Madrid era una ciudad frenética ya de por sí, pero en Navidad esa sensación de agobio y de gente por todas partes se incrementaba exponencialmente. Todas las tiendas se ponían de gala. Y si ibas por el centro era aún peor. Pero era donde estaban las mejores tiendas, y les había prometido a sus hijos ir a ver Cortylandia y luego poder sentarse con Papá Nöel. Ir en domingo no es que fuera la idea más brillante del mundo, ya que era cuando iba todo el mundo, pero entre el cole y tal, era el único día de la semana en el que habría tiempo suficiente como para poder ver todo lo que quisieran. Ya el simple viaje en metro hasta la estación de Callao, era algo que los pequeños vivían como toda una aventura. Algún que otro viajero les ofrecía sus asientos, pero lo difícil era conseguir que se estuvieran sentados y tranquilos. Todo lo observaban, lo comentaban. Estaban realmente emocionados por poder ver tiendas, elegir juguetes, pasear por las calles... pero, sobre todo, por poder conocer a Santa Claus.
- ¡Mamá, mamá! ¿Cuánto queda?
- 3 estaciones, mi vida.
- ¿Y en serio podremos conocer al auténtico Santa?
- Tal vez. A veces está muy ocupado en estas fechas y manda a alguno de sus ayudantes para que ningún niño se quede sin regalos por Navidad. Cada vez hay más niños en el mundo y por esta época tiene mucho trabajo, así que a veces tiene que pedir ayuda a todo el que puede. Pero así se asegura de que nadie se quede sin pedirle nada por Navidad.
- ¿Y tú que le vas a pedir?
- ¿Yo? Yo ya tengo mis regalos por anticipado.
- ¿Ah sí? ¿Y qué te trajo?
- Vosotros sois mi regalo - dijo, dándoles un beso bien fuerte a cada uno de ellos.
- Próxima estación: Callao - anunciaron por megafonía. - Correspondencia con: línea 3.
- ¡Atención, chicos, esta es la nuestra! ¡Y recordad, los dos bien cogidos de mi mano, que aquí hay mucha gente, y no quiero que me deis el susto de mi vida desapareciendo de repente! ¿De acuerdo?
- ¡Sí, mamá! - contestaron a coro.
Las puertas del metro se abrieron y un buen mogollón de gente salió en tropel, abriéndose paso entre la gente que aguardaba en el andén para ocupar el sitio que acababan de dejar libre. Rosi empezó a plantearse si aquello realmente había sido una buena idea. En su corazón empezaron a brotar dudas y miedos de toda clase. ¿Y si se soltaban de su mano por tan solo un segundo? ¿Y si les perdía de vista? ¿Y si se cruzaba entre tanta gente algún degenerado? La presencia policial era bastante fuerte en las calles, con patrullas vigilando toda la zona de Sol y Preciados. Aun así, la cantidad de gente era tan brutal, que era imposible no pensar que cualquier cosa podría pasar.
A pesar de que toda la vía era peatonal, el flujo de gente era constante. De todos los grandes edificios entraba y salía gente constantemente. Había tiendas de todo tipo y la actividad comercial era tan frenética, que se decía que aquella calle de Madrid tenía el metro cuadrado más caro de toda España. Tiendas de tecnología, de ropa, de juguetes, de libros, relojerías... todos hacían su agosto.
- ¡Mamá, mamá! - gritó Marcos, tirando tan fuerte de su mano, que le costó un trabajo inmenso no soltarle - ¿Nos compras barquillos?
Los puestos ambulantes de barquillos era algo que no podía faltar en Madrid. Aunque eran más frecuentes alrededor de la Plaza Mayor, no podían dejar de estar presentes en la principal arteria comercial de la ciudad. Además, tenían espacio de sobra para situarse, aunque a veces parecía que todo el ancho de la calle no bastaría para contener el tropel de viandantes que saturaba Preciados de una tienda a otra en busca del regalo perfecto para Navidad. No había mejor escaparate para ver lo que significaba realmente la sociedad de consumo. Rosi miró el desorbitado precio de los barquillos, casi asustada del precio. En fin, un día era un día, pensó. No se iba a arruinar por darse caprichos de cuando en cuando. Tampoco lo hacía tan a menudo.
- De acuerdo. Pero tenéis que compartirlos. Entran 5 en el paquete, así que dos para ti y dos para tu hermano, ¿de acuerdo?
- ¿Y el que sobra?
- ¡Me lo comeré yo! ¿O es que no me vais a dejar ni probarlos? - dijo entre risas, pagando al vendedor. - Y no os hinchéis a chuches ahora, que luego no me coméis. Que por mucho que estemos de fiestas, no todo van a ser dulces, ¿eh?
- ¿Y no podríamos comer fuera por un día?
- Umm - eso era más complicado, pensó. Comer en el centro de Madrid era un lujo muy lejos de su alcance. Aunque siempre quedaba la opción de algún restaurante de comida rápida, tipo McDonald's o Burger King. No es que la idea le hiciera mucha gracia, era todo comida basura, pero los críos lo disfrutaban muchísimo - Veremos. Según os portéis. Y no vuelvas a tirar de mí, que me haces daño, ¿de acuerdo?
