Eran poco más de las 6 de la madrugada cuando el despertador del móvil empezó a sonar. De mala gana, Santiago Merino alargó la mano desde debajo de las sábanas para tratar de alcanzar el teléfono para pulsar el icono de desactivar la alarma. Obviamente, estaba demasiado lejos de su alcance. Siempre hacía lo mismo. Ya había aprendido hace mucho que dejar el despertador al alcance de la mano ni era una buena idea. Si no, jamás se levantaría de la cama y llegaría tarde a trabajar.
- Ya va, ya va. Maldito cacharro. Que esclavitud de trabajo, por el amor del cielo - dijo, caminando hacia la repisa donde solía dejar el aparato. Era un hombre de costumbres. Tanto que, si variaba una sola rutina, le costaba horrores recurrir a su memoria para averiguar qué era lo que había hecho de forma distinta.
Lo primero que hacía en el día era ir al baño. Siempre se levantaba con ganas de mear. Tras hacer pis, cogía la máquina de afeitar y se repasaba los pelos que trataban de asomar. ¡Lo que daría él porque su pelo tuviera el mismo ímpetu para tratar de salir por la zona de arriba de su cabeza como lo tenía el de la parte de la barba! Pero no había manera. Ya habían pasado muchos años desde que se quedó calvo.
Tocaba volver a la habitación a por la ropa para ducharse. Miró a su mujer, aún rezongando debajo de las sábanas. A sus 55 años, seguía siendo tan hermosa como el día en que se conocieron, si no más. Su pelo rubio caía siempre en una corta melena hasta los hombros, su sonrisa perfecta, sin que aún faltara un solo diente, sus ojos azules como el cielo de la mañana... ¿cómo una preciosidad como ella había acabado con un tipo como él? Cada vez que se miraba al espejo se lo preguntaba, y casi siempre le daba la impresión de que su reflejo le contestaba con una sonrisa burlona.
- Despierta, cariño - la llamó - despierta o llegarás tarde.
- Solo cinco minutos más...
Seguía siendo una niña pequeña. Siempre de buen humor. Siempre bromeando. Siempre tomándole el pelo... por eso se había quedado calvo, decía siempre ella entre risas. Veinte años juntos y aún seguía enamorado de ella. Podía considerarse afortunado.
Trataban de desayunar algo juntos, aunque tan temprano, apenas entraba el café y gracias.
- Tienes mala cara, Santi. ¿Qué te preocupa?
- Nada. Cosas del trabajo. Las cosas no pintan bien. Y menos para los de nuestra edad. Están prejubilado a mucha gente.
- Bueno. Podría ser una buena oportunidad. Así no tendrías que estar madrugando otros diez años más. Podrías pensarlo y pasar más tiempo juntos, sin tener que salir tan pronto de la cama... tú ya me entiendes.
Aun con los años, conservaba un toque picaron y salvaje que hacía que Santiago se volviera loco. Cada vez era más juguetona en la cama y disfrutaba mucho del sexo.
- Tentador. Muy tentador. ¿Pero qué haría yo con tanto tiempo libre? Llevo toda mi vida trabajando, no sé estar inactivo.
- Cualquier cosa. Para empezar, podríamos liquidar la hipoteca con el dinero que te den de indemnización. Porque seguro que es bastante, ¿no?
- Y que lo digas. Entre la antigüedad y el puesto, me salían unos 90.000 € limpios.
- Fíjate. Hasta nos sobraría dinero. Podríamos hasta hacer una segunda luna de miel. ¿No te gustaría dar un viaje? Podríamos ir a París, Roma, Praga, Oslo... Sería maravilloso.
- Ya veremos. Quizás hasta me venga bien retirarme. Llevamos una época que parece que en la empresa vamos como pollos sin cabeza. Hoy una cosa, mañana otra, al otro la contraria... Demasiado stress.
- No te quiero forzar. Prométeme tan sólo que lo pensaras, ¿vale?
- Te lo prometo. Me voy a ir ya, se hace tarde. Te quiero.
- Y yo a ti.
Santiago se puso el abrigo y bajó al garaje por el ascensor. Arrancó el coche y se puso en marcha. Un día más. Madrugando lo suficiente se podía evitar el atasco y encontrar sitio para aparcar en el polígono industrial. En la empresa seguían de recortes y a todos los mandos intermedios les habían quitado la plaza de garaje, así que tocaba correr para ser el primero en pillar sitio. La zona se saturaba de coches de gente que entraba a trabajar y que muchas veces terminaba aparcando de mala manera. Los municipales no solían pasar muy a menudo por allí, pero el día que lo hacían sacaban una buena tajada a base de multar a todos los coches que aparcaban mal.
Durante un tiempo la gente del trabajo hacía la picaresca de dejar el coche en el parking de un centro comercial que había por la zona, aprovechando que era gratuito. Pero la dirección de dicho centro empezó a notar el abuso, así que limitaron el tiempo de estancia gratuito a dos horas máximo. Tres si ibas al cine. Por mucho que la mayoría de los trabajadores terminaran yendo a comer allí, no les terminaba de compensar tener el parking repleto de vehículos más de 8 horas para solo el gasto realizado en la hora de la comida.
Santiago llegaba siempre lo suficientemente pronto como para poder encontrar hueco en el minúsculo parking gratuito que quedó en la empresa para empleados. Ya el subterráneo era solo para los altos directivos. Y las 50 plazas del parking exterior eran insuficientes para los 1.500 empleados que estaban en aquella sede. Aquello era demasiado caótico.
