No sé en qué momento paso de ser un tipo relajado a esto. A seguirlo con la mirada en cada evento como si fuera la joya más costosa del planeta. A buscar excusas para aparecer donde está. A querer arrancarle esa sonrisa angelical cuando me ignora a propósito. A desear devorar esos labios jugosos que brillan cada vez que los humedece con la lengua cuando está nervioso.
Este día no es la excepción. Estamos de copas con los miembros de la empresa en un festejo sin sentido por los avances del proyecto de invierno, y Yun se ve… jodidamente precioso. Su traje negro está perfectamente ajustado, su cabello impecable y su expresión serena, como siempre. Hans no está a su lado. Por suerte, un ejecutivo como él no asiste a este tipo de reuniones. Pero aun así, Yun elige sentarse junto a Hannah. Por supuesto, ¿por qué vendría a sentarse junto a mí?
Ella está perdida en la conversación con otra chica cuyo nombre ni siquiera recuerdo. La verdad, no le he prestado atención a ninguna mujer desde que llegué a Berlín, gracias a Yun. No puedo dejar de mirarlo desde mi lado de la mesa y, en un momento, noto cómo sus ojos se deslizan hacia mí, solo por un instante.
No lo soporto. ¿Por qué no pudo elegirme? Sé que es mi hermana, pero estoy empezando a codiciarlo tal vez demasiado. ¿Qué tan mal me tiene como para hacerme sentir celos de mi propia hermana? Es estúpido, sobre todo cuando Hannah me dejó claro que Yun es abiertamente homosexual.
Tomo valor y me acerco a él con mi vaso de cerveza en la mano. No pienso quedarme de brazos cruzados, admirándolo en silencio.
—Vaya, ¿hoy tampoco vas a saludarme? —digo con un tono de falsa decepción.
Yun apenas me mira. La forma en que mueve sus pestañas me hipnotiza. Probablemente no sea un secreto para nadie mi interés por el queridísimo secretario, pero ¿qué me importa si lo saben? No tengo intenciones de seguir ocultando lo que deseo, aun si nos pillan mil veces más en la oficina mientras intento devorarlo entero. Es bueno que nadie sepa que Hans es su alfa.
—Oh, ¿estabas aquí? No te vi.
Aprieto la mandíbula. Él sabe perfectamente cómo molestarme con esa indiferencia suya. Le encanta hacerme perder el control. Me río en silencio y clavo la mirada en la profundidad de sus ojos rasgados. Jamás en la vida conocí a un asiático con un rostro tan espectacular. No es como si viera a muchos muy seguido, pero dudo que exista alguien igual de perfecto que él.
—Siempre tan distraído —musito con ironía, alzando las comisuras de los labios.
—No, solo selectivo.
Mierda. Me está ganando otra vez. Me inclino un poco, bajando la voz solo para él. Me atrevo incluso a posar una de mis manos sobre su hombro y reprimo una risita al sentirlo estremecerse con solo un toque.
—No tienes que hacer esto —insisto.
—¿Hacer qué?
—Pretender que ese compromiso te hace feliz.
Por fin me ve directamente a los ojos con esa sonrisa pequeña y atractiva. Mira disimuladamente a su alrededor, asegurándose tal vez de que nadie haya escuchado su sucio secretito. Pero ese anillo no es nada discreto. Él y yo sabemos que no oculta que está comprometido, solo se guarda con quién.
—¿Te molesta tanto?
No respondo de inmediato. Sí, me molesta. Me vuelve loco. No puedo decirle que todas las noches pienso en ello. Que me roba el sueño imaginar que puede ser solo mío y que, aunque no tengo la riqueza de Hans, podríamos tener una relación divertida y llena de placer. No necesita saber las veces que he imaginado hacerlo perder el aliento bajo mi cuerpo. No, no le daré el gusto de oírlo. No aún.
En lugar de responder, dejo mi vaso en la mesa y deslizo mis dedos hasta la manga de su saco, apenas un roce contra la piel del dorso de su mano. Sé que se pone nervioso cuando me pierdo en su mirada, y la forma en que ese ligero sonrojo adorna sus pálidas mejillas me lo confirma. Está cayendo.