Pagó religiosamente al vendedor y siguieron avanzando hasta llegar al Corte Inglés. Rosi aún recordaba con nostalgia la primera vez que fue a ver Cortylandia. La verdad, había cambiado mucho con el tiempo. O quizás fuera que el recuerdo se había quedado guardado como algo tan maravilloso que cualquier cosa que viviera ahora, le parecería que difícilmente podría estar a la altura. Recordaba perfectamente el pasaje que conducía hacia el lugar, evitando así tener que pasar por la Puerta de Sol. Aquello era el kilómetro cero de Madrid, y en muy pocos sitios de la ciudad se podría ver congregada tanta gente en tan poco espacio. Pero le gustaba tan poco verse entre tal aglomeración, que incluso evitó bajarse en la estación de Sol, cuando realmente quedaba mucho más cerca de su destino. Miró el reloj. El primer pase no era hasta las 12:30 y aún eran apenas las 11. Habían llegado muy pronto. Pero los niños estaban tan impacientes, no aguantaban ya quietos en casa.
- Bueno, chicos, aún falta un buen rato hasta que empiecen. ¿Qué os parece si vamos a ver los puestos de la Plaza Mayor? Son algo realmente bonito.
- ¿No podríamos ver a Papa Nöel primero?
- Con toda la gente que hay, no creo que haya llegado aún. Pero tranquilos, no nos iremos sin que le digáis qué queréis por Navidad. Pero recordad que tiene que repartir regalos a todos los niños del mundo, así que pensad que también tiene que dejar algo para los demás. No pidáis más que un regalo cada uno.
- ¿Solo uno? ¡Es muy poco!
- Bueno, dos. Uno en casa, y otro donde la abuela. ¿De acuerdo? Y es mi última oferta.
- De acueeerdooo...
- Entonces, vamos. ¡A la Plaza Mayor, a ver los puestos! ¡Que ya es Navidad!
- ¡Siiii! ¡Navidad, Navidad, hoy es Navidad! - cantaron a coro, o lo intentaron al menos - ¡Es un día de alegría, que hay que celebrar!
La Plaza Mayor ha sido siempre un punto de visita obligado a todo aquel que llegue a Madrid, pero siempre luce sus mejores galas en las fiestas navideñas. Toda la plaza se llenaba de los más diversos puestos ambulantes, con toda serie de artículos: desde figuras para el tradicional Belén, adornos para el árbol o artículos de broma para el día de los inocentes. Y en una esquina, el tradicional tiovivo que hacía las delicias de los más pequeños. Cuando lo vieron tanto Marcos como Sergio alucinaron nada más verlo.
- ¿Podemos dar una vuelta en el tiovivo?
- Luego. Primero vamos a ver las figuritas, que tenemos un Belén que decorar. Seguro que veis algo que luego os dará una idea genial para hacer en casa.
- Entonces, ¿este año haremos nosotros nuestro propio Belén? ¿No vas a comprarlo?
- ¿No os apetece estar toda la tarde recortando figuras hechas por vosotros mismos? Así tendremos un Belén original, en lugar de uno hecho por los chinos, igual al de cualquier otra persona, ¿no creéis?
- ¡Guay! ¡Entonces también necesitaremos plastilina! ¡Quiero hacer un burro!
- ¡Pues yo pondré mis lego como soldados romanos! ¡Va a quedar genial!
Rosi tenía que tirar de imaginación para poder llegar a fin de mes. Siempre era toda una aventura poder estirar el sueldo. Diciembre era uno de los meses difíciles, aunque muchas veces dudaba de que existieran meses fáciles. Como mucho, meses algo menos difíciles. Cosas como limitarles a un único regalo a cada uno en casa o hacer las figuras como manualidades caseras le ayudaban a recortar gastos en aquellas fiestas tan significativas pero tan perjudiciales para el bolsillo. Entre eso, y hacer la cena especial de Navidad en casa de la abuela con la excusa de ir a por los regalos que hubiera dejado allí Papa Nöel, podía conseguir que la temible cuesta de enero se le hiciera algo más suave.
El tiempo se les pasó volando entre tantos puestos. En cada uno de ellos veían cosas diferentes. Todo cuanto había allí les parecía hermoso y maravilloso. Si se juntaran todas las cosas que allí había, se podría montar el belén más grande del mundo. Rosi miraba cada poco su reloj de pulsera. No era cuestión de llegar tarde al espectáculo. Aunque siempre podrían pasar en la siguiente sesión. Tampoco tenía ganas de tirarse todo el santo día en la calle. Pero la ocasión lo merecía y no siempre podía recorrer Madrid con una relativa calma. En una gran ciudad siempre había que andar con mil ojos. En cualquier momento te podrían robar y entre tanta gente, sería un imposible encontrar al ladrón. O peor aún, que se despistara por un segundo y sus hijos desaparecieran entre el montón de gente. Y ponerse a buscarlos podría ser una labor titánica. Mejor no pensar en ello. No se podía vivir con miedo. Lo importante era disfrutar del momento y aquel era uno de los buenos. Formaban una estampa que irradiaba felicidad. Ahora podrían ser la envidia de cualquiera que les pudiera estar observando. Y lo mejor de todo, era que lo sabía. Sabía perfectamente lo que tenía y cada día daba gracias a Dios por ello.