Nada más llegar a la oficina, antes de que tuviera tiempo siquiera de encender su ordenador, su jefe le llamó a su despacho. Ya empezábamos. Por más pronto que llegara, nunca conseguía ni 10 minutos seguidos de tranquilidad. ¡Qué ganas tenía ya de irse de vacaciones! Ya estaba haciendo bastante el primo con estar trabajando en pleno puente de la constitución, pero era una semana tonta de tan solo 3 días laborales. Había que verlo así. No servía de nada amargarse.
- Solo serán 5 minutos, Santi. 10 como mucho.
- ¿Qué ocurre?
- Lo de siempre. Recursos Humanos sigue jugando con nosotros al juego de las sillas. Al parecer, hoy a las 9 nos traen un chico nuevo y quieren que empiece a trabajar en vuestra área. Quizás así puedas compensar un poco el hecho de que te hayan quitado un par de personas. Es parte del proceso de reestructuración en el que estamos inmersos desde hace un mes.
Reestructuración. Ahora se llamaba así. Lo que antes eran despidos y cierres, ahora se le daba ese nombre tan rimbombante como falso. Reestructuración. ¿Cuándo empezarían a llamar a las cosas por su nombre? Aquello era un ERE en toda regla, firmado ya con el 85% de los representantes de los sindicatos. Quitaban mucha gente de unos departamentos para mandarlas al paro y tenían que cubrir los huecos con otros empleados. La idea era hacer el 20% más de trabajo que antes con un 15% menos de personal. Echar más horas, sin que nunca te las reconocieran, para que la empresa pudiera ganar más dinero y mantenerse a flote un año más. Eso suponiendo que no viniera otra más grande detrás que la absorbiera, claro. Esos rumores existían desde hace mucho, y aunque la Dirección trataba desmentirlos, el camino que llevaban indicaba que trataban de limpiarse de polvo y paja para prepararse para algo gordo. ¿Y qué podría ser si no? Solo podía ser una absorción. Quizás su mujer tenía razón. Era un buen momento para mandar todo a la porra y empezar a pensar en retirarse. No eran buenos tiempos. Nunca lo habían sido, la verdad.
- ¿Están tontos o qué? ¿Nos quitan a empleados válidos para darnos a cambio gente que no tiene ni idea de programar y a la que vamos a tener que perder el tiempo enseñando a programar? ¡Fíjate! Últimamente casi no puedo darle tantas cosas a Iván Palomero, porque la mitad del tiempo que pasa aquí lo tiene que gastar enseñando a las dos chicas que nos vinieron el mes pasado. Él está encantado, claro, en su vida se ha visto tan bien rodeado. Pero claro, algo que él haría normalmente en un pis-pas, ahora tarda el triple porque se lo tiene que explicar a gente que no tiene ni idea de programación. ¡Encima, ahora está de vacaciones! ¿A quién le voy a poner para que le enseñe? ¿No se les ocurre mejor momento para hacer todos estos cambios que en pleno mes de diciembre, con el puente y las vacaciones de Navidad a la vuelta de la esquina?
- ¿Qué quieres? La empresa quiere quedarse más o menos limpia de cara a cierre de año.
- Siempre igual. ¡Siempre igual! ¡Vamos como pollos sin cabeza! ¡Qué ganas tengo de que pase todo esto! ¡Ganas me dan de pinchar yo también y mandar todo a la mierda! Estoy harto. ¡Harto!
- Pues piénsatelo. María estará encantada. Hace años que ambiciona tu puesto. La dejarías el campo libre.
- ¿A esa? ¡Pero si es una verdulera y una chabacana!
- Pero tiene la antigüedad suficiente y un perfil similar. Es lo único que verán los de Recursos Humanos.
- Buffff... Está bien. Veré que puedo hacer con el tipo nuevo. Ya se me ocurrirá algo. De momento, tendré que ponerle con Rosi. No hay mucha más gente disponible ahora mismo. Además, ya ha gastado todo lo que le quedaba de vacaciones, así que no tendrá que interrumpir su formación. Haremos lo que podamos.
- Eso era lo que quería oír.
Cuando Rosi llegó a la oficina, hora y media después, se encontró a Santiago sentado junto con un chico nuevo, ambos sentados frente a su ordenador.
- Buenos días.
- Buenos días. Rosi, te presento a Eduardo Polanco, una nueva incorporación en la oficina. Parece buena gente, bastante competente, pero me gustaría que le cuentes un poco lo que hacemos y que estos días estuvierais juntos. Al menos, hasta que pueda empezar a desenvolverse él solo. Quizás en un par de semanas o en un mes como mucho pueda hacer empezar a apañárselas.
- No sé si soy la más indicada. No tengo el nivel de Iván o Paco. Además, tengo un horario completamente distinto. Y no puedo cambiarlo, he de recoger a los niños del cole.
- No te preocupes, lo harás bien.
- ¿Y en cuanto al tema del horario?
- Ya sabes que no hay problema. Ya sé que hay gente a la que le gusta hablar y malmeter, pero haces tus horas y trabajando bien. Hay quien hace horas extra por aparentar y realmente están perdiendo tiempo, solo quieren hacer ver que se quedan. Ya te digo, no te preocupes por nada. Sé cómo trabajas. Sé que estará en buenas manos. Lo harás bien.
No había nada que hacer. Últimamente no venían bien dadas las cosas en la oficina. Rosi suspiró, resignada. Era todo un marrón. Y no tenía mucho sentido. Recursos Humanos hacía cosas muy raras. Ojalá el nuevo compañero fuera majo y agradable al trato. Al menos, estaba bastante bueno. Eso ya era un comienzo. Aunque su instinto siempre estaba en alerta roja. Nada de fiarse de los hombres. Solo querían una cosa. Pensaban siempre con la polla, no con la cabeza.
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