—Tú dime, Yun. ¿Te molesta a ti?
Su respiración se entrecorta. Lo tengo. Pero justo cuando parece que va a responder, Hannah se vuelve hacia nosotros. Yun sonríe como si nada hubiera pasado, y mi hermana me mira con sorpresa. Claro, estaba en otro mundo. No se dio cuenta de mi presencia hasta ahora, por eso me pide una disculpa silenciosa. Maldición, Hannah.
—Disculpa, Jasper, tengo cosas más importantes que atender.
Me da la espalda y se pone a conversar con Hannah y la otra mujer sobre un tema que no logro comprender. Hablan de trabajo, nada del otro mundo. Sin embargo, yo me quedo ahí, desconcertado y más obsesionado que nunca.
No sé cuánto más podré soportarlo. Es un juego peligroso, uno donde él parece controlar cada movimiento, cada roce, cada palabra dicha con segundas intenciones. Y lo peor es que, aunque me haga arder de deseo y frustración, no quiero que termine. Porque si algún día Yun deja de jugar conmigo… no sé qué haré.
Le estoy dando un espacio en mi vida que nunca tuvo dueño.
Yun
Siento su mirada antes de que diga una palabra. Jasper es transparente. No sabe disimular cuando algo lo carcome, y ahora mismo, soy yo quien lo consume.
Tengo que ser completamente honesto: yo no vengo a estas reuniones. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he compartido copas con mis compañeros. Y esas pocas veces fueron gracias a que Hannah insistió lo suficiente para convencerme. No bebo, en realidad. Solo venía para asegurarme de que no hiciera ninguna estupidez frente al resto.
No voy a negar la verdad: amo a Hannah, pero como a una hermana. Muchas veces me ha dado pena ver cómo todavía se sonroja cuando le sonrío. Sé que lo dejamos claro en el pasado, pero, por alguna razón, a veces sigue poniéndose nerviosa. Espero estar equivocado. Aunque, ahora que lo pienso, resulta gracioso que su hermano tampoco deje de mirarme ni de insistir conmigo. ¿Será cosa de familia?
Veo de reojo cómo Jasper se levanta de su asiento y se acerca. Finjo sorpresa, pero lo estaba esperando más de lo que él imagina. Siempre anhelo que me hable. Tal vez disfruto que me persiga, que me ruegue un poco.
—Oh, ¿estabas aquí? No te vi.
Es demasiado fácil. Lo provoco porque puedo, porque me divierte. Porque, en el fondo, quiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar. Y, en parte, es su castigo por lo que está haciendo conmigo. Por la forma en que invade mi mente incluso cuando no está merodeando a mi alrededor.
Supongo que no será fácil que abandone el tema de mi matrimonio. Pero si su preocupación es que dejemos de jugar, un simple papel y un anillo sin amor no me detendrán. Aun así, es frustrante la forma en que insiste, la manera en que planta semillas de duda en todo mi ser.
Este es mi deber, pero alguien como él, una persona común, de una familia sencilla, jamás entendería esta responsabilidad. Este sentido del deber con el que fui moldeado por mis padres. Incluso mis hermanos mayores fueron cómplices de colocarme estas cadenas.
—Tú dime, Yun. ¿Te molesta a ti?
Su roce en mi manga es intencional, al igual que su cercanía. Mi piel se calienta, pero mantengo la compostura. Sé lo que quiere. Quiere que ceda, que deje de jugar, pero no lo haré. No va a escuchar jamás eso que está deseando que salga de mi boca, porque mis labios fueron sellados desde mi nacimiento. Fui obligado a callar durante toda mi vida.
Esto es lo que debo ser, y él no puede deshacer mi destino. Así que, cuando Hannah me mira, invitándome a unirme a su conversación con Katia, aprovecho la oportunidad.
—Disculpa, Jasper, tengo cosas más importantes que atender.
