El nuevo compañero de trabajo había sido más eficiente de lo esperado. Pese a todos los temores de Santiago, en muy poco tiempo pudo desenvolverse sin ningún problema. A pesar de todo, siempre consultaba con Rosi cualquier cosa. Él insistía en que ella había sido su mentora. Ella decía siempre que no había hecho nada. Se trabajaba a gusto con él. Además, tenían mucho en común. Les gustaban casi las mismas cosas, los dos eran divorciados y con hijos y tenían heridas abiertas. Rosi no se daba cuenta, pero le empezaba a gustar de verdad. Era halagador ser objeto de su atención. Cierto que Iván también le regalaba siempre los oídos y le hacía reír, pero hacía lo mismo con muchas otras chicas de la oficina. Tiraba la caña hacia todas partes, con muy poco resultado. Eduardo, sin embargo, pasaba más tiempo con ella que con cualquier otra persona de la planta. Trataba de convencerse a sí misma de que solo eran amigos, pero empezaba de nuevo a querer verse atractiva. Se pintaba más, se echaba más perfume. Sí, quería atraerle. Siempre había dicho que no tenía ganas de volver a enfrascarse en una nueva relación amorosa. Mucho menos desde que le destrozarán el corazón. Pero la soledad pesaba a veces. ¡Y Eduardo era tan atractivo y atento! ¡No, no! No quería caer de nuevo en esa trampa. Se debatía en una lucha interna. El corazón le decía que quería a alguien a su lado, que el amor siempre significaba correr riesgos. La cabeza le decía que aquel tipo era demasiado bueno para ser real. Algo olía mal. Aunque, a decir verdad, ningún hombre le parecería jamás lo suficientemente bueno. La sombra de la traición de David era demasiado alargada. Pero, ¿y si se equivocaba? ¿Y si, era otro de tantos miedos a los que había jurado vencer? Este, parecía aún más difícil de derrotar que el de salir un rato cada noche a repartir unas cuantas hostias bien dadas. Los moratones del cuerpo terminaban desapareciendo al cabo de un tiempo, pero las heridas del corazón no curaban con tanta facilidad. Ella lo sabía demasiado bien.
- Oye, Eduardo. ¿Tienes familia en Madrid?
- No, que va. Cuando rompí con Marta, quise alejarme de todo. Por eso elegí Madrid. Aquí uno puede pasar desapercibido entre la multitud.
- ¿Y qué harás para Navidad?
- No lo sé. Ver la tele, tal vez. No conozco a nadie aún, más que a los de aquí. Y me da un palo tremendo volver a mi tierra. Mi familia me montaría un buen pollo. Insistirían en que debo perdonarla, en que la de otra oportunidad. Pero, por duro que suene, hay cosas que no se pueden perdonar, no se pueden olvidar. Quizás la termine perdonando, pero no volveré jamás con ella.
- Créeme que te comprendo muy bien. Pero es triste pasar estas fechas solo. ¿No tenías una hija?
- Sí, pero según el acuerdo de divorcio, solo puedo verla un fin de semana al mes. El tribunal le dio la custodia a ella. Como no pude aportar prueba alguna de sus continuas infidelidades, su abogado argumentó que yo no era un paranoico y un obseso del control. Y ya me gasté los ahorros intentando recurrir la sentencia sin mucho éxito. No me queda más que resignarme.
- ¿Te apetecería cenar en Nochebuena conmigo y los niños? Solemos pasar la noche en casa de mi madre. Es una gran cocinera y siempre por estas fechas tira la casa por la ventana.
- Deja, deja, que seré más molestia que otra cosa.
- ¿Qué vas a ser molestia? Siempre sobra comida, ya que cocina para un regimiento.
- Vaya, eres muy amable. Espero no crearte muchos problemas. Tampoco quiero dar qué hablar. ¿Qué pensará la gente? Yo soy divorciado, tú también, cenando juntos... A la gente le encanta cotillear como viejas. Los chismes tienen más poder del que se pueda imaginar uno. Deberían estar clasificados como armas de destrucción masiva. Eso como mínimo.
- ¿Qué van a decir? Solo somos compañeros de trabajo, nada más. Amigos, como mucho. Pero, vamos si no te apetece, tampoco te quiero forzar.
- No, que va, si yo encantado. Solo es que me da algo de corte. Hace mucho que no ceno con una mujer.
- Bueno, tranquilo, que ya está mi madre de carabina jajaja. Y no es ese tipo de cenas. ¡No puede haber romanticismo con dos culos inquietos como mis hijos!
- Bueno, ese tipo de cenas suelen ser las más divertidas.
- Entonces... ¿te apuntas?
- Cuanta conmigo. Ya me dirás donde y cuando. ¿Llevo vino o algo?
- Jajaja. Mejor refrescos, gracias. Ya te digo que no es ese tipo de cenas. A mí ya se me han olvidado como es eso de tener una cena romántica solo para dos.
- Jajaja. A mí también, descuida.
Rosi no se daba cuenta, pero se había sonrojado más de una vez. Sí, le gustaba Eduardo. Le gustaba muchísimo. Pero esta vez iría con tiento. Primero tendría que pasar el filtro de su madre y de los niños. Y eso no era una misión fácil. Sería lo suficientemente como para que un tío normal pusiera los pies en polvorosa. Aunque en un rincón de su corazón, empezaba a desear con fuerza que Eduardo no fuera de los que huían. Que fuera alguien que le demostrara que aún podía confiar en el otro sexo.
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