Si alguien pudiera ver a Rosi por un agujero en estos instantes, la situación parecería bastante cómica. Rebuscó entre los armarios ropa ya descatalogada y sin pareja que no había tenido tiempo de tirar. Una máscara de carnaval. Unas rodilleras de cuando jugaba a hockey de soltera. Unas feas botas de agua. Un jersey viejo pero lo suficientemente grueso como para resistir el gélido aire de las noches de invierno. Un pantalón de un chubasquero. Juntó estas y otras muchas piezas de ropa difíciles de enumerar. Tiró de aguja e hilo para unir alguna de ellas y hacer su propio kit de superhéroe. Bueno, superheroína en su caso. No conocía muchas superheroínas, la verdad. Ni siquiera por los cómics de Marcos. ¿Sería otra de las profesiones en las que el machismo había imperado? Solo recordaba a Catwoman, interpretada por una súper sexy Michelle Pfeiffer en una de las muchas películas de Batman que repetían por televisión una y otra vez. Esa era la imagen mental que tenía en la cabeza de una superheroína. Una mujer sexy, con traje ajustado, luciendo su cuerpo 10 y pateando traseros por la calle. No era su idea, desde luego. Menos lo de patear culos. Eso sonaba bien. Pero lo de ir despampanante, como que no. Seguramente esos personajes habrían sido creados por un hombre. Un traje sexy, pero poco práctico. Bueno, si era crítica, el que acababa de confeccionar, tampoco lucía muy digno. Parecía más un traje propio de carnavales que un traje de superhéroe. Pero no estaba mal, para una aficionada. ¿Qué le faltaba? ¿Quizás una capa? No. Recordó las sabias palabras de Edna Moda en la película de Los Increíbles que habían visto una y una vez. Sin capa.
Se probó el conjunto y se miró frente al espejo del armario de su habitación. La verdad, estaba bastante ridícula. Al menos, no se reconocía. Eso era un punto a su favor. La identidad era algo que debía proteger. Por lo demás, no estaba tan mal. Seguramente desarmaría a los maleantes de un ataque de risa. No parecía tan buena idea, ahora que se veía así vestida. ¿Por qué no podía hacer eso cualquier otro? Seguramente habría más de un friki amante de los cómics que le encantaría embutirse en el traje de Superman y formar la versión española de la Liga de la Justicia. Lo descartó inmediatamente. Si alguien hacía algo parecido, sería para hacer el idiota, flipar un rato o ridiculizar la idea. Los españoles somos expertos en ridiculizar todo. Ese era nuestro don. Pero si realmente quería cambiar el mundo, tenía que empezar ella misma. Recordó un cartel publicitario que últimamente veía mucho por el metro. Lucía un slogan realmente genial: Uno. Número de personas necesarias para cambiar el mundo. Ni siquiera recordaba qué anunciaba, aunque estaba casi segura que era de alguna ONG internacional. Por una vez, la publicidad tenía razón. No se necesitaba más que una única persona decidida para empezar a cambiar el mundo. Pero eso era lo que realmente costaba encontrar: decisión. Lo único que se encontraban eran excusas. Que lo hagan otros. Eso es cosa del gobierno. Cada cual que se busque la vida. Ya bastante tengo con lo mío. Y mil pretextos más que se podrían mencionar hasta llegar al infinito sin llegar a acabar jamás. Si había algo que jamás parecía agotarse, era el ingenio humano para buscar excusas.
A ella no le faltaban excusas. El primero era el tiempo. ¿De dónde iba a sacarlo? Ya bastante agotada acababa del día a día entre el trabajo, cuidar a los niños, ayudarles con los deberes, hacer la casa, la compra, la comida, limpiar, barrer, poner lavadoras, tenderlas, planchar... y otro millón de cosas que solían ocupar cada minuto de su día. ¿Eso podría contar como súperpoder? Pero tenía dos semanas algo más libres. Podría empezar como si estuviera de prácticas.
- Si he sobrevivido a las rebajas - pensó entre risas - puedo perfectamente con algo así.
Otra posible excusa era la típica que se veía en las películas. Siempre que querían pararle los pies al superhéroe, secuestraban a su novia y listo. Esa una de las razones por las que trataban de tener su identidad a salvo, aunque siempre parecía que dicha novia era siempre quien más peligro corría siempre. ¿Podría ocurrirle algo así? Empezó a dar rienda suelta a su imaginación. Se vio ya como una superheroína de verdad, con un traje más elaborado y armas geniales como una pistola de rayos o algo así. Y una banda de gánsteres que no se les había ocurrido nada mejor que secuestrar a su ex marido. ¿Qué haría en una situación semejante? Sería divertido. Con la de veces que le había puesto los cuernos el muy capullo, seguramente les ayudaría a los gánsteres a darle una buena lección. ¡Sería divertido ver la cara que ponían al verlo!
Pero, pensándolo más detenidamente, sí que había un riesgo real. Si bien que amenazaran a su ex era algo que le importaba más bien poco, no pasaba lo mismo con sus hijos. ¿Y si, al tratar de crear un mundo mejor para ellos, lo que hacía era ponerles en un peligro aún mayor? Eso sí que daba miedo. El futuro aterraba. El mundo estaba lleno de peligros, y la vida de una especie de justiciera no estaba exenta de ellos. Más bien, todo lo contrario. Habría maleantes que querrían venganza. Se ganaría enemigos. Sus vecinos la techarían de lunática. ¿Y si Servicios Sociales dictaminaba que había perdido completamente el juicio y le quitaban la custodia de sus hijos? ¿Tendrían que vivir con el cerdo de su padre? ¿Tendría que vivir sin poder verlos? ¿Sin poder abrazarlos? ¿Sin poder estar cerca de ellos? Eso era más preocupante. ¿Qué hacer? ¿Exponerse a un gran peligro con todos sus riesgos? ¿O quedarse en casa, en su seguridad, y sumarse a toda la sociedad que se había amoldado ya hacía tiempo a tener que convivir con aquella lacra? Si hubiera sido tan solo tener que convivir, quizás lo hubiera soportado. Pero la sociedad no parecía limitarse a convivir con aquella lacra. A su entender, parecía que el sistema la alimentaba y fomentaba. Sobre el papel, la teoría sonaba estupenda. Decían que siempre era mejor dejar a 99 culpables en libertad, que castigar a un único inocente por error. Lo malo del caso, es que los 99 culpables aprovechaban para campar a sus anchas e imponer su reinado del terror. Bueno, quizás eso era exagerado. Pero sí que a veces daba la sensación de que la famosa balanza con la que representaban siempre a la justicia, estaba bastante mal calibrada. Había grandes delitos, terribles crímenes que eran castigados con miles de años de prisión, cuando el acusado sabía perfectamente que tendría que tener muy mala suerte para verse en libertad a los 15 años como mucho. Sin embargo, había cosas menos graves con los que el sistema parecía ensañarse. No parecía un buen sistema para aquellos que habían intentado seguir las reglas. No pensaba en saltárselas, claro que no. ¿Qué autoridad moral tendría sobre sus hijos para que la obedecieran si ella misma desobedecía las leyes impuestas por el país? Ninguna. Pensaba más bien, en que ya era hora de hacer pagárselas a aquellos que se reían de la ley, buscándole todos los agujeros y burlándose de la gente honrada como ella. Eso se iba a acabar. Se les iba a caer el pelo.
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