Bruno terminó la semana mejor de lo que esperaba. A pesar del caos, del estrés y de todo lo que había ocurrido, contar con la protección de Iván le dio un respiro que no creyó posible. El rumor perdió fuerza, las miradas incómodas fueron disminuyendo y, por primera vez en días, pudo caminar por la universidad sin sentirse como un fenómeno.
Sin embargo, la inquietud persistía. Se habían besado otra vez y, como la vez anterior, ninguno mencionó lo sucedido. No hubo palabras, preguntas ni explicaciones. Iván simplemente lo miró con aquella expresión indescifrable suya y dejó que el silencio se instalara entre ellos. Bruno no supo si debía sentirse aliviado o frustrado.
Esto no era algo que pudiera hablar con @kaisen12. De alguna manera, sentía que lo estaba traicionando, a pesar de que ninguno de los dos había vuelto a mencionar lo que pasó en aquella llamada antes de distanciarse. ¿Acaso eso significaba que no importaba? ¿O solo lo estaban evitando, igual que él evitaba pensar en lo que sentía por Iván?
Sus emociones eran un caos de culpabilidad y deseo. Parte de él sabía que la emoción que @kaisen12 le hacía sentir se estaba desvaneciendo, que ya no le aceleraba el pulso como antes y, sin embargo, se aferraba a él. Se aferraba porque representaba algo seguro, algo que no lo hacía cuestionarse a sí mismo. Porque si se rendía a lo que Iván despertaba en él, tendría que enfrentar algo que no estaba listo para aceptar.
Pero era imposible ignorarlo. El recuerdo del beso aún ardía en su piel, como si los labios de Iván hubieran dejado una huella imborrable. Y no era solo el beso. Era la manera en que lo había consolado, el calor de su abrazo, la seguridad con la que lo protegía ahora. ¿Cómo pasó de ser la persona que más lo atormentaba a convertirse en alguien que lo hacía sentir a salvo?
Bruno cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared de su habitación, sintiendo cómo su pecho se apretaba. No entendía lo que le estaba pasando, y lo peor de todo es que no sabía si quería entenderlo.
Cuando llegaron las vacaciones de invierno, Bruno asumió que sería el fin de todo. Pensó que, sin la necesidad de mantener la farsa, Iván desaparecería de su vida y su relación volvería a ser la de dos simples compañeros.
Pero entonces, días después, Iván apareció sin previo aviso. Llevaba consigo un par de libros y, con la excusa de devolvérselos, irrumpió en su espacio como si fuera lo más natural del mundo.
—Me di cuenta de que aún los tenía —dijo con indiferencia, sosteniéndolos con una sola mano.
El castaño parpadeó, desconcertado. No podía creer lo que estaba viendo. No esperaba que aquel rubio oxigenado se presentara frente a su casa con una excusa tan vaga.
—¿No podías esperar hasta el segundo cuatrimestre?
—Podía —respondió Iván con una sonrisa ladeada—, pero no quise.
Bruno, quien aún llevaba su pijama de Mario Bross y tenía el cabello hecho un desastre, entrecerró los ojos y se cruzó de brazos, intentando descifrar al atleta.
—¿Me los trajiste porque te morías de ganas de verme?
Iván soltó una risa baja.
—No te des tanta importancia.
Y sin pedir permiso, se escabulló dentro de la casa. Bruno suspiró, pero no lo detuvo. En realidad, el gesto, por sí solo, no habría sido extraño si Iván se hubiera marchado después, pero no lo hizo. En lugar de eso, se quedó y se acomodó en la sala como si fueran amigos de toda la vida. Miró a su alrededor con curiosidad, a pesar de que ya había estado ahí una vez, y comenzó a hablar con normalidad, como si fuera algo rutinario.
—No imaginaba que tu casa fuera tan… solitaria —comentó, dejando los libros sobre la mesa y echando un vistazo a las repisas llenas de cuadernos.
