A pesar de haber sido descubierta por sus hijos y de haber tratado de eludir sus preguntas sin comprometerse en modo alguno, Rosi tenía claro que quería repetir la experiencia. Aprovechó sus dos semanas de vacaciones para apuntarse a un curso intensivo de defensa personal. Para su sorpresa, al buscar en Internet vio de todo, no solo cursos para principiantes, sino páginas especializadas en defensa personal para mujeres. La era digital la volvía a sorprender. Finalmente, fue a lo práctico. Buscó el más cercano a su casa. Tenía solo esos quince días para aprender todo lo que pudiera. Después, ya de vuelta a la rutina laboral, sería completamente imposible. Finalmente, consiguió cuadrar un planing en donde entró todo. Por la mañana, una vez dejados los niños en el cole, tendría dos horas de clase. Luego, hacer la casa, poner lavadoras y planchar. Al comer sola, descuidaba la comida y se hacía cosas que no la consumieran demasiado tiempo. A veces, incluso tenía suerte y quedaban sobras suficientes de la cena del día anterior. Allí no se desaprovechaba nada. Era algo que había vivido siempre de pequeña. Ahora, la sociedad de consumo vendía otro modelo de vida, pero mientras a ella no le regalaran el dinero, no pensaba derrochar un solo céntimo. Por la tarde, recogía a los niños del cole y les ayudaba con los deberes, aunque procuraba que los fueran haciendo solos. Los deberes tenían que hacerlos ellos. No entendía la nueva huelga de padres frente a los deberes de clase. De siempre habían existido los deberes, pero eran algo que uno tenía que hacer por sí mismo en casa. Solo se debía recurrir a los padres en caso de emergencia. Y si algo no había quedado lo suficientemente claro en clase, se debía preguntar al profesor y que te resolviera las dudas pertinentes. Así tenía que ser.
Mientras ellos hacían sus deberes, avanzaba con la cena. Casi siempre les sobraba algo de tiempo para que pudieran ver un rato la tele, pero intentaba que no fuera demasiado. Quería inculcarles que su ocio y entretenimiento no dependiera tan solo de la llamada caja tonta, sino que también jugaran juntos, leyeran cuentos o cosas así. Finalmente, tocaba la hora del baño y acostarlos. Era entonces, una vez dormidos los más pequeños de la casa, cuando entraba en acción su tercer oficio. El primero era aquel por el que le pagaban, trabajando de analista de datos en una importante farmacéutica conocida internacionalmente. El segundo era el de madre y ama de casa, que también consumía mucho tiempo. Como si no tuviera bastante, empezaba ahora un tercero como justiciera callejera. Para no acabar rendida y no dejar solos a sus hijos mucho tiempo, se controlaba mucho el tiempo. Nunca estaba fuera más de una hora. Poco a poco, iba perfeccionándose. No todas las noches encontraba ladrones a los que perseguir, así que pronto incorporó nuevas funciones en su ronda nocturna. En una mochila se preparaba bocatas envueltos en papel albal y los dejaba sigilosamente a mendigos que veía durmiendo. No quería que la sorprendieran. Los días que sí encontraba a algún que otro delincuente aplicaba siempre la misma rutina. Primero, le invitaba a dejar el botín y abandonar el lugar, cosa que nunca hacían. Total, era una débil mujer, ¿no? ¿Qué iban a temer? ¿Qué les iba a hacer? Con esas pintas, ninguno la tomaba en serio. En segundo lugar, les dejaba acercarse, que fueran ellos los que hicieran el primer movimiento. En cuanto estaban confiados, aplicaba alguno de los movimientos que había aprendido en clase y acababan siempre por los suelos. Poco a poco se fue profesionalizando. A pesar de sus precauciones, el rumor de que había un vigilante nocturno por el barrio se fue extendiendo. Alguien que hacía que las carteras robadas reaparecieran en casa de sus dueños a los pocos días. Alguien que iba alimentando a los indigentes. Alguien que empezaba a asustar a los carteristas. Pronto hasta empezó a hacer entradas cada vez más espectaculares, como si fuera un personaje de cine.
- Soy el terror que aletea en la noche - decía, tratando de recordar una de las series de la infancia - soy la goma de mascar que se pega en tu zapato ...
