Lo único bueno que Rosi consiguió sacar de la denuncia en comisaría, aparte del bloqueo de las tarjetas y del consejo de llamar a su casa de seguros, fue el hecho de haberse podido desahogar con alguien. Era curioso como un día se podía ir a la mierda en tan solo un instante. Ya con la mente más despejada, salió a la calle en busca de un taxi. Entre tanto caos, sería algo complicado, pero siempre habría alguno.
- Chicos, tendremos que ir a casa de la abuela. Le daremos una sorpresa, aunque no me queda otra. No tengo ni unas monedas para llamar por una cabina. Tampoco es que haya demasiadas cabinas. Desde que todo el mundo tiene móvil, es muy difícil encontrar una. Están en peligro de extinción.
- ¿Qué es extinción, mamá? - preguntó Marcos
- Es cuando algo de lo que antes había mucho por todas partes, empieza a desaparecer poco a poco, hasta que es muy difícil encontrar alguno.
- ¿Cómo los dinosaurios?
- Exacto. Hace años, muchos, pero que muchos años, dicen que había miles de dinosaurios. Pero ahora, ya no se ven. Aunque hay quien dice, que hay un lago en Escocia, en donde vive un monstruo marino que podría ser uno de los pocos dinosaurios que queden en el planeta. Es una leyenda muy antigua, que habla de una especie de serpiente marina gigante que vive allí y que aparece muy de vez en cuando.
- ¿Qué es una leyenda?
- Es una historia en donde se mezclan la realidad y la fantasía, con lo que nadie sabe qué parte de la historia es verdad y cual es inventada.
- ¿Y aquí hay leyendas también?
- Claro. Hay una leyenda de un caballero español, de hace cientos de años. Era de la época del Capitán Trueno, del que seguro tiene algún cómic tu hermano. Le llamaban el Cid Campeador. Era muy valiente, y luchaba en las guerras de entonces. Dice la leyenda que sus enemigos le tenían tanto miedo, que bastaba con verle para que salieran corriendo. Dice la leyenda, que llegó a ganar una batalla estando muerto.
- ¿Cómo hizo eso?
- Verás. Sus amigos le ataron al caballo con cuerdas, y cuando hicieron correr al caballo, sus enemigos creyeron que era su fantasma. Tanto se asustaron, que se rindieron casi sin luchar. Bueno, a ver si podemos llegar a casa de la abuela, que seguro que estaréis hambrientos. ¿A que sí?
- ¿No podemos ir en metro o autobús? ¡Está muy lejos!
- No, Sergio, no me queda dinero. Pensaba coger un taxi y pedirle dinero a la abuela para que lo pagara. Pero aquí hay tanta gente, que no sé si encontraremos uno.
- ¡Pero aún me quedan 8 viajes de bus!
El metrobus de los niños. Lo había olvidado completamente. Se movían tan poco en transporte público que nunca se molestó en sacarles la tarjeta del abono transporte. Ni siquiera a Marcos, que al no haber cumplido aún los 7 años, le habría salido gratis. Así que, al salir de casa, compraron un bono de 10 viajes. A Sergio le hacía ilusión guardarlo, así que se lo quedó él. ¡Eso les ahorraría el taxi! Ya era un problema menos.
- ¡Genial! Pero no vuelvo a entrar a ese metro ni loca. Creo que mejor cogemos el 31. Hoy no hemos ido en autobús. Así veremos bien la ciudad. ¿Qué os parece?
- ¡Sí! ¡Genial, mamá!
- Solo espero que la abuela tenga algo en la nevera. Pero, a malas, siempre podemos hacer bocatas, ¿no?
- Sí, pero sería genial que la abuela nos hiciera una sopa calentita...
- ¡Y huevos con patatas!
- ¡Y galletas de postre!
- ¡Vamos, vamos, que entre unas cosas y otras, veo que no vamos a llegar a ninguna parte y se nos va a terminar haciendo de noche!
Al final, en casa de la abuela, sí que hubo sopa para todos. Y huevos con patatas. Sólo faltaron las galletas de postre. Cosas de la diabetes. No podía tener muchas cosas dulces. Pero siempre tenía algo guardado por si se presentaban los nietos. Sacó un pack de flanes Dhul de la nevera y tuvo casi el mismo éxito que sus galletas.
- Bueno chicos, si queréis, podéis poner un rato la tele. Quizás echen la Patrulla Canina o algo así. Yo ayudaré a la abuela a recoger, ¿de acuerdo?
- ¡¡Bieeeen!!
La recogida fue rápida. Ocho platos, cuatro vasos, unos cuantos cubiertos, la sartén... y entre dos, el trabajo se hacía más fácil. Por mucho que trababa de convencer a su madre que ya lo hacía ella, contestaba lo mismo.
- ¡Que no, tonta! ¡Ya bastante malo ha sido tu día como para hacerte fregar! ¡Yo puedo sola! ¡No es la primera vez, ni tampoco será la última!
No había nada que hacer cuando se ponía así, en plan cabezota. Estaba claro que en eso, Rosi había salido a su madre. Las dos eran de las que no renunciaban fácilmente a algo si se lo proponían. En eso, eran tal para cual. Y en muchas otras cosas.
- Oye mamá. ¿Te puedo pedir un favor?
- Y mil si quieres.
