Si había algo que un aspirante a héroe de debía hacer, era ver las noticias. Era raro el día que en el telediario no daban razones de peso para querer coger una lata de gasolina y prender fuego a todo. Total, ¿qué te iban a hacer? Hacía unos años, los etarras se hacían una foto en grupo orgullosos de haber salido de la cárcel y haber ganado así el pulso a la justicia. Solo un periodista solitario se atrevió a plantarles cara. Casos indignantes se sucedían, como la reciente detención del asesino (perdón, presunto asesino) de Diana Quer, el caso de los dos jóvenes a los que echaron en un lago dentro de un coche cuyo “presunto” asesino ya había matado y no había cumplido más que 7 años en prisión o el reciente caso de Gabriel, ese niño asesinado al parecer por su madrastra. Y los políticos, queriendo reblandecer las leyes, quitando la pena de prisión permanente revisables, porque dicen que es populista. No. El señor del partido rojo no quiere que esté nada de lo que proponga el señor del partido azul, porque es su rival, y lo único que le parece importar es atacarle por todo, aunque para eso tenga que ponerse del lado de criminales que se jactan como van a pasar poco tiempo en prisión. Rosi no se podría creer nada de lo que escuchaba. Hablaban de una carta que El Chicle mandó a los padres de la chica donde les decía “vosotros tranquilos, pero a los siete años ya estaría fuera y con tres o cuatro de permiso”. Indignante. Y la gente diciendo que si querer que la gente pague por sus crímenes es venganza. ¿No se suponía que el que la hace la paga? No parecía ser así.
Los padres de las víctimas acudieron al congreso, y vieron en directo como los políticos votaban en contra de mantener las penas más duras y luego salían corriendo sin dar una explicación de porqué habían votado algo así. Ella no lo entendía. Había cartas en las redes sociales apoyando a aquellas familias. Listados de delitos que se habrían evitado de haber mantenido a los criminales en la cárcel. Pero se seguía diciendo que era ser cruel, que iba en contra de los derechos humanos tener en prisión a alguien tanto tiempo. Así que los soltaban, para que pudieran volver a matar. Total, era casi gratis. Con razón alguien dijo que lo que asusta la maldad de los malos, sino la indiferencia de los buenos. Rosi no sabía si lo dijo Gandhi o tal vez Martin Luther King, pero tenía más razón que un santo. Y daba igual que hubiera 3 millones de firmas reunidas. Ignoraban las marchas de protesta, la indignación de la gente. Solo se acordaban de la gente los 3 meses de campaña y poco más. El resto de los 4 años, se dedicaban a vivir en su burbuja, a decir que todos los problemas del país eran del partido contrario, a robar todo lo que pudieran y ya. ¿Qué iba a hacer la gente? Al final si no votabas al Partido Ladrón, podías votar al Partido Sinvergüenza, al Partido Pirata o al Partido Rufián. Y si no votabas, pues también ganaban. El sistema no funcionaba y ellos no iban a cambiarlo. Solo les preocupaba hacer su guerra particular contra sus contrarios. Su padre solía decir que el problema de las dos Españas, es que no eran solo dos Españas. Eran muchas más. Un todos contra todos en el que cada cual libraba su propia guerra. Seguían siendo reinos de taifas. En tantos siglos de historia no habían aprendido. Y seguían igual, repitiendo una y otra vez los mismos errores. Daba igual. Los políticos tenían sus escoltas y a ellos casi nunca les tocaba sufrir. Y los ciudadanos daban igual, lo único que importaba era conservar el poder.
Rosi apagó la televisión. Estaba muy indignada. Ya estaba calentita aquel día tras sufrir como en el banco le seguían cobrando comisiones de más a ver si no se daba cuenta. A ver si se cansaba de protestar y podían seguir ganando dinero a su costa. Y ahora aquel lamentable espectáculo del Congreso. Así era normal que Mafalda se echara a reír cuando leyó que una democracia era aquella forma de gobierno en la que el pueblo ejercía la soberanía. Mentira. La soberanía la ejercía un pequeño grupo que tenía la caradura de decir que les representaba. Mentira. Ninguno de aquellos podía representarla ahora. Encendió el ordenador, llena de rabia, deseando desahogarse con unas pocas líneas.
