Para ser la primera vez, había sido suficiente. No iba a enfrentarse a todos los ladronzuelos de la ciudad en una sola noche, sería una labor totalmente sobrehumana, por no decir titánica. Había que ir poco a poco, no tentar a la suerte. La primera incursión había terminado saliendo bien, aunque lo había pasado mal. Aun podía sentir el resto de sudor de aquel hombre tras manosear sus pechos, la incomodidad que sintió al ver cómo su mano trataba de deslizarse bajo sus pantalones, las palabras lascivas susurradas al oído, su aliento... había sido una experiencia realmente espeluznante. Había salido victoriosa, sí, pero lo había pasado realmente mal. Si quería añadir la labor de justiciera a su rutina diaria, tenía que prepararse mejor. ¿Y qué hacer con la cartera recuperada? No podía devolvérsela a su propietario en mano, sería muy raro y seguro que habría un montón de preguntas incomodas. ¿Entregarla en comisaría? Tampoco. No quería tener que dar explicaciones. Podrían creerse lo de que la encontró, pero era raro encontrar una cartera con el dinero intacto. Solo veía una opción viable. La metería en una caja y la enviaría por correo a su dueño. En el DNI venía la dirección, así que era fácil. Y si no ponía remitente, jamás nadie la relacionaría con el robo. Y por muy caro que saliera, podría pagarlo con parte del dinero recuperado. Al fin y al cabo, era lo más justo. Mañana mismo lo pondría en acción. Ya solo quedaba pensar en cómo llevar esa doble vida de superheroína a partir de ahora. Pensándolo fríamente, la idea inicial de las clases de judo y defensa personal no sonaban mal. Y si alguien se extrañaba, podría achacarlo a su situación: una mujer sola, con dos hijos, sin un hombre en casa, podría parecer una presa demasiado fácil. De cara al mundo, solo se estaría preparando para lo peor.
Tomó las mismas precauciones para volver a casa que había tomado para salir. Observaba atentamente cuando había menos gente. Su portal estaba prácticamente desierto. Solo una pareja de adolescentes morreándose en una esquina, demasiado ocupados como para reparar en ella. Se arriesgó, incluso con esa vestimenta. Pasó el medallón, como decía ella, por el lector instalado junto a los botones del portero automático. Hacía ya varios meses que habían sustituido la llave de entrada al portal por un lector digital, como en las grandes empresas o como la tarjeta magnética que sustituyó al cupón mensual del abono transportes. Solo que en vez de llevar una tarjeta extra en su monedero, era mucho más pequeño, de modo que cabía perfectamente enganchado en el llavero. Por suerte, en el llavero que tenía su madre de copia, tenía uno también. Si no, hubiera tenido que hablar con el presidente de la comunidad para pedir uno nuevo. Aunque tal vez si debería avisar de que le habían robado el suyo. Quizás habría que recodificar el lector para evitar que el ladrón pudiera utilizarlo. Ya pensaría en ello mañana. Ahora, lo único que importaba era volver a casa sin ser vista, al menos, no con esa facha. Llegó por fin a su puerta y giró la llave, cerrando lo más suavemente que pudo. Suspiró. Lo había logrado. Nadie la había visto. O eso creía.
- ¿Mamá?
Se giró sobresaltada al oír la voz de Sergio. Estaba de pie, con un vaso de agua en la mano y con cara de estar medio dormido. Seguramente creería estar soñando.
- Vete a dormir, tesoro. Es tarde.
- ¿Por qué estás así vestida?
- Es complicado de explicar y es tarde ya. Duerme.
- Pareces un superhéroe, como lo de mis cómics. ¿Eres una superheroa tú también?
- Me encantaría, mi vida, pero soy normal. No tengo ninguna clase de poder. Solo soy una mamá como otra cualquiera que trata de que sus hijos puedan crecer sin miedo del mundo que los rodea.
- ¿Por qué estás así vestida entonces?
