Llegó la hora de irse a dormir. Las figuras se quedaron a medio hacer, pero no importaba. La idea era irlas haciendo poco a poco. No había prisa alguna. ¿Cómo redondear ese día de transición? A Rosi se le ocurrió lo que parecía ser una idea brillante.
- Bueno, es hora de irse a dormir. ¿Os apetece que os lea un cuento antes de irnos todos a la cama?
- ¡Siiiii!
- Bien. Veamos que tenemos por aquí - dijo levantándose del sillón y rebuscando entre la pila de libros que se acumulaba desordenadamente en la librería del salón. - Este es nuevo. Un libro con muchos cuentos y un título raro, pero tiene dibujos muy bonitos. “Como cabras”. Veamos qué tal es.
Había una vez, hace no tanto tiempo,
un pequeño reino que habitaba bajo el cielo.
Allí vivía la gente en paz, sin miedo.
Y que era hermoso; yo, no lo niego.
No tenía tesoros ni riquezas.
No se conocían victorias ni proezas.
Ni era rico en fauna y sus fieras.
Ni abundante en valles y dehesas.
Era conocido por su conocimiento.
En su corte habitaban sabios por cientos.
Bueno, eso sería exagerado, es cierto.
De la sabiduría humana estaba allí el cimiento.
Aquel reino tenía un rey, y el rey, una hija.
Para él, era su tesoro, más valioso que una sortija.
Aunque había quien decía que era tal vez algo canija,
pero llevaba alegría allá donde iba.
Rosi no pudo llegar a terminar el libro. Habían caído totalmente rendidos. Cargó suavemente con Marcos y le depositó cariñosamente en su camita.
- Mamá - dijo él entre susurros - no te olvides de dejar una luz encendida.
- Ya sabes que Dave se queda siempre vigilando. ¿Qué podría pasar mientras esté él contigo?
- ¿Y si viene el hombre malo de ayer? Si pudo contigo, podrá también con Dave.
- Pero ahora estamos en casa. Nada malo nos puede pasar aquí. Estamos a salvo.
- Mamá... ¿tuviste miedo?
- ¡Claro que sí! Las mamás también nos asustamos, como todo el mundo. Pero no me hizo daño, todos estamos bien y solo ha sido un susto. No volveremos a verle. Duerme tranquilo.
Le besó tiernamente en la frente, mientras pensaba que, si había algo que realmente podía asustarla de veras, era la idea de que su familia viviera con miedo. Había peligro en todas partes, pero no era sano tener miedo de todo. Las cosas pasaban y punto. Podías protegerte hasta cierto punto, tratar de estar siempre preparado, pero no podías evitar que ocurriera. Cuando la vida arreaba duro, se podía llevar todo por delante. Y al menos, ella podría dar gracias a Dios de no estar en una situación realmente extrema. Bastaba con poner las noticias del telediario para darse cuenta de lo mal que estaba el mundo. Desastres naturales en Haití, los desplazados de Siria huyendo el Estado Islámico, ERE’s en grandes empresas... Incluso, paseando por la calle se veía gente pidiendo, porque lo había perdido todo. Sí, había mucha gente en peor situación. Ella aún tenía su trabajo y podía seguir pagando la letra de la hipoteca, aunque luego le quedaran cuatro duros para vivir. Pero con ingenio, había conseguido llegar siempre a fin de mes. Haría lo que hiciera falta por cuidar de sus pequeños.
Volvió al salón a por Sergio. Con él casi no podía ya. Cada vez era más grande. Como no estaba dormido profundamente, despertó a los primeros intentos de Rosi para cogerle en brazos. Inútil esfuerzo.
- ¿Eh? - preguntó, aturdido - ¿Qué pasa?
- Te has quedado dormido, cielo. Es hora de ir a la cama. A menos que prefieras quedarte en el sillón.
- Jajajaja... No, la cama es mucho mejor.