Queridos señores del Partido Rojo,
Gracias. Gracias por dejarme tan claro qué clase de gente son. Gracias por demostrar que están del lado de los criminales, violadores y asesinos. Gracias por luchar a su favor, por luchar para conseguir que pasen cada vez menos tiempo en prisión, por permitirles volver a actuar una y otra vez. Gracias por recordarme que no les vote nunca en lo que me queda de vida. Solo voy a pedirles una cosa, y es que les expliquen a las víctimas porqué creen que los crímenes no merecen ser castigados. Y no me vengan con eufemismos, diciendo que si son medidas populistas. Son medidas necesarias, para que los criminales teman la justicia, en lugar de reírse de ella una y otra y otra vez. Pero harán lo de siempre. Eludirán dar explicaciones. Saldrán por la tangente diciendo que porque no nos indignamos igual por lo de Siria, los pobres inmigrantes que mueren en el Mediterráneo o los niños de África. Qué cínico. En lugar de solucionar los problemas del país, se limitan ustedes a decir que en otros sitios están peor. Genial. ¿Significa que si mis hijos un día pegan a una chica y la violan, podré consolarme de que al menos no la pegaron un tiro, como a veces ha pasado en países como EEUU? No podemos pretender solucionar el mundo si no solucionamos primero lo de casa. Y esto es algo que clama al cielo. Dijo Jesucristo que seríamos bienaventurados los que tenemos hambre y sed de justicia, porque seríamos saciados. Desde luego, no será gracias a gente como ustedes, que siguen ayudando a que los criminales se rían de nosotros. Muchas gracias.
Rosi respiró profundamente. ¿Qué iba a hacer? ¿A dónde la iba a mandar? Ella no era de esa gente con contactos ni a la que la gente seguía en las redes sociales. Solo era una madre, que quería que su mundo fuera un lugar más seguro para sus hijos. Pero el mundo parecía haberse vuelto loco e ir en dirección contraria. No debía dejar que la indignación y el odio hablaran por ella. Así que borró lo escrito y empezó a escribir algo completamente distinto.
No sé a quién dirigir esta carta. Me gustaría enviársela a los familiares de Mari Luz Cortés. A los de Marta del Castillo. A los del pequeño Gabriel. A los de Sandra Palo. A los de Diana Quer. Y a tantos otros que no conozco ni logro recordar. Me gustaría conoceros. No sabéis cuanto os puedo querer, y eso que no os conozco. La sociedad parece que os abandona. Sois noticia, pero el mundo no cambia por eso. Sois noticia, pero las leyes no se endurecen para perseguir a los criminales. Nuestros queridos políticos parece que vuelven a ponerse del lado de los asesinos, porque endurecer las penas es populismo. Iba a escribir una carta al señor Pedro Sánchez con toda la indignación de mi corazón, pero creo que no merece la pena. Si no les ha hecho caso a ustedes, que son los principales afectados, ¿me lo iba a hacer a mí, a una carta anónima como cualquier otra? Cada vez lo dudo más. Quisiera decir que comprendo por lo que están pasando, pero mentiría. Quiera Dios que nadie tenga que pasar por algo así. Dudo que haya mayor dolor que perder a un hijo de una forma tan violenta. Mi firma hace ya meses que cuenta entre esas tres millones que se mandaron para mantener la Prisión Permanente Revisable, pero no parece surtir efecto. No nos rindamos, sé que no es mucho lo que podemos hacer, pero siempre ese poco, será mejor que no hacer nada. No nos podrán mantener callados. Merecemos un mundo mejor, no solo para nosotros, sino para nuestros hijos. Hay quien dice que si esto es venganza. No. Es justicia. Quien la hace, la tiene que pagar. Y no me valen las excusas tontas como algunas que he oído en plan “los niños de Siria y África también mueren y no nos manifestamos a su favor”. ¿Qué es más fácil? ¿Cambiar tu propio país o cambiar otro distinto? Empecemos por lo que está a nuestro alcance, por el de casa. Quizás, paso a paso, sí que logremos cambiar el mundo. Como decía aquella canción de Amaral, somos demasiados y no nos podrán callar.
Solo quiero añadir a esta carta todo mi apoyo y cariño. Sé que no es mucho. Sé que solo soy una carta más a las muchas que ya habrán recibido. Quizás, escriba esto solo por soltar la frustración que siento en estos momentos. No os desanimáis. No os rindáis. El camino será duro, pero si nos unimos todos, podremos lograrlo.
No sabía que más poner. Ni siquiera a donde mandarlo. Sólo tenía clara una cosa. El mundo tenía que cambiar, y no lo iba a conseguir quejándose desde su sofá. El mundo necesitaba héroes que enfrentaran el peligro. Y ella iba a ser una.
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