Rosi no se daba apenas cuenta, pero sus actividades nocturnas no habían pasado desapercibidas. La gente empezaba a comentar. Hablaba de una lunática que daba de comer a los vagos y que daba palizas a los vagabundos. ¿Cómo puede un rumor tergiversar tanto la verdad? Sin que se diera cuenta, aquel personaje que trataba de ser heroico empezaba a ser blanco de las críticas. Y es que, en aquella España, era lo mejor que se sabía hacer: criticar a los demás, daba igual si tenías argumentos o no, o si eran reales o inventados. Si alguien se salía del rebaño, era señalado con el dedo y ridiculizado. Y es que, sin darse cuenta, había cometido un terrible error. Su forma de actuar dejaba en evidencia a aquella gran mayoría que prefería mirar para otro lado. Su existencia demostraba que sus excusas para no hacer nada eran solo eso, excusas. Y eso, molestaba muchísimo. Si hubiera visto más películas de superhéroes, quizás sabría que no era la única. De hecho, en Los Increíbles, a los superhéroes les pasó algo parecido. No solo España era mala tierra para los héroes. Parecía que el mundo entero prefería seguir estando enfermo en lugar de buscar una cura. Quizás era que seguir enfermo no requería hacer nada, no tenías que esforzarte para ello. Pero cambiar las cosas requería mucho esfuerzo. ¿Y reconocer que uno mismo también era parte del problema? ¡Jamás! ¡Antes la muerte! Así le iba al mundo. El problema no era que la gente no pudiera cambiar. El verdadero problema era que no querían. La voluntad era la clave de todo.
Rosi no se dio cuenta de que ya no era la única sombra habitual cada noche. No se dio cuenta de que había un vagabundo nuevo solo por las noches. Uno que, mientras cantaba desafinando a voz en grito, la observaba por el rabillo del ojo.
No. Nada de eso observó. Cierto que ya no salía todas las noches. Tener que trabajar de lunes a sábado nuevamente le quitaba tiempo de otras cosas, de tal modo que llegada ya la hora de la cena, apenas le quedaban fuerzas para mantenerse en pie. Lo justo para cenar, lavar los platos, leer un nuevo cuento a sus niños y acostarlos. Con tanto trajín, ¿Cómo iba a reunir fuerzas adicionales para salir a la calle a dar un par de tortas a más de uno que se las merecía desde hacía ya tiempo? Estaba convencida de que, en más de una ocasión, un buen par de tortas dadas a tiempo, solucionaban muchas cosas. Quizás, si a esos maleantes que recorrían las calles, sus madres les hubieran atado en corto a tiempo, hubieran tomado otro camino. Pero claro, la sociedad veía mal lo de pegar a los niños. No era partidaria de irse al otro extremo de dar palizas a sus hijos, pero los extremos siempre habían sido malos. Tanto pasarse con la disciplina como no tener ninguna.
Aquella noche varió su ruta habitual. Los maleantes empezaban a escuchar cosas, y como suele ocurrir, la fantasía se mezclaba tanto con la realidad, que los rumores que se extendían a pie de calle poco tenían que ver con la realidad. Fuera como fuera, empezaban a evitar aquellas calles, no fuera que algo de lo que se decía fuera cierto. Siempre había algún que otro bravucón que decía no tener miedo, pero siempre les ocurría lo mismo. A los pocos días aparecían cojeando, resentidos aún de los golpes recibidos. Eso enfriaba los ánimos de los demás, que por si acaso cambiaron sus puntos de actuación. También habían propuesto unirse todos para acabar con la nueva amenaza de las calles, pero ninguno se atrevía a liderar tal empresa. Nadie sabía a qué se enfrentaban exactamente. Nadie creía seriamente que fuera realmente un ángel o un superhéroe de verdad, pero nada asusta tanto como lo desconocido.
Así fue como Rosi llegó a una zona del barrio que no conocía. Entre las sombras, vio dos figuras paradas en una esquina. ¿Serían bandidos? Se acercó despacio, muy sigilosamente. Sin saberlo, el misterioso vagabundo que solía observarla, también la seguía a apenas unos metros de distancia. Pero Rosi tenía toda su atención en aquellas dos figuras, tratando de que sus ojos se adaptaran a la oscuridad de la noche para poder distinguir qué podrían ser. Pronto vio que eran dos mujeres, con poca ropa, intentando parecer lo más sexys posibles, realzando sus formas femeninas, con escotes de infarto. Estaba claro. Eran prostitutas.
Rosi no sabía qué hacer ante eso. Sabía que la mayoría de las prostitutas eran obligadas a ejercer ese oficio, si es que realmente se le podía llamar así. Pero tenían demasiado miedo de lo que les pudieran hacer para poder atreverse a escapar o solicitar ayuda. Eso ya eran palabras mayores. Seguramente, los denominados chulos las observaban ocultos en algún rincón. Si no cumplían con su cuota, si hacían algo raro o si alguien las ayudaba, ellos lo sabrían. Y solían ser gente muy seria. Mucho más que los carteristas y chorizos de barrio que solo robaban unas míseras carteras. Acabar con esa lacra era algo realmente difícil. Había quien decía de perseguir a los clientes, que eran quienes permitían que la prostitución no solo siguiera existiendo, si no que fuera un negocio realmente rentable. Al menos para esos chulos. Rosi pensó que quizás la única solución era arrancarles los huevos de cuajo a la clientela. Como habría hecho con su ex de haber seguido juntos. Los hombres pensaban demasiado con la polla. Demasiados eran los que pagarían mucho dinero por satisfacer alguna fantasía sexual que no se atrevían a confesar. Por una buena mamada, una cubana o un anal. Lo que fuera. El negocio del sexo vivía de eso. De salidos insatisfechos.
