Era miércoles cuando Tomas esperó el momento indicado para encontrar a Bruno fuera del departamento de Ciencias. Bruno se sorprendió al verlo solo, sin Garam ni Carla. Pero lo que más le llamaba la atención era la manera en que el chico movía su pierna derecha, como si estuviera nervioso. No dudó en sonreírle al saludarlo; no quería hacer evidente que le parecía guapo, pero, sin dudas, Bruno era todo un ojo alegre.
—Espero no te moleste que haya venido a buscarte.
—No, no, de hecho, me da gusto verte…
—Yo, mh… no quiero hacer esto demasiado largo.
—¿Sí? —preguntó el castaño, mirando al actor con confusión.
—Sé que estos días hemos estado hablando para salir todos juntos en los almuerzos, pero a mí me gustaría invitarte a salir a ti.
Bruno parpadeó varias veces, intentando procesar lo que el pelirrojo acababa de decirle. ¿Invitarlo a salir? ¿A solas?
—¿A dónde? —preguntó, sonando desesperado.
—Al cine, si te parece bien… No quiero incomodarte.
—¡No, no! No me molestas, yo quiero ir contigo.
—Ella me dijo que tú, bueno, también estás de este lado de la vereda, ¿entiendes?
—Oh…
—No te estoy invitando como un amigo, Bru… —dijo Tomas, buscando la mirada avergonzada del chico—. Me gustaría conocerte más.
—Ah, sí —titubeó Bruno, sin encontrar las palabras adecuadas de lo asombrado que estaba.
Es decir, Tomas no parecía el chico más heterosexual del mundo, pero no esperaba que, de verdad, su ojo gay hubiera funcionado. Y de pronto recordó el reproche de Iván sobre su cercanía con Tomas. Se preguntó si él sabía que el pelirrojo era gay, pero no le dio muchas vueltas al asunto.
—Sin presiones, sé que aquí tú eres el “novio” de Garam —agregó Tomas, posando su mano sobre el hombro de Bruno y guiñándole un ojo con una sonrisa digna de comercial.
Sin embargo, el coqueteo se rompió en cuanto Tomas hizo contacto visual con Iván, quien los observaba desde una distancia considerable con mucha intensidad.
Iván por supuesto que sabía que Tomas era gay. Sin embargo, como era amigo de Garam, nunca lo había tratado de la misma forma que a Bruno. De hecho, se animaría a decir que con él era bastante agradable. Pero la perspectiva de Tomas cambió cuando se volvió testigo de los comentarios homofóbicos del rubio.
—Supongo que tendré que dejarte, o me van a perforar la frente —suspiró el pelirrojo—. Te llamaré luego para coordinar.
Bruno no entendió por qué, de repente, Tomas se despidió. Claro, hasta que, al quedar solo, Iván se acercó murmurando.
—¿Ya andas moviéndole el culo a cualquier maricón?
—Imbécil —espetó Bruno, enfurecido, y se marchó de inmediato.
—Amigo… —intervino Mauro, quien había presenciado la escena y apoyó su mano sobre el hombro de Iván—. Con esa actitud de mierda, nunca vas a conquistarlo.
—Mierda, no digas pendejadas. Nadie quiere conquistar a nadie.
—Pero creo que ese zorro de teatro sí le puso los ojos al twink.
—Es amigo de Garam —suspiró Iván, caminando junto a Mauro hasta los campos de atletismo. Pero ni él se creía sus propias palabras de consuelo. Necesitaba vigilar más de cerca la relación de ellos dos. Por Garam, claro, necesitaba pruebas… sí, para recuperarla.
Era difícil. Bruno tenía muchos sentimientos encontrados. Una parte de él seguía pensando en su amor virtual, pero también estaba ansioso por la llegada del viernes. No le emocionaba en absoluto encontrarse a solas con Iván, pero esa noche sería su cita con Tomas.
