Madrugar el primer lunes de sus vacaciones era algo que no había entrado en los planes de Rosi. Aunque realmente, nada de lo que había vivido las últimas 24 horas eran nada parecido a un buen plan. La vida da sorpresas siempre. Unas buenas, otras malas, así era siempre. Era lo que la terminaba haciendo interesante: las pequeñas o grandes cosas que hacían un día diferente a otro.
Lo primero que hizo nada más levantarse fue darse una ducha. Había tenido que dormir con la misma ropa del día anterior y aún tendría que llevarla puesta un buen rato más. Al menos, entre la ducha, la colonia y el desodorante, se notara algo menos. Se olió una vez desnuda. Siiiinfff. Bueno, podría ser peor. Lo bueno del invierno es que se sudaba bastante menos. No hacía el calor de agosto. Y Madrid no tenía la humedad de otras ciudades españolas como Barcelona. Solo viajaron allí una vez, durante unas vacaciones de Semana Santa, y aún recordaba cómo se le pegaba la ropa al cuerpo por el sudor y la excesiva humedad. No fue uno de los viajes que recordaba con cariño.
Ser madre trabajadora y divorciada le había enseñado a ser rápida en prácticamente cualquier cosa. Había aprendido a ducharse en un tiempo record, sabiendo que cada segundo era importante. Miró su reloj tras secarse el pelo rápidamente con una toalla. Las 6:30. Tenía tiempo de sobra. Tocaba lo más difícil, lograr que los niños se levantaran. Ya costaba levantarlos un día normal de colegio, pero hoy encima, había que levantarse antes para ir a casa en metro, vestirles de nuevo y salir disparados al cole. Tocaba contrarreloj. Al menos, saldrían desayunados ya de casa de la abuela. Aprovechando que tuvo que ir a por cena, compró un pequeño bote de Cola Cao y un paquete de magdalenas para dejar resuelto el tema del desayuno del lunes. Todo estaba ya pensado. O eso procuraba.
Eran poco más de las 7 cuando salieron de casa. La abuela vivía en un edificio algo viejo que ni siquiera tenía ascensor. Por suerte, siempre había sido una persona muy activa y no tenía problemas para bajar y subir los 3 pisos de escalera. Todos los días procuraba salir, si el mal tiempo no se lo impedía. Bien fuera para hacer la compra, ir a visitar a alguna amiga o pasear por la orilla del Manzanares aprovechando la nueva infraestructura de Madrid Río, raro era el día que no pasaba cerca de una hora caminando. Los médicos se lo habían recomendado encarecidamente y ella se lo había tomado muy en serio. Y si acababa muy cansada, siempre podía coger algún autobús de vuelta. No tenía excusa alguna para no esforzarse en mantener su paseo diario. Total, el abono de la tercera edad valía solo 12€.
La línea 6 de metro no tardó mucho en venir. Era como la M-30 a nivel subterráneo: un anillo que comunicaba casi todo Madrid y desde donde se podía enlazar a casi cualquier parte. Pasaba por gran parte de los grandes intercambiadores de transportes de Madrid: Moncloa, Príncipe Pío, Méndez Álvaro, Avenida de América... solo faltaba el de Plaza de Castilla. Rosi consultó una vez más la ruta hacia casa, no tanto por el tema de los transbordos, que se sabía perfectamente, si no por calcular el tiempo que tardaría. Poco más de media hora. Si el metro no se volvía a romper, llegaría con tiempo de sobra a casa. Incluso, quizás hasta le diera tiempo no solo a cambiar de ropa a los niños, sino también a que se dieran una ducha. Sergio ya se duchaba completamente él solo, pero Marcos a veces seguía necesitando ayuda, con el aclarado del pelo y todo ese tipo de cosas. Tenían tiempo. Aún era bastante pronto. Y aun así, ya se veía bastante gente en el metro.
El mayor temor de Rosi en esos momentos era que, al subir a casa y girar la llave, se encontrara algún desastre en casa. ¿Habrían aprovechado los ladrones la oportunidad de tener las llaves del piso? ¿O no se habrían aventurado a tanto? ¿Y si les habían robado? ¿Cómo se lo explicaría a los niños? Bueno, pensó. Lo importante es que todos estamos bien. Lo demás son cosas materiales. Y ya lo dijo el policía. Para eso se inventaron las compañías aseguradoras.
Metió la llave en la cerradura. Cerró los ojos. Tenía miedo de lo que pudiera ver. Giró la llave. Sonó el cerrojo descorriéndose. Buena señal. ¿Qué ladrón volvería a cerrar la puerta tras de sí? Abrió la puerta y abrió los ojos esperando lo peor. Nada. No había señales de que nadie hubiera entrado allí Había tenido miedo por nada. Pero no hubiera podido dormir allí, sabiendo que un completo desconocido andaba por ahí con un juego de llaves de su casa.
- Bueno, chicos, tenéis que arreglaros para el cole.
- Jo, ¿tenemos que ir?
- Eso me temo. Pero ya no quedará mucho para las vacaciones. Y ya sabéis lo que eso significa, ¿no?
- ¡Qué pasaremos las vacaciones en casa de la abuela!
