Antes de salir de casa, miró a través de la mirilla de la puerta que no hubiera nadie por la escalera. El frío propio de la estación no invitaba a estar demasiado rato fuera de casa, pero más valía asegurarse. Seguramente por eso casi siempre se veían en las películas que casi todos los superhéroes tenían su guarida secreta. Así no tendrían vecinos que eludir ni nadie que les pudiera descubrir. A no ser que tuvieras la velocidad de Superman y pudieras cambiarte en una cabina telefónica en menos de un segundo. Hoy en día, lo tendría más difícil. Con la llegada de los teléfonos móviles, los teléfonos públicos habían desaparecido prácticamente por completo. De todas formas, resultaba poco práctico eso de cambiarse en un lugar público. Sin súper velocidad ni nada parecido, era arriesgarse a que cualquiera pudiera sorprenderla y verla en bragas. Que vergüenza. ¿Llegaría su camino en la carrera de superheroína a llegar a tener su propia base secreta para poder evitar ese tipo de situaciones? No lo creía. Bastante si superaba ese primer día. La verdad, aún temblaba de miedo. Su cerebro parecía el congreso de los diputados, estaba totalmente dividido, dando opiniones contradictorias sobre lo que realmente debía hacer. Y todas esas opiniones parecían igual de bien fundamentadas. Hacer lo correcto era algo que daba miedo. Seguramente por eso la mayoría de la gente prefería mirar hacia otro lado, limitándose a quejarse de lo mal que iba el mundo, pero sin llegar a mover un solo dedo por tratar de cambiar las cosas. Como mucho, daban sus datos bancarios a alguno de los chicos que te asaltaban por la calle pidiendo que apoyaras a una ONG. Da 30€ al mes para ayudarnos a cambiar el mundo. Con solo un euro diario puedes contribuir a mejorar la vida de miles de personas. Ese era su discurso. Y así acallaban la voz de su conciencia, si es que seguían logrando oírla. La suya se había puesto en plan acusador. No la dejaba en paz. Le recriminaba que no podía echarle la culpa a la policía de no hacer nada, ni al gobierno por sus leyes, ni a los jueces, por no lograr que los criminales cumplieran sus condenas. No. Ella nunca había hecho nada por cambiar las cosas. Había formado parte de aquella sociedad corrupta en la que todo el mundo iba siempre a la suya. Ya era hora de empezar a cambiar las cosas. Por eso, quizás había ganado alguien como Donald Trump la carrera presidencial en los Estados Unidos, primera potencia mundial. La gente empezaba a cansarse ya de la gente que era políticamente correcta, que no era firme. Quizás, el mundo necesitara alguien como él, que tuviera mano dura, que no le asustara decir la verdad, aunque ofendiera. Era momento de actuar.
Finalmente consiguió reunir el valor necesario para atravesar la puerta. La luz de la escalera estaba apagada. Buena señal. No habría nadie que pudiera verla con esas pintas. Tenía que andar con mil ojos. Mientras nadie supiera quien era, todo iría bien. Pero si la descubrían... ¡No! Se quitó nuevamente esa idea de la cabeza. No lo permitiría. Aquello era por sus hijos. Por demostrarles que un mundo mejor era posible. Pero, a veces, para conseguirlo, tenías que ponerte manos a la obra. No podías esperar a que nadie lo hiciera por ti. Tocaba pringarte tú mismo. Meterte en el fango y luchar con todas tus fuerzas. Eso era lo que tocaba ahora. Quizás no era la mejor idea del mundo eso de intentar tomarse la justicia por su mano, pero no se le ocurría nada mejor. Si los criminales no temían a las leyes ni a la justicia, iban a temerla a ella. Habían cabreado a la madre equivocada. Se iban a arrepentir del día en que se cruzaron en su camino.
