Una de las cosas buenas de estar en el centro de Madrid era el tener cualquier cosa a mano. Había oído que hacía un par de años o tres, habían abierto una comisaría de policía justo al lado, en plena estación de Sol, para luchar contra los frecuentes robos que ocurrían en la red de metro o en la de cercanías. El intercambiador era bastante nuevo, hacía no mucho que lo habían construido. Los túneles que unieron Atocha y Nuevos Ministerios pasando por Sol en lugar de por Recoletos habían recibido el simpático nombre de túneles de la risa. La risa se la dio a ella, aquel día que yendo en la línea 6 les tuvieron que desviar, ya que “por causas ajenas a metro”, el servicio estaría interrumpido en más de una hora. Al día siguiente se enteró por las noticias que una de las tuneladoras se había pasado de frenada y había acabado en mitad de las vías de la estación de Nuevos Ministerios. Por fortuna, no había pillado a nadie ni se había llevado ningún tren por delante, pero obligaron a más de uno (ella incluida) a tener que inventarse una ruta alternativa. Aun así, no fue el día que más retrasos sufrió a causa del transporte público madrileño. El récord se lo llevó el día que la torre Windsor se incendió misteriosamente y al día siguiente todo el mundo fue por Avenida de América. Atravesar la marabunta de gente que se juntó aquel día en el intercambiador fue una completa odisea. Tuvo que hacer el mismo recorrido entre Avenida de América y Moncloa en el bus circular y chuparse todo el atasco del tráfico rodado. Desde luego el transporte público tenía sus ventajas, pero muchos inconvenientes. Últimamente se planteaba muy seriamente si no le compensaría pillarse un cochecillo. Si viviera y trabajara en Madrid centro, podría apañarse con ese invento nuevo llamado car2go. Pero no era así, y no le salían las cuentas para cogerse un coche, ni siquiera de segunda mano. Así que tendría que seguir tirando de la tarjeta de transporte público y aguantarse con los problemas que se encontrara. Por suerte su empresa era de las pocas en España que se tomaba en serio la conciliación entre la vida laboral y familiar. Aunque poco importaba eso a la hora de desplazarse por la ciudad. Al menos, no tenía que perder dos horas en la comida y pasarse todo el día fuera de casa para trabajar...
La comisaría estaba llena a rebosar. Fácilmente podrían pasarse unas cuantas horas antes de que les tocara el turno. Tiempo de sobra para pensar en qué hacer cuando terminaran de la comisaría. Si tan solo le hubieran quedado unos 6 € que costaría sacar el duplicado de la tarjeta transporte... La misma estación tenía no solo una comisaría, sino una oficina donde podrías gestionar la pérdida de la tarjeta transporte, pedir una nueva y recuperar el saldo. Aunque era muy poco probable que un domingo estuviera abierta, así que tampoco parecía una opción. Pero sin efectivo a mano, ni tarjetas, ni nada, la vuelta a casa estaba complicada.
- Lo siento, chicos. Se fastidió todo. Nos quedamos sin nuestro fantástico día especial.
- ¿Qué vamos a hacer entonces?
- Le diremos a la policía que nos robaron todo. Así podrán anular mis tarjetas y buscar al ladrón. Pero no me queda dinero para volver a casa. Y mucho menos para invitaros a comer, como queríais.
- ¿Por qué te han quitado el bolso?
Esa era una buena pregunta. ¿Por qué? Era una de las grandes dificultades de ser madre. Explicar aquellas cosas que, incluso siendo ya adultos, eran realmente difíciles de comprender.
- Hay gente buena y gente mala, eso pasa siempre, en todos lados. La gente buena, intentamos ganar dinero honradamente, trabajando, y educando a nuestros hijos de la mejor forma posible. Pero también hay gente mala que no quiere trabajar y prefiere vivir a costa de los demás. Roban, engañan, hacen daño a los demás. Cada uno elige su propio camino en la vida, cielo. Por eso necesitamos a la policía. Para que nos protejan a la gente buena de la gente mala. Igual que yo os castigo cuando os portáis mal, la policía es quien castiga a los adultos que se portan mal.
La situación era complicada. Los minutos pasaban lentamente. El hambre empezaba a apretar. Los pequeños se aburrían esperando. Rosi trataba de tirar de imaginación para conseguir que se estuvieran quietos. No era nada fácil. Incluso ella empezaba a ponerse ya de los nervios.
- Chicos, estaos quietos, que ya os vale.
- ¡Pero es que nos aburrimos!
- Yo también. Pero, ¿sabéis qué podemos hacer?
- ¿Qué? ¿Qué? - contestaron a coro.
- ¡Me inventaré un cuento! Vamos a ver... Érase una vez, en un reino no tan lejano, un rey que tenía una preciosa hija a la que quería un montón. Ella era su mayor tesoro, pues se había quedado viudo.
- ¿Qué es viudo?
- Viudo es alguien a quien se le ha muerto la persona con la que se casó.
- Entonces, ¿la reina murió?
- Sí. Estaba muy malita.
- ¡No me gusta este cuento! ¡Es triste!
- ¡Sí! ¡Muy triste!
- Cierto. Pero en la vida hay cosas tristes y cosas alegres, y hay que vivir con ellas. Y, a veces, las cosas tristes pueden dar lugar a algo mejor.
- ¿Y eso cómo se hace?
- Bueno. Pues verás. Por ejemplo, cuando una mujer se queda embarazada, es algo que parece triste, porque duele mucho, muchísimo. Pero cuando pasa todo ese dolor y ve al precioso bebé nacer y luego como se sus bebés crecen y se convierten en dos niños maravillosos, olvida ese momento de dolor, porque la felicidad que siente al tener a sus hijos es algo que nadie puede explicar. Has de vivirlo por ti mismo.
Así pasaron los minutos, las horas... hasta que por fin les tocó el turno. Puso la correspondiente denuncia. Anuló las tarjetas. Contra toda esperanza, preguntó si se podría hacer algo para atrapar al ladrón o recuperar aunque fuera parte de lo robado. La respuesta del oficial de policía la terminó de desmoronar.
- Mejor que lo olvide. Suelen ser bandas bien organizadas. Rápidos y eficaces.
- Y entonces... ¿para qué tanta cámara de vigilancia?
- Entre el casco y tal, será imposible identificarlo con exactitud. Y aunque les atrapáramos, todo esto se consideran hurtos menores. Como mucho les caería una pequeña multa. No dejan de entrar y salir de las comisarías, pasando muy poco tiempo encerrados. Es muy difícil combatirlos, aunque hacemos todo lo que podemos. El único consejo que puedo darle es que llame a su compañía de seguros. Muchas veces se incluyen estos hurtos en el seguro del hogar, aunque el robo sea en la calle. Puede que le den alguna pequeña indemnización.
- ¡Lástima que también fuera el móvil en el bolso! Si no, llamaba ahora mismo. En fin, gracias. Ahora, la odisea de volver a casa sin llevar dinero ni llaves...
El problema de las llaves ya lo había pensado desde hacía rato. Su madre tenía copia en casa por lo que pudiera pasar. Solo tenía que ir hasta allí. Lo único que se le ocurría era coger un taxi y que su madre le dejara algo de efectivo para pagarle ya en destino. A falta de una idea mejor, eso era lo mejor que podía hacer. Aquello era el centro de Madrid, no debía costar mucho encontrar uno. Lo que le iba a costar cara era la factura. Pero era una situación que no le dejaba mucha opción.
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