- ¿Podemos pasar aquí la noche? Puede parecer una tontería, pero no dormiré tranquila en casa sabiendo que puede tener mis llaves un cualquiera. Y encima, está mi cartera, con el DNI. O sea, que les bastaría con mirar la dirección, ir tirando de llaves y listo.
- ¿Y no tienes cerrojo?
- Que va. Yo creo que, como la cerradura ya es de seguridad, no pensaron que fuera necesario un cerrojo extra. Ya mañana podría llamar a un cerrajero, cambiar las cerraduras y hacer llaves nuevas. Por cierto, necesitaría tu juego para poder entrar.
- Está en mi mesilla. Entonces, ¿os quedáis a dormir?
- Sí, lo prefiero. Aún me dura el susto, aunque trato de que no se me note mucho por ellos. He de cuidarles.
- Puedes usar tu viejo cuarto. Ya sabes que dejé la cama para usarla como cuarto de invitados. Y si es pequeña para vosotros tres, os la cambio por la mía. Nunca quité la de matrimonio, a pesar de que ya hace mucho que nos dejó tu padre...
- Lo sé, mamá. Pero no te preocupes. Nos apañaremos. Ya bastante con eso. ¡Encima de que nos presentamos sin avisar siquiera!
- ¡Mira, como te vuelvas a disculpar por eso, te voy a dar siete palizas! ¿Para qué estamos las madres? ¡Para cuidar siempre de nuestros hijos, da igual lo mucho que estos crezcan! Así que no importa si ya superaste los 40, para mí siempre seguirás siendo mi pequeñina.
- ¡Gracias, mamá! - dijo Rosi, besando tiernamente a su madre en la mejilla - Voy a ver qué hacen estos dos, que no quiero que te destrocen la casa.
- No te preocupes - contestó riéndose. - Ya hace mucho que esta casa es a prueba de niños.
Se sentó tranquilamente en el salón. Los niños estaban entretenidísimos con la Patrulla Canina. Uno de los pocos dibujos de ahora que sí la habían terminado de convencer. Los de Digimon se le hacían raros. Y Shin Chan no le gustaba un pelo. Ese niño sí que se merecía las siete palizas que decía su madre.
- Oye, chicos. Hace mucho que no vemos una película todos juntos en familia. ¿Os apetece poner una?
- ¡Sí! ¡Shrek! - contestó Marcos
- ¡Sí! ¡Los increíbles! - contestó Sergio.
Rosi buscó entre los DVDs de la abuela. También estaba preparada para esos casos, aunque la colección de películas infantiles no era tan extensa como la que ellos tenían en casa.
- Pues habrá que dejar Shrek para otro día. La abuela no lo tiene. Pero a ti también te gustan Los Increíbles, ¿no? ¡Venga, sentaos quietos y la pongo en seguida!
Incluso los peores días podían tener grandes momentos. Ese era uno de ellos. Todos juntos, disfrutando en familia, viviendo que en esas pequeñas o grandes crisis, siempre hay alguien a tu lado para ayudarte. En el oficio de madre no existía la jubilación. Nunca dejabas de preocuparte por los tuyos. Nunca sabías cuando te iban a necesitar. Nunca dejabas de amarlos.
Por unos instantes casi habían logrado olvidar lo que en realidad les había hecho estar allí. El robo del bolso, la caída en la calle, la espera en comisaría, la sensación de indignación e impotencia al hablar con el oficial de policía... todo eso, parecía ahora muy lejano. Como si hubieran pasado años ya. Pero la herida seguía ahí, fresca, amenazando con destrozarla por dentro.
- Habrá que comprar algo para la cena. Yo nunca tengo muchas cosas en la nevera. Con unas judías verdes me puedo apañar. Pero no creo que les apetezcan mucho a los niños, ¿no? Y no voy a poner huevos otra vez. No es bueno comer tanto huevo en un mismo día.
- Ya voy yo, mamá. Bastará con unos filetes de lomo o algo así. Tampoco hace falta hacer una gran cena.
- Tengo dinero en mi mesilla. Coge lo que necesites, aunque no creo que te cueste más de 10 euros. Y más pan. Con tanto mojar pan con la yema, se han ventilado casi la barra entera. Nunca pensé que les gustara el pan integral, pero solo han dejado un trocito de nada.
- Ya sabes lo que dicen. Con hambre, no hay pan duro. Y solo habían comido un par de barquillos desde que salimos de casa. Ya te devolveré el dinero mañana.
- Ni se te ocurra. ¡Con lo que disfruto teniéndoos para cenar! Es mi casa, mi cena, por lo que invito yo. ¡Faltaba más! Déjate de preocuparte por los gastos, o al final harás que me enfade de veras.
- Pero mamá...
- ¡Ni pero, ni pera! ¡Y ni una palabra más sobre el asunto! ¡Pero hombre! ¿Habrase visto? ¡No sé de quién habrás heredado esa cabezonería!
- ¿De quién va a ser, si no de ti? - contestó Rosi entre risas - ¡Las dos somos unas cabezotas incorregibles! ¿Te importa quedarte entonces un rato sola con los niños?
- ¡Qué me va a importar! ¡Anda! ¡Baja ya de una vez, que te enrollas más que las persianas!
- ¡Te quiero, mamá!
- ¡Y yo a ti, mi princesa!
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