Rosi había acabado muy hecha polvo. Aquella vez no era un tema físico. Ni siquiera por el miedo pasado. Era la terrible sensación de verse completamente impotente. ¿Sería verdad lo que le habían dicho aquellas mujeres? ¿El mundo no quería cambiar? ¿El ser humano era más malo que bueno? Sí, vale, éramos muy egoístas, pero también había gente buena, que ayudaba a los demás, que daba la vida por otros. Y, aun así, el mundo seguía hecho un asco. ¿Sería esa la verdadera razón de que hubiera gente que se excusaba para no hacer nada? ¿Sabían, en el fondo de su corazón que realmente formaban parte del problema más que de la solución? Nadie estaba exento de culpa. Ya lo dijo el propio Jesucristo. El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra. Saca la viga de tu ojo antes de sacar la paja del ojo del vecino. Sí. El ser humano se había especializado en hacer más bien todo lo contrario. Señalaba fácilmente los defectos de los demás, criticaba sin dudar un segundo al otro, localizaba rápidamente un culpable... pero el dedo acusador siempre señalaba a otros, nunca a uno mismo. Quizás entonar solo en mea culpa no fuera suficiente, pero decían mucho que el primer paso para arreglar algo era admitir que el problema existía. Lástima que nadie dijera cual era el siguiente paso. Cambiar. Ese debía ser el siguiente paso. Pero cambiar dolía. Costaba demasiado. Y eso era algo a lo que casi nadie estaba dispuesto. En lugar de eso, la gente solía buscar a alguien peor que ellos para acallar a sus conciencias. Siempre los culpables eran otros. Prefirió no pensar en ello. Sólo podía ser responsable de sus propios actos. Y, como mucho, de educar de la mejor manera posible a sus hijos, con valores lo suficientemente firmes como para poder resistir en aquella selva de mundo.
No volvió a pensar en ello. La rutina del día a día la absorbía demasiado. Siempre madrugando para tener tiempo de dejar a los niños en el cole antes de ir a trabajar. Luego pasar 6 horas de lunes a sábado sin descanso jugando con datos, programando informes, y haciendo análisis de datos para poder tratar de mejorar el negocio. Por lo general le solía gustar, pero llevaban una racha un poco mala. Con las magníficas reformas laborales del Gobierno, que seguía convencido que la mejor manera de crear empleo era bajar los sueldos y abaratar el despido, había últimamente mucha incertidumbre, ya que se oían rumores de recortes y despidos. Nadie sabía nada a ciencia cierta. El miedo a los despidos, al paro y a toda la incertidumbre que eso traía, había desatado una guerra de departamentos para demostrar ser el más importante. Sacaban cosas al triple de velocidad y se trataba de abarcar más con la misma gente, con el consiguiente riesgo de error que eso tenía.
Pero eso parecía dar igual. Lo importante era aparentar que se sacaba muchísimo trabajo y que cuando pasara el consejero delegado a supervisar, dar esa impresión de estar siempre saturados de trabajo, de no levantarse de la silla ni para ir a mear. ¿Cuál sería el siguiente paso? ¿Horas extras ni reconocidas ni pagadas? Ya las hacían muchos departamentos, y la gente que cumplía estrictamente su horario empezaba a ser mal vista. Especialmente si tenías un horario especial como ella. Pero estaba firmado en el convenio colectivo y la ley solía mostrarse favorable con familias desestructuradas como la de Rosi. De hecho, ya se habían empezado a dar casos similares que te hacían estar alerta. No hacía mucho que se habían cargado a Claudia, estando embarazada de 3 meses. Claro, oficialmente, no la habían despedido, si no que la habían ofrecido algo lo suficientemente horrible como para que fuera ella la que se fuera por su propia voluntad. ¡Mentira! Las únicas opciones eran o aceptar el nuevo puesto o irse a la calle. No le dejaban quedarse en su anterior puesto. Con lo que le gustaba. Con la de amigas que dejaba allí. Pero, desde que empezó a hacer el horario de madre, su jefe le había puesto en la lista negra. Se las empezaba a ver felices al ver que el crío ya iba a llegar a los 3 años, lo que obligaría a Claudia a hacer la jornada completa. Pero se quedó embarazada una segunda vez y ya su jefe perdió los nervios. ¿Otra baja? ¿Y luego volver a una jornada especial? La buscó una sustituta sin novio y engañó a Recursos Humanos para que le ofreciera algo que sabía que jamás aceptaría. Así aprendería.
Por lo general, Rosi estaba encantada en su trabajo, pero ver diariamente a individuos como aquel, que encima triunfaban en el mundo laboral e iban ganando mayor cuota de poder cada vez, era algo que la ofuscaba terriblemente. Algo en su interior le hizo pensar que ese tipo de gente solo podía acabar mal. Quizás a los ojos del mundo fueran grandes triunfadores que habían logrado todo cuanto se proponían, pero toda acción tenía siempre su consecuencia. No podías elegir ascender a costa de llevarte a otros por delante sin que eso te dejara un lastre en algún que otro aspecto de su vida. Al menos, eso le gustaba creer. No sería justo de otra forma. Pero la vida no solía ser demasiado justa.