Rosi finalmente se acercó. Quizás podría hablar con aquellas mujeres. Seguramente, el chulo de turno se pondría nervioso al ver a alguien interferir y saliera de su escondite. Era una opción peligrosa, ya que ese tipo de gente no solía andarse con muchas bromas. Volvió a sentir el miedo como hacía ya tiempo que no lo sentía. Pensaba que ya lo habría vencido. Pero estaba subiendo de nivel. Los peligros empezaban a ser mayores. Aquella idea de hablar con las prostitutas no parecía la mejor del mundo. Aun así, lo hizo.
- Buenaaaaaas
- Vaya, una nueva - dijo una de ellas - ¿qué clase de ropa llevas? No parece muy sexy...
- ¿Qué pretendes? ¿Atraer a los frikis salidos amantes del cosplay ese? No son nada rentables. No tanto como los viejos verdes.
- De todas formas, esta es nuestra esquina, tesoro. Ya sé que no es fácil encontrar alguna. Pero puedes quedarte por hoy. A Mike no le importará siempre que los primeros clientes en parar nos los quedemos nosotras dos. A lo mejor tienes suerte y no tienes que esperar tanto. A veces, hay quien tiene lo suficiente como para pagar por las dos. Hay mucho que fantasean con un trio o por ver a dos mujeres enrollándose en plan lésbico. A veces, hasta agradeces variar. En lugar de hacerte comer sus sudadas pollas, prefieren ver cómo te comes el coño de tu compañera. ¿Tú lo has probado alguna vez?
- ¿El qué? - preguntó Rosi, obviamente confundida por el giro que habían tomado los acontecimientos.
- ¡Un coño, claro! A mí, la primera vez, se me hizo muy raro follar con otra mujer, pero la verdad es que me gusta casi más follar con Erika que con un vejestorio. Si vas a dedicarte a esto, es mejor que te acostumbres, querida. El sexo lésbico está muy demandado. Hay muchos que prefieren solo mirar como dos mujeres se follan entre sí mientras ellos se masturban. Aunque otras veces intervienen y te la meten por el culo. A veces lo hacen bien y sientes el placer de tener a tu compañera lamiéndote todo el coñito mientras te follan bien el culo. Pero eso no suele pasar. Si aún estás a tiempo, cambia de oficio. Aunque seguro que tienes clientela. A muchos les ponen las maduritas.
- No... yo no... quiero decir... sólo quería hablar con vosotras... nada más... no quiero sexo.
- Bueno, si es por querer... nosotras tampoco. Pero bueno, tampoco es que podamos elegir. Al menos, para nosotras, es demasiado tarde.
- Pero... siempre se puede elegir... ¿no?
- No es tan fácil. Si no hacemos un mínimo, Mike se enfada. Y Mike enfadado significa moratones por todo el cuerpo. Eso en el mejor de los casos.
- Sí, querida, es mejor que lo asumas. A no ser que tú vayas por tu cuenta, claro. Entonces sí puedes elegir. Pero nosotras no. Estamos atrapadas en este mundillo.
- ¿Y por qué no escapáis?
- ¡Ja! ¿Escapar? ¿A dónde? Llevamos la marca de puta pintada en la cara. ¿Quién nos iba a dar refugio? Mike se queda con todo el dinero. Sin dinero, sin lugar donde escondernos, seríamos blancos fáciles. No, querida. No es tan fácil.
Un coche paró y el conductor hizo una seña. Una de las chicas se acercó a la ventanilla y habló con él como medio minuto. Subió al coche y desapareció.
- ¡Vaya! ¡Por fin! ¡Pensé que nunca llegaría el primero!
- ¿El primer qué?
- ¡Cliente, tonta! Mike se pondrá nervioso como no aparezca alguno más.
- ¿Y porque no le dais una paliza entre todas a ese tal Mike? La unión hace la fuerza, ¿no?
- Jajaja. Mike no es una persona, cielo. Son muchas. Dudo que ninguno de ellos se llame ni siquiera así. Son demasiado astutos como para dejar alguna pista.
- Pero... tiene que haber alguna salida... de todo se puede salir.
- De esto no. Es el negocio más antiguo del mundo. El sexo es el dios supremo. Los hombres harán lo que sea por satisfacer su lascivia. Pagarán lo que haga falta. Hay hasta gente respetable que son clientes habituales. Si vas por libre, te aconsejo que cambies de oficio. No sabes la de cosas que nos vemos obligadas a hacer.
- No soy una puta. Soy una heroína.
- Lo que tú digas. Pero solo con buenas palabras o con nobles intenciones no cambiarás el mundo. La gente es así, mala por naturaleza. Todo el mundo dice ser bueno, pero no ven lo que nosotras hemos visto. Y sí el mundo ha seguido así, durante siglos, solo existe una razón. Nosotras existimos por eso. Porque, en el fondo de su corazón, el ser humano ama la mierda. Por eso nunca dejaran de existir las desigualdades, ni la pobreza, ni la guerra, ni la hambruna, ni la prostitución. Al ser humano le encanta estar en el fango. Y si no me crees, lee un poco de Historia. O mira simplemente las noticias. Maridos, que pegan a sus mujeres, niños abandonados o abortados... en fin, te dejo, que ahí llega otro cliente. Mucha suerte tratando de cambiar el mundo. Dudo que lo consigas. El mundo no quiere cambiar. La gente no quiere cambiar. La mierda les gusta, aunque nunca lo reconocerán. Jamás.
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