Intento ignorarlo, aunque una sutil sonrisa se dibuja en mis labios, porque sé que volverá a intentarlo. Es irónico, ¿cierto? Me molesta que insista con mi matrimonio, pero el anillo en mi dedo pesa más de lo que debería. No porque sea grande o llamativo. No. Es mucho más que eso.
Y cuando lo pienso, sin darme cuenta, vuelvo a buscar a Jasper con la mirada, y es entonces cuando la realidad me golpea.
Respiro hondo y me pongo de pie con cuidado, dirigiéndome al baño del pequeño bar. Lo observo de reojo y veo que está lo suficientemente distraído como para seguirme. Me siento aliviado por ello.
Porque no sé si es por mi poca tolerancia al alcohol, pero cuando me miro en el espejo, solo veo reflejados en mí lujos, perfección y estabilidad que me asfixian.
El anillo brilla incluso en la distancia. Soy todo lo que se supone que un omega debe desear. Tengo todo lo que se espera que quiera. Pero no lo quiero. Y cuanto más me doy cuenta de ello, más me duele el dedo anular. Como si ese estúpido anillo quisiera cortarme el dedo de lo apretado que está.
Me froto la sien, intentando borrar cualquier pensamiento al respecto. Desde que era niño, supe que mi destino estaba escrito. Mi familia vio en Hans una oportunidad que no podían rechazar, y Hans… Hans vio en mí un omega bien educado, discreto y presentable. Perfecto para su imagen. Perfecto para cumplir los estándares de sus padres.
Cierro los ojos y trato de convencerme. Él no es cruel. No me trata mal. Pero tampoco me trata como alguien a quien amar. Porque él no me ama, y yo no voy a entregarle amor a alguien incapaz de devolverme lo que le doy.
Para empezar, Hans nunca me preguntó si quería esto. Tomó la decisión por sí solo cuando supo quién era yo, y ese acto tan vil hizo que cualquier sentimiento muriera de inmediato, sin siquiera darle la oportunidad de florecer.
Mis dedos se deslizan hasta el anillo. No hago el ademán de quitármelo, pero la idea cruza por mi mente. Sé que no puedo. No todavía. Si lo hiciera, el mundo entero se vendría abajo, y yo con él.
Así que solo respiro hondo y dejo que la costumbre gane otra vez.
Miro mi reflejo nuevamente y sonrío. No porque esté feliz, sino porque he aprendido a fingirlo a la perfección. Sé que nadie jamás ha notado la diferencia.
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Al día siguiente lo estaba esperando, por supuesto que sí. Siempre espero sus interrupciones. Desde el momento en que lo vi mirarme como un animal enjaulado en el bar la noche anterior, supe que llegaría a este punto.
Ahora está aquí, acorralándome contra la mesa de mi escritorio con los ojos encendidos de frustración y su cuerpo irradiando un calor que puedo sentir incluso sin tocarlo. Creo que no pudo dormir bien. Aunque tiene unas ligeras ojeras, se ve guapo. Pero cuando me enfrenta de esta manera, me hace sentir más pequeño. Me mira desde arriba, robándome un suave suspiro.
Y entonces dice esas palabras que, a primeras, me desconciertan.
—No quiero que te cases.
Lo dice sin rodeos, como si hubiera pensado en esto toda la noche. Como si hubiera practicado esta conversación con su almohada. Debería sorprenderme, pero no lo hace. De alguna forma, supe que volvería a tocar el tema y, aunque me limito a sonreír disfrutando cada segundo de su desesperación, mi corazón traicionero comienza a acelerarse tanto como el suyo. Otra vez siento ese enorme peso en mi mano, como si aquel diamante pesara cinco mil quilates.
—¿Y qué harás al respecto? —digo sin dudarlo.
Lo miro con los ojos entrecerrados, dispuesto a darle batalla. Veo cómo aprieta las manos, está tenso, y probablemente lo estoy sacando de quicio. Sus ojos recorren mi rostro como si buscara una grieta, algo que le diera la razón.
—Porque ese tipo no te merece.