—¿Por qué te importa eso? —preguntó con una ceja arqueada.
—Bueno, aún no tuve el privilegio de ver a tu familia más que en estas fotos de aquí.
Iván tomó uno de los marcos de fotos familiares donde se veía a Bruno con sus dos hermanos. Bruno resopló, pero por alguna razón, no pudo evitar sonreír un poco.
—¿Te preocupa que esté solo en mi casa?
—¿No te aburres?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Iván hablaba mientras se acomodaba en el sofá con la confianza de quien ha estado ahí un millón de veces. Tomó uno de los libros que acababa de devolver y lo hojeó sin prisa. Bruno lo observó en silencio, sin saber cómo responder. Él se comportaba como alguien genuinamente interesado en su compañía, y aunque aún no lo admitiera en voz alta, su presencia le afectaba más de lo que debería.
—¿Me vas a echar o piensas servirme un café? —bromeó, mirándolo de reojo.
—¿Y si quiero echarte?
El rubio sonrió con esa expresión confiada que lo sacaba de quicio.
—Sabes que no lo harás.
Bruno quiso discutir, pero no tenía argumentos.
Después de un rato más, Iván se puso de pie y se estiró con pereza.
—Nos vemos luego —dijo como si de verdad pensara volver.
Con el corazón latiéndole en la garganta, Bruno lo observo irse. Iván no había dado más explicaciones, pero en su actitud no había ni rastro de la frialdad que solía mostrar en la universidad. ¿A qué estaba jugando ahora? ¿Y por qué, en lugar de molestarlo, sentía un cosquilleo extraño en el pecho al imaginar que volvería?
Bruno intentó convencerse de que lo ocurrido con Iván no tenía importancia. Después de todo, el chico siempre había sido impredecible. Tal vez devolverle esos libros era solo un gesto sin segundas intenciones. Tal vez él estaba exagerando las cosas.
Sin embargo, por más que tratara de ignorarlo, el recuerdo de Iván en su casa, acomodándose en su sala como si fuera lo más normal del mundo, seguía rondándole la cabeza.
Más tarde, cuando se reunió con Camilo y Sebastián, la conversación inevitablemente derivó en Iván y su repentina visita.
—¿De verdad fue a tu casa solo para devolverte unos libros? —preguntó Sebastián, alzando una ceja con incredulidad.
—Eso dijo —respondió Bruno, encogiéndose de hombros.
Camilo dejó escapar un silbido bajo.
—Ese tipo está raro. Primero, inventa que son novios para protegerte y ahora, en vacaciones, sigue buscándote.
—A mí me huele a que hay algo más —agregó Sebastián—. No digo que esté enamorado, pero tampoco es normal que haga todo esto sin esperar algo a cambio.
Bruno sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No quería pensar en eso, no quería darle más vueltas a lo que significaban los actos de Iván, pero la duda estaba sembrada. Después de todo, sus amigos no sabían que se habían besado. No una, sino dos veces.
—Tal vez solo se siente culpable —intentó justificarse, aunque ni él mismo creyó en sus palabras.
Camilo y Sebastián se miraron, poco convencidos.
—O tal vez hay algo en ti que le interesa más de lo que quiere admitir —murmuró Camilo con una sonrisa ladeada. —Pero olvidémonos de Iván por un momento —dijo, animado—. Ahora que estamos de vacaciones, deberíamos volver a Dark Paradise.
El estómago de Bruno se encogió. Dark Paradise. El sitio que había evitado a toda costa.
—No estoy seguro… —murmuró, desviando la mirada.
—Vamos, Bru, unas partidas no te harán daño —insistió Sebastián.
La idea de ver a @kaisen12 en el juego le revolvía el estómago, pero también sabía que no podía huir para siempre. Aún mantenían el contacto, aún hablaban como si nada, entonces ¿por qué no volver a jugar?