Bruno nunca había pensado demasiado en cómo sería tener una cita con alguien como Tomas. Para empezar, nunca se había imaginado saliendo con nadie en la universidad. Su vida amorosa hasta el momento se limitaba a un amor virtual y a pequeñas fantasías que nunca se materializaban. Pero ahí estaba él, con el celular en la mano, revisando el chat de Instagram con más frecuencia de la que le gustaría admitir. Tomas le había escrito esa mañana, confirmando la hora y el lugar, y desde entonces, la ansiedad se había instalado en su pecho. ¿Cómo se suponía que debía actuar? ¿Cómo se sentía uno cuando salía con alguien que de verdad le gustaba?
El chico de teatro era realmente su tipo: ni tan bajo ni tan alto, con una sonrisa encantadora y ojos almendrados. Su cabello, a pesar de estar teñido regularmente de un rojo borgoña, siempre se veía bien cuidado. Y ni hablar de sus brazos; incluso con camiseta larga se notaba que Tomas se ejercitaba. El que llevaba poco tiempo yendo al gimnasio con Camilo no veía grandes resultados, pero tampoco estaba muy interesado.
—¿En qué tanto piensas? —preguntó Iván, irritado por la falta de interés de Bruno hacia él.
—¿Qué te importa? —el castaño puso los ojos en blanco, intentando no sonreír demasiado al pensar en su cita con Tomas.
Iván siguió pasando las páginas del libro sobre la composición de la Tierra, tomando notas sobre la litosfera. Pero le ponía nervioso ver cómo el otro se distraía de la nada, como si estuviera soñando despierto. No quería estar ahí, entendía que Bruno no tenía interés en hablar con él, pero le molestaba que ni siquiera pusiera de su parte.
—Ordena tu mente o te la ordeno yo —lo amenazó, alzando uno de sus libros y apuntándolo contra la cabeza de Bruno sin llegar a golpearlo.
—Déjame en paz, haré un buen trabajo, pesadilla.
—Si llegamos a desaprobar por tu culpa, haré que te arrepientas.
Bruno intentó concentrarse mientras leía sobre la hidrosfera, pero sus resoplidos estaban empezando a fastidiar a su compañero. Iván no era tonto. Se dio cuenta de que el castaño no dejaba de mirar el reloj de su celular e incluso revisaba el chat de Instagram como si esperara el mensaje de alguien. ¿Tal vez de Garam? Se preguntó. La curiosidad le picaba, pero no tenía la confianza suficiente para preguntarle.
—Si no pensabas darme tu número, podrías haberme dado tu Insta —comentó como si nada.
—No voy a permitir que sigas molestándome incluso fuera del campus.
—¿De verdad crees que soy tan enfermo? —la ceja en alto de Bruno indignó por completo a Iván, aunque sabía que el joven tenía toda la razón en sospechar de él. Después de todo, no dejaba de escupir estupideces cada vez que se cruzaban.
—Olvídalo.
—¿Tanto quieres mi contacto? —se burló Bruno.
—La verdad, no. Pero es incómodo estar incomunicado con mi pareja de proyecto.
—No me hagas arrepentirme de intentar ser medianamente civilizado contigo —gruñó.
Bruno rodó los ojos y tomó su celular, desbloqueándolo con lentitud exagerada.
—Bien, si tanto lo necesitas… —dijo sin entusiasmo mientras escribía algo en la pantalla—. Te pasaré mi usuario. No lo uses para estupideces.
Iván sintió un pequeño triunfo al ver la notificación en su móvil. Lo desbloqueó y abrió la aplicación para buscarlo, pero cuando leyó el usuario de Bruno, un escalofrío le recorrió la espalda. @bear003.
Ocultó su pánico bajo una expresión indiferente, y Bruno no tardó en recibir su solicitud de seguimiento.
—No pensaba usarte para otra cosa que no fuera esto —dijo Iván, encogiéndose de hombros—. No te emociones, maricón.
—Sí, porque claramente estoy saltando de alegría, imbécil —murmuró Bruno, volviendo la vista a su libro.
El silencio se instaló entre ellos por unos minutos. Iván intentó concentrarse en la lectura, pero sin darse cuenta, sus ojos volvían una y otra vez hacia Bruno. No quería pensar en ciertas similitudes que lo estaban enloqueciendo.
