película entre medias en otro, series sobre oficios en los que te pasabas la vida en el trabajo y siempre surgía el amor con el compañero... suponiendo que a eso le llamaran amor. Porque realmente eran rolletes y poco más. Ya era una experta en eso de pasar más tiempo en el trabajo que en casa como para tragarse una serie de ese retilo. Apagó la tele y se levantó perezosamente del sillón. No estaba acostumbrada a eso de tener tiempo libre. Le resultaba raro estar parada sin hacer nada. Una vez más, asomó la cabeza por la puerta de los cuartos de cada uno de sus hijos. Marcos dormía plácidamente. Aún tenía miedo a la oscuridad, por lo que siempre brillaba una pequeña luz en forma de uno de sus personajes favoritos de dibujos. Bob, el minion, vigilaba atentamente la habitación. Crecían demasiado deprisa. Ya pronto dejaría de necesitar que su madre revisara el armario en busca de monstruos. Rosi cerró la puerta tan suavemente como la había abierto. Sus ojos se habían convertido en agudos y vigilantes, de tal forma que en un segundo podían ver cualquier cosa que estuviera fuera de lugar. Se asomó igualmente a la de Sergio. Aparte de algún que otro cómic por el suelo, no había nada que llamara su atención. Sigilosamente, Rosi cogió los comics que había por el suelo y los hojeó rápidamente antes de volver a dejarlos en su sitio. Escenas de superhéroes luchando por la justicia y triunfando sobre el mal pasaron ante sus ojos en una fracción de segundo. Se preguntó si al convertirse en madre no habría desarrollado también alguna clase de súperpoder. Tenía un súper oído que les escuchaba al momento, súper velocidad para acudir al instante en que la necesitaran y se hacía casi invulnerable ante las enfermedades que cogían. Sí señor, ser madre había supuesto un gran reto, y ella no podía sentirse más orgullosa de esa pareja que le había tocado criar, aunque más de una vez la sacaran de quicio.
Cerró la puerta tras de sí y se sentó nuevamente en el sillón. Repasó mentalmente una vez más toda la lista de tareas para asegurase de que no se había dejado ninguna sin hacer. Y por primera vez en mucho tiempo, pudo hacer algo que llevaba mucho tiempo sin hacer: apagó la alarma de su móvil. Y pensó todas las cosas que podría hacer en dos semanas de vacaciones. ¿Cuánto había pasado ya desde las últimas? Ni se acordaba. Lástima no haber podido cogerlas en Navidad, para hacerlas coincidir con las vacaciones escolares. Habría que pensar cómo arreglárselas entonces. Pero aún faltaba mucho para eso y no quería pasar esos días agobiándose por adelantado. Volvió a encender la tele y la dejó en una de esas películas románticas en la que todo era perfecto. Nada que ver con la cruda realidad. ¿En qué mundo vivirían los que escribían ese tipo de historias? Tal vez, fueran así de irreales aposta. Una forma de evadirse del mundo real y soñar con un mundo mejor. Una simple continuación de los cuentos que a veces les leía a sus hijos. Con la diferencia de que casi todos esos cuentos tenían su moraleja y podías aprender algo. Sin embargo, ¿qué se podía aprender de esos culebrones televisivos? ¿Que cuando abrieras la puerta, de repente aparecería el príncipe azul a solucionarte la vida? Chorradas. Los príncipes azules no existían más que en los cuentos. Los hombres sólo pensaban en sí mismos. No sabían lo que significaba amar. En realidad, nadie sabía lo que significaba realmente. Era algo que llevaba toda una vida aprender.
Apagó nuevamente la tele. Sin querer, le había vuelto a despertar aquel doloroso recuerdo que trataba de olvidar. Ya hacía demasiado de aquello y todavía dolía demasiado. Se esforzaba demasiado en parecer fuerte. Tenía que serlo por sus niños. Pero hay heridas que tardan mucho en cicatrizar. David la había destrozado tanto que no podía olvidar. Lloró amargamente. ¿Por qué? ¿Por qué abandonó a su familia? ¿Por qué no pudo ser un padre ejemplar y un marido fiel? ¿Tanto le aterraba la idea de la responsabilidad? Al principio, trató de perdonarle sus continuas infidelidades. Pero no pudo aguantarlas eternamente. Ni siquiera pestañeó cuando se lo echó en cara. Casi hasta parecía aliviado de verse descubierto. Hizo las maletas y se fue con viento fresco, a vivir con su sexy secretaria de 21 años.