- Chicos, se está haciendo tarde. ¿No queríais a ver lo de Cortylandia?
- Jo, mamá, que todavía no hemos visto todos los puestos. ¡Y hay cosas muy bonitas!
- ¡Y tampoco hemos montado en el tiovivo! ¡Tienes que montar con nosotros!
- ¿Qué dices? - dijo entre risas - ¡Lo rompería! Esas cosas están pensadas para niños, no para gente grande como yo.
- ¡Qué tontos! ¡Os perdéis lo mejor siempre!
- La verdad es que razón no te falta, Sergio.
Sí. La vida era complicada y no siempre era pura alegría y diversión. Cada cosa tenía su momento. Había momentos para agobiarse, para trabajar... incluso para divertirse. El secreto parecía saber cuándo tocaba cada cosa. Aunque aún, en su interior, había un rincón de ella en el que seguía siendo una niña pequeña. Un rincón que cada vez era más pequeño, por desgracia.
- En fin. Un rato más y nos vamos. Que luego lloraréis si se nos escapa Papa Nöel, ¿de acuerdo?
- ¡Gracias, mamá! - gritaron a coro.
La verdad es que no daban ganas de irse. La Plaza Mayor estaba tan hermosa... De siempre lo había sido, con sus edificios de época, sus soportales, sus bares, el monumento al rey Felipe III montado a caballo... Madrid sabía convertir muchos de sus rincones emblemáticos en algo mágico y encantador. Y de noche, con todas las luces encendidas, daba gusto verla. Lástima que fuera tan ruidosa.
Los minutos pasaron muy rápidamente y llegó la hora de empezar a pensar en volver. La siguiente representación sería a la 1:30 y no era plan de estarse allí eternamente. No sería fácil convencer a los pequeños de dar media vuelta, pero la sola idea de perderse el poder conocer a Papa Nöel, era algo que hizo que fueran ellos los que prácticamente tiraran de ella. La magia de la Navidad les tenía hechizados.
De todas formas, seguían entreteniéndose en cada esquina. Cada cosa que veían les llamaba la atención. Había un hombre que hacía música con copas llenas de agua, cada una de distinta medida. Otro, disfrazado de hombre invisible, creando la ilusión con unas gafas y un sombrero que parecían flotar. Las calles se llenaban de gente que buscaba el modo de ganar unas monedas. Desde los típicos que aparecían pidiendo en el metro diciendo que no tenían trabajo, pasando por los que vendían paquetes de pañuelos en las esquinas, hasta los que trataban de trabajárselo un poco más, tocando algún instrumento, cantando canciones, haciendo malabares o incluso trucos de magia. Los había realmente originales. Y luego estaban los famosos “manteros”, que vendían de modo ilegal toda clase de productos. Desde películas pirateadas, a perfumes de imitación o bolsos de dudosa procedencia. Estos andaban siempre ojo avizor para poner pies en polvorosa cuando venía la patrulla.
A paso de caracol, llegaron por fin a Sol, lugar donde cada Nochevieja se hacía el cambio de año oficialmente. Aunque no para toda España. No había que olvidar que en las Islas Canarias llevaban una hora de diferencia.
Aunque recientemente se había restringido el tráfico en la zona, había que seguir teniendo cuidado al cruzar.
- Chicos, esperad a que se ponga verde. Nada de correr.
- ¿Y si no llegamos a tiempo?
- ¿Y si se ha ido ya Papa Nöel?
- No creo. Mirad que tráfico. No se puede ir nadie tan fácilmente. Mirad lo que estamos tardando nosotros.
- Pero él tiene su trineo y sus renos. ¡Se habrá ido por el aire! ¡No va en coche!
- Seguro que ahora dejó a los renos descando. Tienen que estar fuertes para poder volar toda la noche.
- ¿Y cómo ha venido entonces?
- ¡En avión, como todo el mundo! Estos días no tiene tanta prisa, y son muchos sitios los que visitar. ¡Os he dicho que no os soltéis! ¡Haced el favor de estar tranquilos o nos vamos a casa ahora mismo!
Sólo fue un segundo. Puede que incluso menos. Se había girado de espaldas a la calle para tratar de alcanzar de nuevo a Marcos, que se había soltado instantes antes. En ese momento, aprovechando la distracción, un motorista apareció de la nada, se acercó a tan solo unos pocos centímetros de Rosi, agarró la correa de su bolso y salió tan fugazmente como había aparecido, derribando a Rosi de la fuerza del tirón. En un visto y no visto, se había apoderado del bolso de Rosi y de todo cuanto tenía dentro.
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás bien?
La caída no había sido grave. Por suerte no era una zona con bolardos donde poder abrirte la cabeza. No tardó en comprender la situación. En un instante se había evaporado ante sus ojos el plan de pasar un perfecto día de vacaciones.
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