- Eso es. Yo también tengo que ir a mi oficina y no siempre puedo cogerme vacaciones a la vez que vosotros. Así que este año estaréis con la abuela. Pero no os preocupéis, que igualmente iré a veros cuando salga de trabajar, ¿de acuerdo?
- ¡Genial! ¡Lo pasaremos bien con la abuela!
- ¿También podremos hacer las figuras del belén con ella? ¡Eso sonaba muy divertido!
- ¡Seguro! ¡No os preocupéis por eso! En fin, daos prisa, que al final vais a llegar tarde. ¡Venga, vamos!
Llegaron al cole perfectamente a tiempo. Rosi aprovechó para cambiarse de ropa. Nadie pudo haber notado nada en absoluto. Ya de vuelta en casa, encendió el ordenador en busca de un cerrajero. Con Google, ya se podía prescindir de las viejas Páginas Amarillas. Ya hacía bastantes años que parecían haberse rendido y ya no repartían los gruesos listines telefónicos. ¿Para qué? Casi todo el mundo tenía Internet en casa, y buscar cualquier cosa era casi siempre más rápido y fácil que buscar en el orden alfabético del listín. Siempre y cuando, claro, que al Windows no le diera por sabotearte y empezara a reiniciarse instalando las últimas actualizaciones del sistema operativo otra vez.
Hubo suerte, consiguió un cerrajero que llegaría a casa sobre las 11:30. Lo siguiente era llamar a la casa de seguros para dar el parte del robo. Por si tenía derecho a algún tipo de indemnización. Tras 15 minutos pasando de una cinta robótica a otra, de escuchar todas y cada una de las 4 estaciones de Vivaldi y responder varias veces a las mismas preguntas para conseguir que la máquina te entendiera, por fin dio con una señorita con la que hablar. La verdad, fue muy amable y le gestionó enseguida el parte. Una cosa menos.
Le sobró tiempo hasta para bajar a la sucursal del banco. Tocaba pedir tarjetas nuevas y sacar algo de efectivo para poder aguantar hasta que llegaran. Se aseguró de llevar encima el papel de comisaría que certificaba que había perdido el DNI y que ya había solicitado uno nuevo. De todas maneras, tenían digitalizado el DNI y ahí estaba su foto. Así que no podrían dudar en su identidad. Y si lo hacían, era para liarse a tortas con todo el mundo. Razones no le faltarían. El mundo de los bancos la desconcertaba. El suyo cerraba por un lado 300 oficinas, mientras que a la vez anunciaba beneficios de más de 800 millones. Inconcebible. Incomprensible.
Tras una larga espera en la cola del banco, dejó todo resuelto y cerrado. Sacó 150 €, dinero de sobra para aguantar hasta que llegara la nueva tarjeta de débito. Aunque seguramente el cerrajero se quedaría la mitad. La seguridad ante todo, pensó. Al menos no tendría que forzar la puerta. ¡Qué gran idea fue dejarle una copia de las llaves a su madre! Nunca sabes lo que puede pasar.
Miró el reloj de nuevo. Imposible ir a comprar ahora. El cerrajero no debería de tardar más que un cuarto de hora en llegar. Siempre tenía que ir a la carrera. ¿Ni siquiera en vacaciones iba a tener un día normal, aunque solo fuera por variar? No tenía pinta, desde luego.
Con la cerradura ya cambiada y mucho más tranquila en ese aspecto, pensó en qué más cosas se le podrían haber olvidado de gestionar. ¡El móvil! ¡No había llamado a la compañía de teléfonos! Por suerte, tenían número de atención gratuito. Menos mal, ya que se tiraban una media de 15 minutos hasta que conseguías hablar con alguien. Y luego otros 15 minutos más hasta que te solucionaban el problema. No tardaron en ofrecerle un móvil de última generación para poder sustituir al extraviado por sólo 9,99 € al mes. ¿Eso durante cuánto tiempo? No, no quería meterse en trampas. No necesitaba uno de última generación. Le bastaba con uno con el que poder llamar y tener WhatsApp. ¿Para qué más? Los 50 megapíxeles de la cámara, el súper zoom óptico, el subwoofer integrado para escuchar música a todas horas y el lector de huellas dactilares se los podía dejar a cualquier otro cliente. Ella no los necesitaba. Le bastaba con el típico bloqueo de clave numérica y punto. Seguramente, gracias a eso, no habrían podido usar su móvil. Desde luego, no aparecían llamadas raras ni nada parecido. Aunque seguramente habría miles de trucos piratas para formatear el móvil sin sus claves y venderlo en el mercado negro. Otra cosa era que les pudiera compensar. Su móvil siempre fue de los básicos, muy lejos de los fabulosos iPhone de Apple o los grandes Galaxy de Samsung. Pero funcionaba perfectamente y eso era todo lo que podría necesitar. Por lo menos, pensó, no estallaba la batería cuando menos te lo esperabas. Le parecía completamente inaudito escuchar en el telediario como una gran compañía como Samsung, había tenido problemas de ese tipo con su último móvil. Lo máximo que a ella le había pasado, era que de vez en cuando se le quedaba colgado y tenía que reiniciarlo. Quizás era que hasta las máquinas necesitaban descansar un poco y resetearse. Descansar era algo que necesitaba absolutamente todo el mundo. Teléfonos móviles y ordenadores incluidos.
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