- ¡Basta! - gritó Rosi - No puedo seguir así. La vida es dura, cierto, pero no puedo centrarme sólo en lo negativo o terminaré volviéndome loca. A pesar de todo, aún tengo dos buenas razones por las que seguir luchando. Dos magníficas razones por las que dar gracias. ¡Tengo que olvidarme de una vez de ese cerdo! ¿Por qué me es tan difícil? ¡Ojalá pudiera eliminar todo rastro de su recuerdo en mi cabeza!
Intentaba hacer que estaba bien. Hacía como si ya hubiera superado todo aquello. Pero aún dolía. Algo se había desquebrajado en el fondo de su ser. Su corazón había sido maltratado, pisoteado, destrozado... y solo lograba curarlo poco a poco con el amor que sentía hacia sus pequeños. Sí, eso sí que era amor verdadero. No había mejor medicina para un corazón roto. Quizás, algún día, también sería capaz de perdonar y olvidar. Pero aún no. Aún no.
El sonido de la melodía del móvil la ayudó a disipar toda aquella maraña de pensamientos. ¿Quién podría ser a aquellas horas tan intempestivas? Miró con desgana el teléfono que se iluminaba en la pantalla de su Smartphone. Un número de esos enormemente largos, que suelen ser de alguna enorme centralita casi siempre situada al otro lado del océano. Al parecer, a las empresas les salía mucho más barato montar los call centers en Sudamérica que contratar gente en España.
- Por favor - masculló - que no sea de la oficina. - pulsó finalmente el botón de descolgar, mientras cerraba los ojos a la espera de alguna mala noticia. Seguramente otro cambio de turno y nueva ocasión de tener que mandar sus días de descanso a la porra - ¿Sí?
- Buenas noches. Le llamo de su compañía telefónica para mejorar su calidad de servicio y ofrecerle la fibra óptica, con 100 canales de televisión. ¿Le interesa?
Colgó directamente. No tenía ganas de discutir con la señorita del otro lado de la línea. Ya le había dicho en repetidas ocasiones a su compañía que no quería ni más cosas, ni nuevos móviles, ni nada de nada. Si por ella fuera, se comunicaría con el mundo a base de señales de humo para no tener que aguantar a los cansinos de su operadora. Daba igual que te enfadaras y que les dijeras que hicieran el favor de no molestar. Ni suplicar que te incluyeran en todas las listas Robinson y pedir el amparo de la LOPD. ¡Si al menos pudieran llamarla a unas horas normales! No en mitad del trabajo o cuando se iba a dormir. Pero era una batalla que había perdido hace mucho. Total, ¿qué ibas a hacer? ¿Denunciarles? ¡Ja! Con lo lenta que iba la justicia en España, tendría suerte si arreglaban algo antes de que sus hijos se jubilaran. Y eso suponiendo que no te dejaras todo el sueldo en abogados y demás. Era más probable alcanzar la bancarrota que ver una resolución favorable del juzgado. ¿Cambiar de compañía de móvil? Tampoco. Iban a ser tan pesados como el resto. ¿Vivir sin móvil? En los tiempos que corrían, no era una opción muy viable. No. Ya directamente decía que no a todo o colgaba directamente. Ya se cansarían algún día. O eso le gustaba pensar. En el fondo, no creía que cayera esa breva. No iba a tener esa suerte.