Al final, los días transcurrían en una monotonía autoimpuesta. Bruno se la pasaba sumergido en su mundo virtual, evitando pensar demasiado en su realidad. En su pantalla, su Sim acababa de conseguir un ascenso en su trabajo soñado, tenía una hermosa casa y una vida sin complicaciones. Nada de dramas, nada de situaciones confusas. Solo estabilidad.
En cambio, en el mundo real, todo era un caos silencioso. Camilo y Sebastián insistían en que volviera a Dark Paradise, pero la idea lo ponía tenso. ¿Realmente quería enfrentarse a lo que había dejado atrás?
Seguía en contacto con @kaisen12, como si nada hubiera pasado, pero algo dentro de él se negaba a volver al juego. Era una herida que nunca terminó de cerrar, o más bien, una lastimadura que ni siquiera intentó sanar. Todo seguía igual de inconcluso. Sin embargo, su mayor problema no era ese.
Era Iván.
Desde aquella primera visita con la excusa de los libros, había comenzado a aparecer con frecuencia. A veces traía café, otras decía que solo estaba por la zona y pensó en pasar a saludar. Sus pretextos eran cada vez más tontos, como si ni siquiera se molestara en hacerlos creíbles, y lo peor de todo era que Bruno no sabía cómo rechazarlo sin parecer grosero.
—¿De verdad tienes tanto tiempo libre? —preguntó un día, frunciendo el ceño mientras dejaba el control de la consola a un lado.
Iván se encogió de hombros antes de acomodarse en su cama con descaro, como si ese espacio le perteneciera. Bruno apretó los labios, incapaz de ignorar lo surrealista que era todo. Jamás, ni en sus escenarios más locos, se habría imaginado a Iván allí, en su habitación.
¿En qué momento lo había dejado entrar tanto en su vida? ¿Cuándo había bajado la guardia lo suficiente para permitirle meterse en su burbuja?
—No más que tú, por lo que veo —comentó el rubio, señalando la pantalla del juego.
Bruno bufó sin responder. Algo en todo esto no encajaba. Iván nunca había sido de los que hacían visitas amistosas sin razón alguna. Nunca había sido cercano y ahora, de repente, aparecía en su casa como si fuera lo más normal del mundo.
Podía actuar como si no hubiera un motivo detrás de esas visitas, pero Bruno no era idiota. Sabía que algo buscaba. Algo quería y aunque aún no lo sabía, no estaba tan equivocado.
—¿Siempre tienes que traer una excusa para venir? —soltó sin apartar la vista de la pantalla, fingiendo desinterés.
Iván sonrió con ese aire despreocupado que lo sacaba de quicio y, sin pedir permiso, tomó uno de sus peluches con forma del diamante de Los Sims.
—¿Siempre tienes que hacer tantas preguntas?
Bruno hizo una mueca, pero no respondió. Este nuevo Iván lo desconcertaba. El rubio apoyó la cabeza en sus brazos y, con la misma seguridad de siempre, lanzó una invitación casual:
—Abrieron una cafetería nueva a unas cuadras de aquí. ¿Vamos?
—¿Me estás invitando a tomar café?
—No, te estoy invitando a compartir una experiencia culinaria en un entorno relajado —bromeó, sin apartar la vista de él.
Bruno resopló, pero antes de que pudiera negarse, el otro ya se estaba incorporando, como si realmente no le importara su respuesta.
—Si no quieres, olvídalo.
—Está bien. Vamos —. suspiró, poniéndose de pie.
Ni siquiera sabía por qué aceptaba. Tal vez por curiosidad. Tal vez porque aún no encontraba el coraje para preguntarle qué demonios estaba haciendo en su vida. O tal vez porque, en el fondo, quería saber hasta dónde llegaría con este juego.
Se preguntó qué pensaría Garam si lo veía siendo tan amigable con su ex. ¿Le parecería una traición? Pero más que eso, lo que realmente lo inquietaba era la sensación persistente de que Iván no estaba allí solo por pasar el rato. Que había algo más detrás de su presencia constante y que, cuando lo descubriera, su vida tranquila y sin complicaciones dejaría de existir.