Pero de vez en cuando si se veía algo de justicia. Hacía unos pocos años hubo otro rumor de ERE, que fue al final tan solo una oportunidad de prejubilarse. Pero hubo uno de los directivos que se quitaron de en medio por tráfico de influencias. Debería haber sido despido procedente, pero amenazó con delatar a otros directivos que también tenían asuntos muy turbios en la empresa. Nada de eso fue oficial, claro. Pero era la única explicación para entender que hubiera conseguido llevarse 600.000 € de indemnización, que salió de esa bolsa de dinero destinada a las prejubilaciones. Causó que a más de uno le racanearan en la indemnización que les correspondía. ¿Pero qué fue lo realmente bueno? Que en el lugar de dio sinvergüenza, terminaron poniendo al bueno de Jose María, un tío humilde, campechano y súper trabajador. Rosi jamás olvidaría la tremenda ovación y los aplausos de la gente cuando anunciaron el nombramiento. No sería exagerado decir que estuvieron aplaudiéndole como cosa de cinco minutos de manera ininterrumpida.
Llegó finalmente la hora de salir. Siempre iba a todas partes con la hora pegada. Ni siquiera podía comer como era debido. A veces, se traía un tupper con comida que hubiera sobrado de la cena del día anterior. Muchas veces solía hacer más cantidad para que le sobrara. Siempre comiendo a todo tren sobre el escritorio para que nadie le pudiera reprochar nunca el irse siempre pronto. Sí, en teoría era su horario, pero en la práctica siempre había críticas por detrás. En aquella España parecía que los mejores trabajadores eran aquellos que más horas pasaban en la oficina. Daba igual que fuera para leer el Marca o jugar al buscaminas. Lo importante era estar en tu sitio. Quizás sonaba exagerado, pero ella había visto gente que se había puesto a toda pantalla cosas como el partido de España de la Eurocopa contra la República Checa o el sorteo de la UEFA Champions League. Ella pasaba de ese tipo de gente. Prefería concentrarse en su trabajo y punto. De vez en cuando, hasta era divertido. Todos los días había gente que se esforzaba en hacerle reír. Iván, por ejemplo, la venía a ver todos los días, tratando de convencerla para desayunar juntos. Decía bastantes tonterías, pero era buena gente. A veces, parecía querer ligar con alguna de la oficina. Siempre bromeaba diciendo que las mujeres solo le perseguían cuando tenían dudas con Excel, así que el día menos pensado escribiría un manual de cómo usar el Excel para ligar. Cierto que a él mismo no le funcionaba, pero le bastaba con estar bien rodeado. O eso decía. No se le podía tomar muy en serio, pero era buena gente. El típico que no le importaba pringarse y ayudar en lo que fuera. Aquello no terminaba de estar muy bien visto. Los jefes siempre trataban de apuntarse todos los tantos y no les gustaba demasiado la gente con iniciativa. Todo lo que se hacía tenía que pasar por ellos, para poder apuntarse todas las ideas molonas como propias. Por suerte, aún existía gente como Iván, que no entraba en ese sucio juego que hacía del mundo una auténtica selva.
Llegó finalmente la hora de volver a casa. Siempre corriendo para no perder el bus verde que pasaba de Pascuas a Ramos. Cierto que con la aplicación nueva para móvil, podía dejar memorizadas las paradas que usaba habitualmente. Pero no siempre funcionaba. O peor aún, daba tiempos que luego poco fiables. No era grave si venía algo más tarde de lo anunciado. ¡El verdadero problema era que pasara antes! Se podía perder mucho tiempo en la parada del autobús. Por suerte ese fue uno de los muchos días que le cogió bien. No llegaría tarde al colegio. No le gustaba tener a sus niños esperando. Podría ser un poco traumático estar allí y ver que nadie venía a por ti, mientras el resto de tus compañeros podían irse ya a su casa.
Del bus al intercambiador. Del intercambiador al metro. Luego transbordo. Se perdía más de una hora en el trayecto. Eso con suerte. Pero si se rompía el metro, había obras, pillabas tráfico en la nacional o perdías el bus de turno, podías rozar fácilmente las dos horas de trayecto. Lo suficiente como para desquiciar a cualquiera. Había que tener nervios de acero para moverse así en una Madrid con tanta gente, donde el tráfico de las carreteras podía convertir cualquier desplazamiento en una auténtica odisea.
Ya en casa, dejó a los chicos haciendo los deberes. Se disponía a sacar la tabla de la plancha, cuando sonó el timbre de la puerta. Qué raro. Nadie llamaba nunca. ¿Quién podría ser?
- ¿Sí? ¿Quién es?
- ¿Doña Rosa María Valle Quijado, por favor?
- Sí, soy yo. ¿Quién es?