Oh, eso sí que es interesante.
Casi me deja sin palabras, no voy a negarlo, pero apoyo mi barbilla en una mano, mirándolo con fingida curiosidad.
—¿Y dime, Jasper? ¿Quién sí? ¿Tú?
Su mandíbula se aprieta, y me fascina porque, aunque no lo diga, aunque intente negarlo… sé que la respuesta es sí. Espero una respuesta, una reacción o un intento de dominar la conversación, pero Jasper solo me mira. Su expresión es una mezcla de frustración, deseo y algo más. Algo que no quiero descifrar, y entonces, en lugar de hablar, lo hace.
Coloca las manos sobre los reposabrazos de mi asiento y se inclina hacia mí lo suficiente para que su aliento choque contra mi piel. Lo suficiente para que mi pulso se acelere. Mi asiento toca la mesa, y aunque podría moverme, no lo hago.
No lo hago porque mi cuerpo traidor no quiere apartarse, porque el calor de sus feromonas es demasiado. Porque odio admitirlo, pero su cercanía me hace sentir algo que no debería sentir. Mi corazón bombea de una manera alarmante y, aunque no lo digo, lo espero, lo deseo. Necesito que esa pequeña distancia acabe, pero no me atrevo a tomar la iniciativa.
De alguna forma, quedo paralizado a su merced.
—Di que no te importa. —Su voz es baja, tensa, como si estuviera al borde de perder el control—. Dilo.
Abro la boca, pero ninguna palabra sale, porque sería una mentira, y Jasper lo sabe. Pero, mierda, no puedo dejar de mirar sus hermosos ojos azules y esos labios que se mueven lentamente tan cerca de los míos que me da curiosidad saber cómo se sentirían. Se ve como alguien que sabe besar, y solo imaginarme el roce de su lengua hace que mis feromonas broten como flores en primavera.
—Eso pensé —susurra, con una sonrisa que es más un desafío que una victoria.
Su mano se apoya en la mesa detrás de mí y, por un segundo, temo que me toque, porque si lo hace, si realmente lo hace, no sé si podré detenerme. Pero no lo hace. En su lugar, se incorpora con el ceño fruncido, acomoda su corbata y se aleja.
Me deja ahí, con la piel ardiendo, con mi propio perfume mezclado con el suyo en el aire, con la sensación de que algo invisible entre nosotros acaba de romperse. Sé que él también es débil a mi aroma y me obligo a recomponerme. A enderezarme. A recuperar la expresión tranquila, pero cuando lo miro salir por la puerta, sé que esta vez no gané. Porque Jasper ha conseguido algo peligroso. Ha logrado que lo desee.
Lo siento en cada partícula de aire que respiro. Lo veo en mi cuerpo, en la forma en que mi pecho sube y baja con más rapidez de lo normal. En la manera en que mis manos se cierran sobre mi asiento como si así pudiera aferrarme a mi última pizca de razón.
Él me empapó de sus feromonas y me dejó luchando con ellas.
Pero entonces, cuando bajo la mirada, veo ese brillo como un recordatorio de lo que soy y lo que se espera de mí. De que no hay lugar para alguien como Jasper en mi vida, pero mi realidad me asfixia más que su cercanía.
Cierro los ojos un segundo y me obligo a moverme. Necesito caminar, escapar de su exquisito aroma. Ojalá fuera tan fácil como él lo dice. No quiere que me case. Quizás tiene razón, Hans no me merece, pero yo tampoco lo merezco ¿No es casi lo mismo? De esto se trata un arreglo matrimonial, ¿verdad?
Entonces me pongo de pie, sacudiendo de mi mente todos estos estúpidos pensamientos, y me acerco a la ventana, tratando de pensar en cualquier cosa que me aleje del eco de su voz. Pero incluso aquí, en la tranquilidad de mi propia oficina, su presencia persiste.
¿Qué haré cuando vuelva a buscarme? Porque lo hará, y lo irónico de todo esto es que una parte de mí quiere que lo haga. Necesito que lo haga.
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