El teniente Rubio aparcó el coche como buenamente pudo. Una de las grandes ventajas de tener un coche con sirena de policía era poder desentenderse de buscar aparcamiento. Frente a él se alzaba un impresionante edificio de oficinas. En el letrero exterior venía un directorio de empresas. La que buscaba ocupaba buena parte del edificio. Llegar hasta allí fue muy fácil. Ahora tocaba la parte complicada. Necesitaba recopilar información sobre esa tal Rosa María Valle. Estaba convencido de que ocultaba algo. Había pasado una semana investigando y no había encontrado demasiado sobre ella. Todo parecía en regla. Un sueldo casi mileurista, un trabajo estable, dos hijos, divorciada, sin pensión de su ex marido... Una mujer prácticamente hecha a sí misma. Muchas cosas juntas para tan solo una persona. Tal vez, tanta presión, la hubiera hecho estallar. Era una posibilidad. Él lo llamaba el síndrome Ned Flanders. Aguantabas carros y carretas, guardabas siempre las formas, te lo guardabas todo hasta que un día, llegaba el momento en que ya no puedes más y lo sueltas todo a la vez. Sí, era una buena teoría y parecía encajar. Pero también existía la posibilidad que fuera una pista falsa y que estuviera perdiendo el tiempo. Como si no fuera ya bastante pérdida de tiempo perseguir a una justiciera enmascarada.
Entró finalmente en el edificio y enseñó la placa en recepción. Había dos guardias de seguridad que le tomaron nota. Fueron muy amables. O quizás era que la placa de policía intimidaba. Todo podía ser. Tras tantos años en el cuerpo, empezaba a ver segundas intenciones en todo lo que le rodeaba.
- ¿Por quién pregunta?
- Por Santiago Merino Palomo, por favor.
El guardia cogió el teléfono para avisar al interesado. A veces era difícil localizar a los jefes de departamento, ya que se pasaban más tiempo en reuniones que en el propio sitio. Si no lo cogía en el fijo, el sistema terminaba desviando la llamada hacia su móvil de empresa. Para eso les daban las Blackberry. Siempre las solían llevar su encima.
- Bien, le digo que suba - colgó el teléfono y se dirigió al teniente - tercera planta, por favor. Ya le esperan
- Gracias.
Pasó por los tornos de seguridad y pulsó el botón de los ascensores. Pensaba que debería ser el hombre este quien bajara a buscarle. Hubiera sido un detalle, vamos. Trató de no darle importancia. No quería poner mala cara por nada. De lo que pasara en esa entrevista podía depender el éxito o el fracaso de la investigación. Y ya bastante perdido estaba.
- Buenos días, teniente. ¿En qué puedo servirle?
- Buenos días. Siento molestar en horas de trabajo, pero estoy investigando a una de sus empleadas y quisiera ampliar información sobre ella. Se trata de Rosa María Valle Quijado.
- ¿Rosi? ¿Están investigando a Rosi? ¿Por qué?
- No se lo puedo decir. Es confidencial. Pero podría estar metiéndose en terrenos peligrosos. ¿Sabe usted si últimamente ha estado sometida a mucha presión?
- Bueno, la empresa se está enfrentando a un complejo proceso de reestructuración. Son momentos de incertidumbre. Recursos Humanos parece haber perdido el juicio. Aunque la mayoría de bajas están siendo voluntarias, hay mucho nerviosismo. Nadie sabe muy bien qué pasará si no se llega al número de bajas que quiere alcanzar la directiva. Nadie sabe si una vez pasado este primer corte le moverán a otro departamento para cubrir bajas que se hayan producido allí. Incluso, cabe pensar si detrás de todo este movimiento empresarial haya alguna otra empresa mayor que la nuestra tratando de absorbernos.
- ¿Cree que puede haber sido mucha presión para ella? Por lo que sé, es una madre divorciada que no percibe ningún tipo de pensión de su ex. ¿Tal vez tema verse en la calle y vérselas pasar canutas para salir adelante?
- Todo puede ser. No sé. Cierto que la indemnización sería generosa y solo se ha hablado de bajas voluntarias. Y aun así, conozco gente a la que le han ofrecido irse. Conociendo Recursos Humanos, no sé si es mejor ceder en esos casos e irse. Pueden ser un enemigo terrible. Es mejor no ser blanco de su ira.
- ¿Últimamente la ha notado rara? ¿Algo diferente?
- Más cansada. Pero no le di importancia. Tener una familia a tu cargo ya es difícil compartiendo la carga con una pareja. ¡Cuánto más si está ella sola como sustento de todo su hogar!
- ¿Le ha comentado alguna mala experiencia de estas vacaciones? Al parecer, un motorista la robó el bolso mientras estaba por la Puerta de Sol, camino de Cortylandia con sus hijos. Por lo que sé, no hubo manera de hacer mucho contra el ladrón.
- ¡Ay, pobre! No, no sabía nada. No suele hablar mucho de sus cosas. Normalmente, los temas personales los tratamos cuando salimos a desayunar o a comer, casi nunca entre estas cuatro paredes. Y como ella no se queda a comer por la jornada que tiene, ni baja a desayunar para poder salir a su hora sin ser muy criticada, pues casi nunca hablamos de ese tipo de cosas. Espero que tan solo fuera un susto.