Ya en la calle, caminaba entre las sombras, con sumo cuidado, escondiéndose tras los contenedores, farolas o cualquier cosa que viera. Algún que otro viandante la vio de lejos, cambiando inmediatamente de rumbo o, como mínimo, de acera. Solo alguno de los que dormían al raso en la calle la miraba sin inmutarse. ¿Qué pensarían de ella? ¿Quizás una alucinación? ¿Un efecto secundario del alcohol? ¿Una loca escapada de alguna institución psiquiátrica? ¿Una de esas frikis que visitaban los Expocomics haciendo cosplay vestidas de sus personajes favoritos? Que más daba. Ya estaba hecho. ¿Qué lo podía importar a ella lo que pensara un puñado de desconocidos a los que no iba a volver a ver jamás? Eligió finalmente un buen lugar para parapetarse al abrigo tanto del frío nocturno como de las miradas indiscretas y se limitó a observar, a la espera de una ocasión. La escasa luz de la calle, debido a los recortes presupuestarios. Las farolas parecían estar de adorno. Solo encendían las de las calles principales. Pero las calles pequeñas y estrechas apenas contaban con puntos de luz. Le costó bastante adaptar su vista a la oscuridad reinante. Lo primero que vio que le llamó la atención fue un pequeño punto rojo en una esquina. ¿Qué era aquello? Lo observó con más atención. Distinguió un cigarrillo encendido. Un hombre parado en una esquina, con un abrigo oscuro, tapado casi completamente, con las manos en los bolsillos. Parecía estar esperando algo. ¿Pero qué? Se le veía tranquilo, pero había algo en sus ojos que era inquietante. Parecían verlo todo, observar cada detalle, como si sus ojos estuvieran buscando alguna cosa. ¿La habría visto? ¿Correría peligro? No parecía mirar hacia ella. Intentó mirar en la misma dirección. Otro hombre estaba entrando en la calle, igualmente abrigado. Normal, con el frío que hacía. Hablaba distraídamente por el móvil. Quizás para decir que llegaba tarde a casa. Que se le había echado el tiempo encima. El primero tiró el cigarrillo y empezó a caminar hacia el hombre que acababa de aparecer. Miraba hacia el suelo, haciéndose también el distraído. Pero Rosi se dio cuenta de que era tan solo una estratagema. Caminaba en línea recta hacia el recién llegado hasta que chocó con él.
- Disculpe, no le había visto.
- No se preocupe. Estas cosas no me pasarían si no estuviera distraído con el móvil.
Cada uno siguió su camino. Rosi aprovechó la distracción del choque para acercarse más a la escena. Estaba casi segura de lo que había pasado. No podía perder de vista al primer hombre. Estaba convencida de que era su primer objetivo. Un vulgar carterista que acechaba por las noches en busca de gente descuidada a la que desvalijar. Era un objetivo perfecto. No podía pretender empezar con los grandes mafiosos. En todo oficio había que empezar siempre desde abajo, aprendiendo poco a poco, adquiriendo experiencia. Le siguió sigilosamente hasta que vio como doblaba la esquina. Cuando se asomó, vio que había acelerado la marcha, corriendo como un gamo, alejándose del lugar de los hechos. Por suerte, corrió en línea recta, sin meterse por ninguna de las callejuelas aledañas. Le hubiera perdido de vista si no. No podría correr tanto como él, no estaba en tan buen estado de forma. Cuando por fin llegó hasta donde estaba el hombre, vio como tiraba una cartera a una papelera. Seguramente ya había sacado todo el efectivo y cualquier otra cosa de valor. No tardaría mucho en irse. Tenía que detenerle. Hacerse notar. Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Temblaba de arriba a abajo. Estaba aterrada. ¿Cómo iba poder hacer frente a alguien que parecía más fuerte que ella? En eso no había caído. Muchas son las cosas que había pensado en casa, pero ahora que estaba tan cerca de poder hacer su debut, no podía El tipo daba miedo. ¿Y si estaba armado? ¿Y si le sacaba una navaja? Una pistola parecía menos probable, el ruido podía despertar a algún vecino y alertar a la policía. Pero un navajazo era silencioso. Quizás no la matara. No era lo mismo que te acusaran de ser un chorizo y afanar alguna que otra cartera, que de homicidio. Aunque claro, sin testigos cerca, quizás no le asustara. No iba a haber un CSI que desmontara toda la escena del crimen y fuera a perseguirle. ¿Y quién cuidaría de sus hijos en ese caso? Morir asustaba mucho. Era mucho lo que podía perder. ¿No sería mejor dejarlo correr? El terror la paralizaba. No quería morir. No quería dejar a sus hijos huérfanos. El peligro era real. Palpable. Cercano. ¿Entonces qué? ¿Dejar que aquella gente siguiera saliéndose con la suya? ¿Seguir viviendo esclava del miedo? Decisiones. Que difíciles eran de tomar. En casa, a salvo, ya había sido muy costosa. Pero allí fuera, sola, a apenas unos metros de aquel carterista, era todavía peor. No se sentía con fuerzas. No podía mantenerse firme para llevar a cabo la tarea para la que había salido así vestida. No se sentía preparada. Quizás con entrenamiento, tal vez. Unas clases de artes marciales... algo de judo. Sí, eso era. En unos pocos meses estaría preparada. ¿O solo era una de tantas excusas para pasar página y seguir dando la espalda a los problemas que la rodeaban? Vio que el ladrón se alejaba. Era su última oportunidad. El momento de la verdad. Decidirse a actuar o dejarle escapar impunemente. Casi sin darse cuenta, se levantó, dio dos pasos hacia él, y trató de hacerse oír con el tono más amenazante que pudo conseguir.