Solo dos semanas de trabajo, y ya se había habituado a la rutina de la ronda nocturna. Cada vez era menos la labor de espantar maleantes de poca monta y más la de ayudar a la gente de la calle. Poco a poco, empezaba a perder ese temor de mostrarse. La gente preguntaba qué sería aquella extraña figura que rondaba por el barrio. ¿Un ángel? ¿Un fantasma? ¿Una aparición? ¿Alucinaciones de borrachos? ¿O realmente existirían los superhéroes? España no había sido buen país para los héroes. El Cid fue desterrado por su rey. El Quijote fue tachado de loco. Los héroes del 2 de mayo, Daoiz y Velarde, habían sido repudiados por el ejército, al ignorar las órdenes oficiales de facilitar la labor al ejército francés. Nadie quería problemas. No en España. Era mejor no hacer nada y conservar el puesto a enfrentar el peligro del destierro o la muerte.
La idea del héroe sonaba a concepto muy romántico. Un valiente, que enfrentaba los problemas sin miedo para salvar a su país, a su dama, o, simplemente, para hacer lo correcto cuando nadie más lo hacía. Cientos de libros, películas y series se habían escrito acerca de este tipo de personajes, ya fueran reales o ficticios. La humanidad entera parecía admirar a este tipo de figuras... ¡pero eran tan pocos los que trataban tan solo de imitarlas y seguir ese ejemplo de valores! Era fácil admirarlos desde lejos, pero no tanto tratar de seguir sus pasos, aunque fuera a un nivel mucho más básico. No todos estaban llamados a la grandeza, decían algunos. Tonterías. Lo único que hacía falta era decisión. Querer hacer algo. Planteárselo tan solo ya era un reto. Pero siempre volvían las mismas excusas. Era mucho más fácil no hacer nada nunca, decir que la culpa era de otro y seguir con la rutina diaria. Lo difícil era pringarse por tratar de cambiar las cosas. No quedaban héroes.
Rosi trataba de no pensar mucho en ello, aunque de vez en cuando volvían las mismas ideas a la cabeza. Solía decir que ese tipo de ideas eran como los pájaros, no podías evitar que revolotearan a tu alrededor, pero podías impedir que anidaran en tu cabeza. Ese era siempre su objetivo. Intentar hacer lo correcto y no pensar en lo que hicieran los demás. ¿De qué serviría? Sería como esos políticos, que cuando les acusabas de haber robado 3 millones de los impuestos, se limitaba a decir que el del partido contrario había robado 5 la legislatura anterior. Nunca se veía a ninguno cumplir ningún tipo de condena. Bastaba con esperar a que saltara el siguiente escándalo para que la gente se olvidara y pasara a otra cosa. Y si alguien lo recordaba, se limitaban a hacer como los niños pequeños en la escuela. Jugaban al “y tú más”.
Ese no era su estilo. Y no quería volverse así. Le parecía una forma de ser demasiado cínica. Que los demás no hicieran nada, no le valía ya de excusa para permanecer de brazos cruzados. Eso se había acabado. Le empezaba a gustar ser el ángel desconocido del barrio, la guardiana enmascarada, la sombra que se cernía sobre los prófugos de la justicia. Bueno, quizás eso último sonaba demasiado exagerado. Solo era una madre normal que ya había cansado de mirar hacia otro lado ante los problemas de la vida. Sí, quizás cambiar el mundo era algo absurdamente fuera de su alcance. Pero sí podía mejorar ligeramente la vida de la gente de su barrio. No era tan difícil, al final. Ni siquiera dedicaba una hora completa. Sí que se dejaba un dinero extra entre las visitas a correos y los bocatas que hacía, pero no era tanto. Incluso, para evitar llamar la atención, muchas veces dejaba las carteras recuperadas en la dirección por su propia cuenta, cuando era lo suficientemente cerca. Sí, ya iba convirtiéndose en una superheroína casi profesional. Solo necesitaba un nombre. Un buen nombre que asustara a los maleantes y que diera esperanzas al barrio. Lástima que todos los buenos estuvieran cogidos ya. Eso sí, tenía claro que no sería uno de tantos nombres ingleses acabados en girl o woman. Eso era muy poco original. Ya buscaría algo más castizo, como Malasaña o Jimena. Ya pensaría en ello con más calma.
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