La cafetería tenía un ambiente moderno, con luces cálidas que bañaban el espacio en un resplandor acogedor. El aroma a café recién molido impregnaba el aire, mezclándose con el suave murmullo de las conversaciones ajenas y el repiqueteo de tazas contra los platos de cerámica.
Ambos se acomodaron en una mesa junto a la ventana, donde las gotas de lluvia resbalaban lentamente por el cristal. Frente a ellos, las tazas humeaban, llenando el pequeño espacio entre ambos con un calor reconfortante.
Iván removió su café con desgano, observando el líquido girar en espirales perezosas antes de alzar la mirada hacia Bruno.
—¿Qué tal vas con tus vacaciones? —preguntó con aparente desinterés.
—¿De verdad estamos teniendo una conversación casual? — lo miró con incredulidad.
El rubio arqueó una ceja, como si el comentario le hiciera gracia.
—Lo intentaba —admitió con una media sonrisa—, pero si prefieres que hablemos de cosas más profundas…
Bruno resopló y rodó los ojos antes de llevar su taza a los labios. El calor le acarició el rostro y, por un instante, se permitió la ilusión de que esto era solo una tarde normal, con una compañía que no lo hacía sentir extrañamente inquieto.
Pero entonces, una voz a su espalda lo congeló en el acto.
—Vaya, qué sorpresa verlos juntos.
El tono burlón lo hizo tensarse de inmediato.
Giró ligeramente la cabeza y vio a dos chicos que reconoció de la universidad. Caminaban junto a su mesa con sonrisas maliciosas y miradas cargadas de una burla que le provocó un nudo en el estómago. Uno de ellos chasqueó la lengua con una mueca condescendiente.
—La verdad, siempre tuviste pinta de maricón —soltó con descaro.
Antes de que Bruno pudiera procesar el comentario, el otro chico añadió con una mueca de desdén:
—Pero me sorprende de ti, Iván. ¿No que te daba asco?
La risa ácida en su tono fue suficiente para que Bruno sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.
—Encima con el sucio incestuoso…
El golpe fue certero. Sintió el estómago revolvérsele y los pensamientos nublarse en un torbellino de ansiedad. Sabía que debía responder, que debía defenderse, pero su lengua se negó a moverse. Todo lo que pudo hacer fue apretar los puños sobre su regazo, luchando contra el temblor que amenazaba con delatarlo.
Pero entonces, Iván se puso de pie con calma. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y ladeó la cabeza, observando a los dos chicos con una expresión difícil de descifrar. Su mirada, sin embargo, se oscureció con algo peligroso.
—¿Te importa tanto con quién me siento a tomar café? —preguntó con un tono relajado, pero cargado de amenaza.
El otro chico titubeó por un segundo.
—Solo decía que…
—No, me parece escuchar que te estabas metiendo con mi novio —lo interrumpió Iván sin cambiar su postura. Luego inclinó la cabeza con fingida curiosidad—. ¿O acaso te molesta porque a ti nunca te ha invitado a salir?
Los dos chicos se congelaron ante la intimidación de Iván. El que había hablado primero enrojeció de vergüenza y, tras un murmullo ininteligible, tomó del brazo a su amigo y se apresuró a salir de la cafetería.
Bruno exhaló el aire que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo. Sus manos aún temblaban ligeramente sobre la mesa, pero más que la tensión del momento, lo que lo inquietaba era la persona que tenía enfrente.
Miró a Iván con una mezcla de incredulidad y algo más profundo, algo que no se atrevía a nombrar.
—¿Por qué hiciste eso?
Iván volvió a sentarse y se encogió de hombros con la misma despreocupación de siempre.
—Porque puedo.
Bruno bajó la mirada a su café. Algo dentro de él se movió de una forma nueva, inesperada. Este no era el Iván que recordaba. Este Iván… lo protegía y esta vez, se permitió preguntarse qué significaba eso realmente.
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