- Por lo que sé, no fue grave. Aparte del golpe y las molestias de tener que pedir todo de nuevo, creo que todo se solucionó. Pero quizás, el verse impotente ante esa situación, sumada al stress acumulado de la inestabilidad laboral, hayan podido afectarla.
- No lo sé. No la conozco tanto. Todo lo que sé, es que es una trabajadora ejemplar, que nunca ha tenido malos rollos con nadie ni nunca la he oído dar una mala contestación, aunque más de una vez la hayan dado más de un motivo para hacerlo. Si quiere saber más, hable con ella. Supongo que no tendrá ningún problema.
Y sin darle tiempo al oficial para contestar, cogió el móvil y buscó el número de Rosi en su agenda.
- Rosi, ¿puedes venir al despacho un momento?
Al poco rato, se oyó un ruido de nudillos golpeando la puerta cerrada. La voz de Rosi sonó al otro lado.
- ¿Se puede? - preguntó
- Adelante.
Rosi abrió la puerta y su cara cambió completamente al ver al policía sentado frente a su jefe.
- ¿Otra vez usted? ¿No será otra vez para la tontería esa de la heroína enmascarada?
- Bueno, lo de heroína está por ver. Creemos más bien que es una loca vengativa que puede ser un riesgo para la seguridad de los vecinos de la zona.
- ¿Qué cuentos son esos de una enmascarada? - preguntó Santiago - ¿Qué me estoy perdiendo?
- Verá, jefe - contestó Rosi, evidentemente alterada -, se ve que la policía ya no tiene criminales de verdad que meter en la cárcel, ya que ahora tratan de dar caza a un rumor que se dice que se ha empezado a extender en el barrio, aunque yo la primera noticia que oí del asunto fue por labios del teniente aquí presente.... disculpe, creo que no recuerdo su nombre.
- Teniente Marcos Rubio. Aunque puede que fuera culpa mía. A veces me puede el celo por la profesión y se me olvidan los modales. Tal vez no me presenté como es debido. Soy yo quien debe disculparse.
- Pues ya que está, podría disculparse por su continuo acoso. No tiene bastante con presentarse en mi casa como si yo estuviera loca, sino que encima se presenta aquí, con vaya usted a saber qué cuento. Yo no he hecho nada malo. Solo quiero que mis hijos puedan crecer a salvo, en un mundo en el que puedan sentirse protegidos, sin miedo a lo que se puedan encontrar afuera en las calles.
- Y claro, como no se sentía protegida por la policía, decidió actuar por su cuenta. La verdad es que lo admiro, señora. Me declaro su fan número uno.
- Pues tiene usted una manera muy extraña de demostrar su admiración, teniente. Lástima que no sea yo a quien usted busca. Ya se lo dije, seguramente sea un rumor. No hay que creer todo lo que se dice por ahí.
- Dice el refrán que cuando el río suena, agua lleva. No digo que sea cierto todo lo que oigo, pero seguramente algo hay de cierto en todo ello, aunque no sepa aún el qué exactamente. Pero no dude que lo averiguaré.
- Pues le deseo suerte, teniente. Aunque si me permite un consejo, debería tener la misma dedicación en perseguir a los criminales que la que muestra en tratar de encontrar a alguien que parece querer ayudarles.
- Gracias. Creo que ya he abusado de su tiempo. En fin, espero encontrarla pronto. Me gustaría poder decirle que se puede meter en terrenos muy peligrosos. Hay gente realmente peligrosa por las calles. No es terreno seguro para una indefensa mujer.
- Creo que más bien, en lugar de darle esa advertencia, harían mejor en lograr que las calles fueran seguras para todos. No se puede vivir con miedo.
Pese a su experiencia, el teniente acusó el golpe. Aquella mujer tenía razón. ¿En qué clase de mundo vivían? Recordaba cosas como el de aquellos famosos consejos anti-violaciones que el Ministerio de Interior publicó que fueron motivo de crítica tanto en los medios como por los partidos de la oposición. Los consejos eran todos para las mujeres, dando demasiado lugar al miedo. Sí, en lugar de dirigirse a los agresores, se dirigían a las víctimas, como si fuera su culpa lo que les había ocurrido. A veces, le repugnaba la sociedad en la que le había tocado vivir. Rosi tenía razón. No se podía vivir con miedo. Y así era como vivían demasiadas mujeres. Hacía poco había leído en Facebook una carta de un hombre que hablaba del tema, sobre cómo, al ir por una calle solitaria, una mujer salió corriendo al oírle venir. ¿Por qué, si él no era mala persona? Pero había miedo, aunque no se hablara de ello. En eso habían convertido su mundo. En una sociedad en la que nadie se fiaba de nadie, donde todo el mundo iba a su bola. Rosi tenía razón. Estaban persiguiendo a quien no debían. Pero eran las órdenes.
- Tiene usted toda la razón. Si todos hiciéramos como esta señora, nos iría mejor. Pero no solo no se hace así, sino que además, se nos ordena perseguir a quien lo hace. Tal vez, porque pone en evidencia todo lo que nos queda por hacer y no nos gusta pasar vergüenza. Pero es más fácil quitar de en medio a quien te señala donde está el problema, que solucionar el problema de raíz. Solo espero que no se meta en demasiados problemas.
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