- A... Alto ahí, ba... bandido.
Su voz sonaba demasiado asustada. Ya era demasiado tarde para dar media vuelta. Ya no parecía muy buena idea lo de tomarse la justicia por su mano. Ella no era Bruce Lee ni nadie parecido. Era solo una madre trabajadora con un atuendo ridículo. No suponía ninguna amenaza real contra alguien que seguramente se había preparado lo suficiente como para enfrentarse a agentes de policía bien entrenados. El tipo puso una sonrisa socarrona. No parecía asustado.
- Vaya, vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? No sabía que ahora Wonder Woman patrullara por la ciudad... Toda una sorpresa, la verdad. Permítame decir que es todo un honor conocerla en persona, señora. He oído hablar mucho de usted, pero nunca hasta ahora había tenido el placer de que nuestros caminos se cruzaran.
- Ba... basta de cachon... cachondeo
- ¿Cachondeo? ¡Ja! Cachondo es como me pones tú a mí, así vestida. Creo que nos vamos a divertir mucho tú y yo esta noche, mi amor.
Se había acercado demasiado. Rosi apenas podía moverse. Le tenía tan cerca que podía sentir su respiración. Obviamente, no tenía intención alguna de matarla, como había imaginado, pero la idea de una violación no dejaba de ser igual de desagradable. Rápidamente la rodeo. Empezó a acariciarla. A lamer su cuello. A manosear su cuerpo. Sus manos empezaron a presionar con más fuerza los pechos de Rosi. Ella no sabía qué hacer, pero estaba claro lo que ocurriría si no se defendía. Tenía que actuar pronto. ¿Pero cómo?
- Ummm... como me pones, muñeca. Buenas tetas, desde luego. Seguro que saben rico, rico. Me pregunto si tendrás tu coño depilado. Aunque tengo muchas fantasías de lamer uno bien peludito. Quizás esta noche, por fin se cumpla. Y todo gracias a ti, preciosidad. Relájate, tú también vas a poder comérmelo todo. Y te tragarás hasta la última gota de mi corrida.
Se acabó. Su mente buscó una manera de hacerle frente y la encontró. Recordó una película de Sandra Bullock donde enseñaban técnicas de defensa personal. Bastaba con pensar en la palabra PONI . Rápidamente la puso en práctica, cerrando los ojos y juntando todas sus fuerzas, dio un codazo hacia atrás, intentando golpear con fuerza el estómago de su agresor.
- ¡NADIE -dijo al golpear su estómago - ME - mientras le pisó fuerte en el pie - METE - puñetazo en la nariz - MANO! - dijo cerrando la retahíla de golpes que le había propinado con una fuerte patada en la entrepierna. - ¡Así aprenderás! Con que Wonder Woman... ¿Qué diría tu madre si te viera actuando así? ¿No te da vergüenza? Abusar de una indefensa mujer y robar carteras al amparo de la noche... ¡Vamos, hombre!
Y cogiendo el dinero del suelo, y recuperando la cartera de la papelera, desapareció, dejando atrás al delincuente que ahora se retorcía en el suelo de dolor. Se había sorprendido a sí misma. Lo había conseguido. Había sobrevivido. No solo eso, si no que se había demostrado que podría hacer cualquier cosa que se propusiera. Incluso salir a defender una buena causa o perseguir criminales. Ya lejos de allí, se paró a pensar en lo que acababa de pasar. En lo que había hecho. En cómo había reaccionado. Lo había logrado. Había pasado la prueba. De repente pensó que ya nunca jamás tendría miedo de nada. Era libre. Ya no era su prisionera ni su esclava. Cuando el miedo quisiera volver a su vida, recordaría aquella noche y diría: Sí. Reconozco que tuve miedo. Terror. Pánico incluso. Pero, a pesar de todo, lo hice. Lo hice. Y le vencí. No solo a aquel delincuente. Si no al propio miedo. Ya te derroté una vez, miedo. Puedo hacerlo de nuevo cuando quiera. Cuando quiera.
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