- Pensé que si me vestía como uno de esos superhéroes que tanto te gustan, podría perseguir a los malos que se escapan de la policía y castigarles, como os castigo a vosotros cada vez que os portáis mal. Pensé que con un traje así, no tendría miedo, que me haría fuerte, como si realmente me diera algún poder especial. Pero no es así. He pasado mucho miedo. Encontré a un ladrón y me asusté muchísimo. Creí que no volvería.
- Pero has vuelto. ¡Y seguro que has atizado a ese ladrón tan malo! ¿A que sí?
- Jajajaja. Sí, un poco. Se lo merecía. A veces, un par de tortas dadas a tiempo, lo solucionan todo.
- Además, tú no necesitas poderes, mamá. Nos cuidas, nos lees cuentos, juegas con nosotros. ¡Eso es mucho más mejor que tener poderes!
- Gracias, mi vida - dijo dándole un beso en la frente - Pero, a veces, cuando ves que todo en el mundo funciona mal, tienes que hacer algo, poner las cosas en su sitio, ¿entiendes? Es complicado.
- No sé. Arreglar el mundo suena difícil.
- Y es difícil. Algo que no puede hacer una persona sola. Por eso hemos de ayudarnos los unos a los otros.
- Entonces... si tú eres una superheroa... ¿nosotros podríamos ser como tu súper equipo?
- ¡Por supuesto! ¡Ya sois mi súper equipo! ¿Qué haría yo sin vosotros, pareja?
- ¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Por qué vas así?
Con tanto hablar sin vigilar el volumen de la conversación, habían conseguido que Marcos también se despertara. Aquello iba cada vez mejor. Quizás fuera mejor así. Que se enteraran por ella.
- ¡Mamá se ha convertido en una superheroa, Marcos! ¿Verdad que es genial?
Sergio estaba entusiasmado con la nueva carrera escogida por su madre, tanto que no le dio ni un segundo para responder a Marcos. Suspiró. Aquello no iba a ser tan sencillo. Como si alguna vez lo fuera.
- A ver chicos, un poco de calma. Ayer fue un mal día, ya lo sabéis. Y cuando os acosté esta noche y vi que aun os asustaba lo que hubiera podido pasar con el hombre que me robó el bolso... pensé que debía salir a asustar a unos cuantos ladrones, para que se lo pensaran la próxima vez. Pero... me asusté. Es peligroso. El mundo siempre tiene sus peligros. Quería asustar a los bandidos, pero fui yo la que me asusté. Casi me muero del puro miedo. Pensé que quizás estaría armado. Que a lo mejor me sacaba una navaja. Que podría morir. Y entonces, ¿quién cuidaría de vosotros?
No hubo mucho más que decir. Rosi no quería muchas más explicaciones. Ya bastante mal lo había pasado. No quería meter a sus hijos en todo esto y a la primera de cambio ya se había visto descubierta. Mala suerte. O quizás un toque de atención para que se lo pensara 3 veces antes de volver a actuar. Si hoy había triunfado en su salida nocturna, ¿por qué no podría volver a intentarlo? Lo más difícil estaba ya hecho.
- Bueno, chicos, creo que es hora de que todos nos vayamos a dormir. Es muy tarde.
- Entonces, ¿seguirás siendo una superheroa?
- No lo sé, chicos. No lo sé. Lo único que sé seguro, es que quiero seguir siendo vuestra madre, estar a vuestro lado, teneros siempre cerca, cuidaros, defenderos... Como he intentado hacer siempre. Quizás no necesite salir a la calle para dejar un mundo mejor en el que podáis crecer seguros, pero si es necesario, lo haré. Siempre, siempre, siempre, cuidaré de vosotros con tooooodaaaas mis fuerzas.
Aunque se veía cada vez más convencida de iniciar su carrera superheroica, aún tenía sus dudas. Supo que siempre las iba a tener. Que siempre habría esa lucha en su interior. Pero necesitaba hacer algo. Cambiar el mundo no era una labor sencilla, pero había que empezar, aunque fuera con poco. Y esa le parecía una forma muy hermosa de luchar por la justicia. Lograría que esos pequeños delincuentes que eludían el castigo que merecían, pagaran por fin por sus crímenes.
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