Le acompañó a su habitación y le acostó. Pronto llegaría el día en que le molestaría tenerla tan pendiente de todo y en el que empezaría a reclamar más independencia. Por suerte, aún faltaba para eso.
- ¿Qué te dijo la policía? - preguntó, ya tapado hasta arriba con las sábanas de Spiderman - ¿Conseguirán recuperar tus cosas?
- No es tan sencillo. La vida real no es como tus cómics. No aparece un héroe detrás de la esquina que venga a perseguir al bandido. Por desgracia, la policía tiene tanto trabajo, que no puede perseguir a todos estos ladronzuelos. Han de centrarse en los crímenes importantes. Al fin y al cabo, son personas normales y corrientes, como tú y como yo. No tienen superpoderes para poder perseguir a todos los criminales que hay por ahí sueltos, a la búsqueda de su botín.
- ¡Es una pena! ¡Si estuviera aquí Radiactivoman les daría una paliza a todos, recuperaría todas tus cosas en un santiamén y todo se solucionaría!
- Sí, una pena. Pero así son las cosas. Descansa, mi vida. No pienses más en ello. Solo fue un mal día.
Rosi cerró la puerta tras de sí y volvió al salón. Guardó el libro de cuentos en su sitio y encendió la tele, en busca del telediario. De vez en cuando le gustaba oír lo que pasaba por el mundo, aunque la mayoría de las veces prefería no enterarse de nada.
- El presunto asesino de Daoiz se entregó esta mañana de manera voluntaria en España. Al parecer, declaró que siempre era mejor la cárcel en España que en Brasil.
Curioso, pensó Rosi. Ni los criminales gordos tienen mucho miedo a la justicia de este país. Recordó casos similares, como cuando De Juana Chaos amenazó impunemente a los jueces encargados de su caso, o del día que soltaron a un montón de etarras por declarar ilegal la doctrina Parot. Al parecer, si matabas a mucha gente era inhumano tenerte encerrado mucho tiempo. Y la gente parecía verlo como normal. Solo uno de los periodistas se encaró con ellos. O el escandaloso caso de Marta del Castillo, donde prácticamente los asesinos se rieron de la justicia. Total, casi todos eran menores, ¿qué les iban a hacer? Hoy en día, estaban en libertad. Recordó una serie que echaban sobre investigaciones criminales en Estados Unidos. En la serie, dos chicos mataban a sus padres siendo menores y les condenaban a cadena perpetua. Aquí, matabas a una chica y estabas en la calle. Algo no funcionaba.
Por suerte, pronto abandonó el presentador el tema. Empezaron a hablar de las nuevas y magníficas películas que habían estrenado y en las que habían contribuido, para luego pasar a los deportes y hablar de lo triste que estaba Ronaldo por no conseguir marcar goles últimamente. Debía ser realmente importante, se pasaron unos 10 minutos hablando del tema y entrevistando a gente sobre lo que opinaban. Esos eran los temas importantes del país. No la desinversión en educación ni la crisis política ni lo ridícula que parecía la justicia ante los ojos de los presuntos criminales. Sí, los criminales siempre eran presuntos. A veces, daba la triste impresión, de que estaban más defendidos que la gente de a pie. Si eras una persona normal y no tenías en regla tus impuestos, Hacienda te metía un buen palo. Pero la gente de Bankia se llevaba el dinero a dos manos con las tarjetas Black y ninguno pagaba gracias a sus maravillosos abogados, diciendo que nada de lo que había ocurrido era culpa de ellos. Siempre era culpa de otro. Como siempre.
Cambió de canal. ¿Para qué ponía las noticias si siempre terminaba igual de cabreada? El sistema no parecía funcionar. Y no podías luchar contra él. Eras demasiado insignificante. Te aplastaría. Todo lo que podías hacer era tratar de sobrevivir en la jungla. Poco más.
