Aquel primer lunes de vacaciones siguió avanzando con su ritmo imperturbable. Rosi aún tenía cosas que hacer. Ahora que lo más urgente estaba, aprovechó el tiempo extra que le había sobrado para ir a Nuevos Ministerios. De las estaciones de metro que tenía donde poder hacer el trámite para sacarse un duplicado de la tarjeta transporte, recuperando el saldo que quedara en la misma, era la que más cerca estaba de su casa. Había oído que llevando la denuncia del robo, en lugar de tener que pagar los 6€ de turno, solo eran 4€. Fuera lo que fuera, merecería la pena. Aunque teóricamente esos días no tendría que desplazarse tanto en transporte público como lo hacía cada día al ir a trabajar, siempre era muy útil tenerla a mano por lo que pudiera pasar. Además, ya la había pagado. Aún le quedaban 2 viajes del metrobus, por lo que no tendría ningún problema para llegar hasta allí. Además, en metro se tardaba realmente poco, así que el tiempo tampoco sería ningún problema. Y tenía todo el día libre, ya que hasta las 6 de la tarde, no salían los niños de clase. Por una vez, podría ir sin prisas. Aunque, entre unas cosas y otras, las manecillas del reloj habían avanzado mucho. Y no había hecho nada de comer. Bueno, estando ella sola para comer, podría ir al centro comercial y pasar por el Burger King. Tirando de ofertas y tal, no le costaría más de 6€. O quizás, podría comprar alguna de esas pizzas ultracongeladas de 2 €, que eran meter en el microondas y listo. O tirar de Thermomix para hacer algo en plan rápido. ¡Qué idea! ¡Podría hacer pasta con la Thermomix! No llevaba más de 20 minutos y no mancharía nada, ni se complicaría la vida. Y si había algo que triunfaba con los niños, era la pasta. Lo más práctico eran siempre los macarrones. Con los espaguetis se hacían siempre un lío a la hora de tratar de enrollarlos y terminaban casi siempre manchándose por tirárselos encima. Además, serviría para compensar un poco el desastre de día que habían vivido ayer. Bueno, con eso, la cena la tenía resuelta, sin tener que tirar la casa por la ventana. Faltaba pensar en algo más cercano como era la comida. Pero lo decidiría en función de cómo de cansada llegara una vez terminados todos los trámites para recuperar su abono de transportes.
Por suerte no había mucha cola en la oficina de Atención al Viajero de Nuevos Ministerios. Sólo tenía 2 personas delante. A esas horas, la mayoría de la gente estaría en sus trabajos o colegios, según la edad de cada uno. El hombre que la atendió fue extremadamente amable. Se sorprendió al ver cómo, en unos minutos, se empezaba a imprimir su nueva tarjeta magnética en la máquina. ¡Aquello parecía tecnología punta! La recogió, deseando probar en seguida si realmente funcionaba sin necesidad de recargarla de nuevo. ¡Efectivamente! El lector del metro se encendió y en seguida se abrieron las dos puertecitas que, poco a poco, se habían ido extendiendo en el metro para ir sustituyendo a los clásicos torniquetes de toda la vida. Aun así, había gente que se colaba igual que antes, aprovechando la ausencia casi total de controles en el viaje. Ella solo se había encontrado a los revisores una vez en toda su vida, haciendo un transbordo en Avenida de América, justo en el puentecillo que pasaba sobre los andenes y desde el que se podían ver cómo iban pasando los trenes por debajo. Pero aquello fue hacía mucho tiempo, antes de que reformaran la línea 10 y llegara a atravesar Madrid de una punta a otra.
Cuando por fin llegó a casa, estaba tan harta de tanto ajetreo, que no tenía ganas de hacer nada. Ni siquiera de bajar nuevamente para salir a comer y evitarse hacer nada. Rebuscó en la nevera en busca de una idea que no diera trabajo ¿Cinta de lomo? No, la habían comido ayer en casa de su madre. ¿Salchichas? Tampoco. Estaban ahí más por los niños que por ella. Quizás las utilizara para la cena. Macarrones con salchichas era algo que significaba un éxito seguro. ¿Sopa de sobre? No era mala idea para combatir el frío propio de la estación, pero necesitaría algo un poco más contundente. Suspiró y cerró la nevera. Estaba demasiado cansada para nada de eso. Solo quería dormir hasta reventar. Llevaba demasiado ajetreo encima. Necesitaba un respiro. Casi ni tenía ganas de comer nada.
- ¡A la porra! - se dijo - Ya he hecho bastante por hoy. Así que se echó en la cama, vestida como iba, sin pijama, ni nada. Por si acaso, puso el reloj despertador de su habitación para que sonara a las 5 de la tarde. Por si se quedaba profundamente dormida, no quería dejar tirados a los niños en el cole. Solo hubiera faltado eso.
Pido perdón, por no haber escuchado tus ruegos.
Pido perdón, por las lágrimas que hablan de mí...