- Policía. Abra, por favor.
Pulsó el timbre del telefonillo con bastante temor. ¿Qué haría allí la policía? ¿Vendrían por lo del bolso? No parecía muy probable. Esas cosas no solían aparecer. ¿Tal vez la habían descubierto? ¿Sabrían ya de su labor de justiciera nocturna? Había intentado ser cuidadosa, pero nunca se sabía. Finalmente, sonó el sonido del ascensor llegando a su planta. Aparecieron dos hombres de uniforme, siguiendo a otro vestido casi de paisano.
- Disculpe las molestias, señora - dijo ese último - estamos realizando una investigación por el barrio. Al parecer se oyen rumores de una especie de loca enmascarada que recorre las calles por la noche, persiguiendo delincuentes. ¿Sabe usted algo?
- ¿Yooooo? ¿Por qué iba a saber nada?
- Parece ser que en este barrio se han cometido varios asaltos. Algunos testigos hablan de una mujer, de unos 45 años, de pelo castaño y más o menos de su complexión. Todo muy vago, la verdad. Algunos de esos testigos aseguran que dicha mujer sale en busca de camorra, busca el primer sinvergüenza que se cruza en su camino, y le da de hostias hasta hacerle besar el suelo. Luego, se vuelve tan campante a su casa. Según un testigo, una noche entró en este portal. Y no hay mucha gente con esa descripción es este portal. Claro, que tampoco me fio de las declaraciones de esa gente.
- Bueno... no sé. Supongo que hay gente por ahí cansada de tanto carterista que entra y sale de comisaria sin que le hagan nada. La paciencia de la buena gente tiene un límite.
- Comprendo todo eso. La justicia es tan blanda que a veces te dan ganas de romper las reglas y mandar todo a tomar por culo, disculpe la vulgaridad. Yo mismo he tenido ganas de romperle las piernas a más de uno que no hacía más que reírse de las leyes. Pero todos tenemos un deber, incluido yo. Que otros incumplan las leyes, no nos justifica a nosotros para que las incumplamos también. La cosa no funciona así.
- ¿Pero no es un deber de todo ciudadano ayudar a su comunidad? ¿Qué delito habría cometido esta mujer? Solo trata de castigar a la gente que escapa del castigo de la justicia. No veo que mal puede hacer. Casi diría que es una labor casi heroica.
- Heroica o no, eso es trabajo de la policía. No podemos permitir que la gente se vaya tomando la justicia por su mano. Eso crearía un peligroso precedente y la humanidad volvería al ojo por ojo y diente por diente. ¡Sería un caos! ¡Una anarquía!
- ¿Y si la policía no pudiera hacer nada contra ciertos criminales? ¿Es correcto dejar un mundo en el que, si sabes hacer trampas lo suficientemente bien, puedes salir impune de un delito?
- No crea que es la primera que piensa así. Pero ya le digo. Si alguien quiere combatir el crimen, me parece genial. Que se una a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y punto. Pero no me parece bien que haya locos solitarios repartiendo su propia justicia por ahí.
- Lo entiendo, agente. Pero no entiendo que tiene nada que ver eso conmigo. Si hay una heroína por el barrio, será otra. Yo no tengo tiempo de nada.
- Entonces, si no tiene nada que ocultar, no le importará que echemos un vistazo, ¿verdad?
- ¿Tienen una orden de registro?
Algo bueno tenía que tener que en la tele echaran cientos de series policiacas. A base de repetir una y otra vez el mismo género, los mismos capítulos, terminabas aprendiendo cosas. Nada de lo que había dicho el oficial valía para llevarla detenida. Todo era circunstancial y con testigos poco fiables. Y ni siquiera la había acusado de ningún delito. Como imaginaba, no parecía tener nada, ya que dio la callada por respuesta. Eso significaba que no había orden alguna contra ella.
- Bien, pues si no se le ofrece nada más, tengo mucha plancha atrasada. Buenas tardes, caballeros.
- Muchas gracias por su tiempo. Y disculpe las molestias. Lo único que nos preocupa es su seguridad.
Rosi cerró la puerta de casa tras de sí, despidiéndose del teniente Rubio y sus dos subordinados.
- Pufff. Que hombre tan molesto. Ni que fuera de la inquisición. Yo intento ayudar, ser una buena madre, hacer de este mundo un lugar mejor, y al final me persiguen como si fuera una delincuente. ¡Qué asco de vida! Aunque la verdad, es que es un hombre guapo, y tiene una voz agradable. ¡Y qué pelazo! Pero es muy cansino. Espero que me deje en paz. No molesto a nadie. A ver si él hace igual.
Trató de quitar ese pensamiento de su cabeza. Hacía tiempo que había tratado de olvidar a los hombres, y lo más parecido a uno en su vida en ese momento era su compañero de oficina Iván Palomero. No. No se fiaba de los hombres ya. Y tampoco tenía tiempo para ellos. Sabía que el romanticismo era ya más cosa de Hollywood que de la vida real.
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