¿Qué poner en su lugar? ¿La serie de moda? O amores no correspondidos, o series policiacas, no había mucho más. De lo primero sabía ya demasiado. De lo segundo, empezaba a creer que también, desgraciadamente. ¿Gran Hermano? No. Cualquier cosa menos eso. No entendía como ese tipo de cosas tenían tanto éxito. ¿El documental de La 2? A veces, con suerte, echaban cosas interesantes. Decidió darle una oportunidad, a ver qué decidían poner aquella noche. Como si no hubiera otra cosa que elegir, sacaron un documental de la HBO sobre superhéroes callejeros, gente normal y corriente que se disfrazaba, patrullaba por las calles y ayudaba a la policía y a la gente de su barrio. La gente estaba loca, pensó. Aunque lo mismo pensaron del famoso hidalgo Don Quijote de la mancha, el personaje más famoso de la literatura española. Trataba de ayudar a la gente, pero era un loco. Parece que abundan los locos en Castilla, decía Juana la loca en su película. ¿Realmente diría algo así en la vida real? La verdad, razón no le faltaba. Parecía que toda la sociedad había perdido el juicio.
Era el mundo al revés. La gente que no hacía nada más que lamentarse de lo mal que iba todo en el mundo era lo normal. Abundaban por doquier gente que criticaba la forma en la que funcionaba el mundo, gente que no hacía más que quejarse, gente que señalaba cuál era el problema. ¿Pero qué pasaba cuando alguien trataba de armarse del valor suficiente para empezar a ser parte de la solución, de cambiar las cosas? Entonces te llamaban loco. Eso cuanto menos. Empezaba a sentir admiración por los chavales del documental. Sí, estaban algo locos. ¿Y qué? Quizás era precisamente lo que necesitaba el mundo. Más locos. Locos que hicieran frente a los problemas. Locos que no se limitaran a pasar de largo ante los problemas. Locos que no se contentaban con quejarse de la situación. Locos que trataban de ayudar a los demás y hacer del mundo un lugar mejor. Empezó a verlo claro. Era lo único que podía hacer. Tenía que tomar el toro por los cuernos.
Apagó la tele. No quería que aquella epifanía le abandonara. Si ella no luchaba por hacer del mundo un lugar mejor para sus hijos... ¿quién lo haría? ¿Los políticos? No le parecía viable. Ni siquiera se paró a pensar en si era una buena idea. Había algo muy dentro de ella que ardía sin cesar. La necesidad de una justicia que realmente funcionara. Olvidar esa sensación de impotencia ante la adversidad. Enfrentarse a los problemas, mirar cara a cara y la injusticia y decirle con voz potente nunca más. Nunca más te tendré miedo. Es hora de que seas tú quien me tema a mí. Pocas cosas podría haber más peligrosas e imprevisibles en la naturaleza que una madre que ve un peligro que acecha a sus cachorros. Ella le había visto las orejas al lobo. El mal abundaba en una sociedad demasiado permisiva. Se les llenaba la boca hablando de la libertad, pero se les olvidaba que la libertad tenía dos caras. La bonita, la única de la que hablaban, era la capacidad de elegir tu propio camino. La fea, esa de la que nadie hablaba, era asumir las consecuencias de dicha elección. Mucho se habían empeñado en buscar las formas de eludir las leyes, de sortear los obstáculos, de hacer trampas. Pero se acabó. ¿Cómo podría enseñar a sus hijos a ser buenas personas y seguir el camino correcto, cuando veías día a día que quienes seguían el camino malo, triunfaban prácticamente siempre riéndose de un sistema que debería defender al débil y no al revés? Nunca había creído en tomarse la justicia por su mano, pero alguien tenía que hacer algo. Si Don Quijote tuvo que dejar su hogar para poder enfrentar gigantes, ella tendría que salir a la calle a enfrentar sus propios miedos. Era eso, o ser esclava de los mismos toda su vida. Si hubiera sido solo por ella, jamás se lo había planteado. Debía hacerlo por sus hijos. Necesitaban creer que un mundo mejor era posible. Un mundo en el que se pudiera vivir libre del miedo, sin nada que temer.
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