No era la primera lucha que tenía con la compañía del teléfono. Ya tuvo que presentar una reclamación por escrito a causa de lo que ella consideraba publicidad engañosa. Había veces que llamaba a conocidos suyos que, al parecer, tenían algo parecido a un buzón de voz, donde podías dictar un mensaje para que se le enviara. A pesar de que en la publicidad le vendían tarifa plana de voz con SMS ilimitados, esos mensajes se los cobraron aparte. Si eran SMS igualmente, ¿cómo era que no venían incluidos en su tarifa? Tras dos llamadas al teléfono de Atención al Cliente, más de 15 minutos de espera saltando de contestador a contestador, y una tremenda pelea con operadoras que no tenían la culpa de nada y que no hacían más que decirle que aquello no era una ONG y a ver si se creía que todo se lo iban a regalar, decidió reclamar por escrito a través del formulario Web. Contestaron que no procedía y poco más. Sólo les faltó decir que podían seguirla robando impunemente. Nunca más supo nada del asunto. Las compañías sabían perfectamente que nadie iba a perder tiempo en reclamar lo que sumaban apenas un par de euros mensuales. Escribir a Consumo, denunciar... todo eso costaba tiempo y dinero, y a ningún particular le compensaría jamás. Pero unos euros de uno, otros pocos de otro... si sumabas todos sus clientes, seguramente sacarían una buena pasta de todas aquellas trampas que inventaban para sacarle dinero a la gente. Y luego se extrañaban de que, una vez acabada tu permanencia, te buscaras otra compañía. Aún recordaba con asombro los primeros meses que empezó a usar internet en su teléfono. Como no tenía ningún tipo de tarifa plana, llegó a pagar más de 60 euros los primeros meses. Nadie la llamó para ofrecerle una tarifa mejor. Pero desde que cogió la tarifa plana más económica que pudo encontrar, cada pocos meses había una llamada que trataba de convencerla para pasarse a una tarifa mejor. Por supuesto, mucho más cara y con cosas que nunca usaría. Eran unos ladrones. Solo les faltaba la pistola.
Se cansó finalmente de tanta tontería. No tenía ganas ni de tele, ni de discutir con nadie, ni de nada. Solo quería descansar. Las jornadas le resultaban maratonianas. Ser madre trabajadora era realmente agotador. Y más sin nadie con quien compartir la carga. Bueno, la verdad es que siempre podía recurrir a su madre, pero procuraba evitarlo. No era por que tuviera una mala relación, más bien era todo lo contrario, pero a veces le quedaba la sensación de estar abusando demasiado. La sociedad parecía ir avanzando en esa dirección, con tantas horas en los trabajos, no se tenía apenas tiempo para estar con los hijos. Al final, o les apuntabas a infinitas actividades extraescolares, o tirabas de abuelos. Eso sin contar la de horas que se podían tirar con la cantidad de deberes que les mandaban. ¿A qué se dedicaban los profesores? Mandaban muchísimo trabajo para casa y casi ninguno acababa el temario. Y eso sin contar todos los exámenes que les ponían. Por suerte, ella había conseguido algo intermedio en su trabajo y casi se las apañaba sola, haciendo una jornada intensiva en la oficina, aunque la recortaran en sueldo. Y por mucho que quisieran vender una imagen de igualdad, de conciliación entre vida laboral y personal, sabía que estaba muy mal vista. No solo por sus jefes directos y por la directiva en general, también por sus propios compañeros. En el fondo, más de uno envidiaría tener una jornada así. Pero también tenía su precio a pagar. Aunque nadie lo admitiría jamás. Ni hartos de vino. En el fondo, lo que estaba bien visto era desvivirse por la empresa y siempre salir al menos una hora tarde, aunque estuvieras perdiendo el tiempo en tu ordenador leyendo las noticias en internet.
Se metió en el baño con la idea de meterse una buena ducha antes de irse a dormir. Se desnudó casi sin darse cuenta, en modo automático, como hacía la inmensa mayoría de las cosas. Pero antes de terminar de quitarse toda la ropa, observó su propia imagen en el espejo. Una primera visión superficial se habría quedado con la cara de stress, llena de arrugas, víctima de un esfuerzo sobrehumano para conseguir salir adelante con la que estaba cayendo. Pero ella se sonrió, con cara de satisfacción. Ella veía lo mucho que, a pesar de las dificultades, había conseguido.
- No estas nada mal, para la edad que tienes. Has criado dos hijos casi sola, pero aún estás bastante buena - dijo, echándose a reír.
¿Qué importaba estar buena o no? Ella ya había tenido bastante de los hombres. Se había quedado más que servida. Ahora, solo había dos chicos en su vida, y no necesitaba a más. Pero, aun así, le gustaba poder verse hermosa y sonreírse frente al espejo. Ya no era aquella preciosidad adolescente por la que se peleaban los chicos en el instituto, pero seguía teniendo cierto atractivo. Cierto que muy pocos hombres la invitarían a salir, y menos sabiendo que tenía dos hijos en ristre, pero no lo necesitaba. El único aprobado que necesitaba tener, en cualquier aspecto, era el suyo propio y el de sus dos soles. Ese lo había conseguido hace ya mucho tiempo. Y con eso se bastaba y se sobraba.
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