La radio no falló a su programación y empezó a sonar a todo trapo en cuanto dieron las cinco. Rosi apagó el despertador, todavía de bastante mal humor. Tenía que cambiar de emisora. Kiss FM insistía demasiado a menudo con las canciones de amor perfecto. ¿Pedir perdón? Es algo que seguramente tendrían que explicarle a su ex. Aunque tal vez hubiera sido mejor así. ¿Quién sabe si, de haberle pedido perdón, tras sus continuas y múltiples infidelidades, ella se hubiera ablandado y se lo hubiera concedido? ¿Realmente cambiaría? ¿O volvería a jugar una vez más con su maltrecho corazón? El corazón era algo demasiado delicado como para jugar con él. Una vez rota la confianza, era muy difícil recuperarla por completo. Sí, una vez hecho el mal, era mejor haberle alejado lo más posible de ella. Ya solo recordarle, le dolía demasiado.
Aprovechó que se había puesto el despertador con margen suficiente para darse una ducha más tranquilamente. Aunque ya se había duchado en casa de su madre, no sería lo mismo. Necesitaba una buena ducha, para relajarse un poco y sentirse en paz consigo misma. Volvía a sentirse demasiado cabreada con el mundo. Había vuelto a pensar otra vez en David. Odiaba que aquella herida tardara tanto en cicatrizar. ¿Por qué no podía olvidarle? ¿Por qué no podía plantearse iniciar una nueva vida? ¿Por qué no volver a abrir su corazón nuevamente al amor? ¿No decían que el tiempo curaba todas las heridas? No parecía que fuera verdad. A veces, había algunas que se empeñaban en no cicatrizar nunca. ¿Podría volver a confiar en un hombre después de lo vivido? Eran especialmente rápidos en hacerle promesas y ofrecerle el cielo. Pero en eso se parecían a los políticos, eran completamente expertos en prometer millones de cosas. Otra cosa muy distinta era que llegaran a cumplir alguna de ellas.
Eran las seis menos diez cuando llegó a la puerta del colegio. Casi no notaba los efectos de llevar sin tomar nada casi desde el desayuno. Había sido un día muy estresante al final. Pero no tenía demasiadas ganas de tomar nada todavía. Tenía el estómago cerrado. Demasiado stress. Demasiados quebraderos de cabeza. Necesitaba algo para despejar la mente. Quizás podrían dar una vuelta por el barrio. No sería tan glamuroso como el centro de Madrid, pero las luces navideñas invitaban a contemplarlas. Y no hacía aún mucho frio, aunque en poco rato ya sería casi noche cerrada. Sí, estirar las piernas y contemplar los decorados navideños serían una magnífica opción para alejar de ella las preocupaciones y recuperar esa alegría perdida.
Llegaron a casa prácticamente reventados, pero rebosantes de alegría. El ambiente navideño llenaba casi cada esquina de la ciudad, aunque su principal intención fuera invitar al consumo. Pero no hacía falta tener los bolsillos repletos de dinero para disfrutar de un buen día en familia. Todo lo que necesitaba lo tenía junto a ella.
- Chicos, había pensado en hacer macarrones con salchichas para cenar, ¿qué os parece?
- ¡¡¡Genial!!! - contestaron a coro.
Dejó la tele puesta un rato, mientras preparaba la cena. Era sencillo. Encender la Thermomix, poner el agua y dejarla calentar el tiempo preciso. Luego se echaban los macarrones, se calentaban el tiempo que indicara el paquete y a escurrir. Y respecto a las salchichas, bastaba con calentarlas un poco en el microondas y listo. Se juntaba todo, se le echaba un poco de tomate frito y un toque de queso rallado. Más fácil, imposible.
- ¡Chicos, a cenar! ¡Apagad la tele y haced el favor de venir! ¡Qué están calentitos!
La llamada de la cena fue efectiva. Cuando había legumbres o pescado les costaba más venir. Pero esa noche había pasta. ¡Eso no lo resistían tan fácilmente! Llegaron casi antes de que Rosi hubiera acabado de llamarles. Cuando algo les interesaba, podrían ser muy rápidos. Increíblemente veloces.
- ¡Vaya rapidez! ¿Os habéis lavado las manos?
Silencio absoluto. No fallaba.
- ¡Venga! ¡A lavarse las manos! ¡Que venimos de la calle! ¡Un, dos!
Con algo más de desgana, fueron al cuarto de baño. Primero uno, luego el otro. Rosi se las lavó en la pila, mientras dejaba la Thermomix en remojo. Había que aprovechar bien el agua.
La cena fue agradable. Engulleron, más que comieron, atragantándose más de una vez y dando más trabajo a su madre del que esta deseara. Gajes del oficio. Pero lo disfrutaba, aunque a veces le dieran ganas de darles dos tortas a cada uno con la mano bien abierta. O como decía su propia madre, darles siete palizas. Una detrás de otra. Pero normalmente se le pasaba rápido. Les quería demasiado. Eran todo lo que tenía. Eran toda su vida. Nunca permitiría que les pasara nada malo.
- Bueno, chicos, toca hacer las figuras del Belén. ¿Cuál queréis hacer primero?
- ¡El burro! - contestó Marcos
- ¡El rey Melchor! - dijo Sergio
- ¿Y qué esperamos? ¡Pongámonos manos a la obra! ¡Yo empezaré con... veamooos... el niño Jesús! ¡Vamos allá! ¿De acuerdo?
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