Bruno tenía el ceño ligeramente fruncido y tamborileaba los dedos contra la mesa, probablemente pensando en cualquier cosa menos en la hidrosfera.
—¿Qué? —preguntó Bruno sin mirarlo.
—Nada. Solo que, si sigues mordiéndote el labio así, te lo vas a arrancar —comentó Iván con una media sonrisa.
Bruno lo fulminó con la mirada y soltó un suspiro pesado.
—Dios, qué insoportable eres.
Iván cerró el libro con un golpe seco. Estaba cansado de los pensamientos que lo acechaban. Y, sobre todo, de la incertidumbre.
—Y tú deberías estar prestando atención. Desde que llegaste, no has parado de revisar el teléfono —deslizó la mirada hacia el móvil de Bruno, que descansaba boca abajo sobre la mesa—. ¿Garam te escribe?
Bruno frunció el ceño. No le gustaba para nada lo controlador que estaba siendo Iván, así que también dejó de hacer lo suyo para abrir su bolso en busca de su bálsamo labial. "Si me quedo sin labios, será tu culpa", pensó.
—¿Y qué si lo hace?
Iván chasqueó la lengua y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.
—Nada, solo que debería respetar tus momentos de estudio.
—No exageres.
—Ajá. —Iván sostuvo su mirada, su expresión imperturbable—. Y justo ahora es cuando más necesitas hablar con ella, ¿no?
Bruno apretó los labios. Entendía por dónde iba Iván, y el leve filo en su voz solo confirmaba lo que sospechaba.
—¿Estás celoso?
Iván soltó una risa seca. Aún tenía el orgullo herido, pero no iba a darle el gusto de admitirlo.
—No digas estupideces.
Pero Bruno notó cómo su mandíbula se tensaba. Admitía que Iván se veía más guapo cuando estaba molesto, pero eso no cambiaba el hecho de que seguía siendo un imbécil. Y él se encargaría de no olvidar ese detalle. Que hicieran un proyecto juntos no lo convertiría en su amigo.
Él seguía siendo para Iván el chico que supuestamente le "robó" la novia. Se preguntó qué cara pondría si se enterara de que, en realidad, Garam era su prima.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Iván no respondió de inmediato. En su lugar, tomó el libro y lo abrió de nuevo, hojeando las páginas con desgano.
—Olvídalo. Sigamos estudiando.
Bruno lo observó por unos segundos antes de soltar un suspiro.
—Iván…
—Bruno, lee la maldita página.
Bruno arqueó una ceja, pero obedeció. Aunque la expresión de Iván se mantenía neutral, sus dedos apretaban el lápiz con demasiada fuerza.
Sí, definitivamente estaba celoso, pero Bruno creía que era por Garam. Ni siquiera Iván se daba cuenta de que la incomodidad que sentía en el pecho no tenía nada que ver con ella.
Bruno bufó y volvió a su lectura, esta vez sin apartar la vista de la página. Sin embargo, Iván no dejaba de pensar en qué lo irritaba más: el hecho de que Bruno parecía estar esperando un mensaje con tanta ansia o la molesta sensación en su pecho al darse cuenta de que ese mensaje no vendría de él.
Bruno llegó al cine unos minutos antes de la hora acordada. Se revisó en la cámara del celular, despeinó su flequillo y luego lo acomodó de nuevo. No es que estuviera nervioso, o al menos eso quería creer, pero Tomás era definitivamente su tipo y no quería arruinarlo con su cara de cansancio.
Leer todos aquellos libros con Iván había sido agotador, al punto de cuestionarse si había sido una buena idea aceptar salir un viernes. Consideró cancelar. Era demasiado perezoso como para hacer dos actividades que demandaran tanto tiempo en un solo día, sin contar que hacia un frio que le congelaba hasta los pies. Pero entonces, cuando levantó la vista, lo vio.
Tomás se acercaba con paso relajado, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de mezclilla y una sonrisa ladeada que lo hacía ver aún más atractivo. Su cabello rojo borgoña brillaba bajo las luces del centro comercial, y sus ojos almendrados se afilaron con diversión al notar la mirada de Bruno sobre él.
—Espero no haberte hecho esperar mucho. Estás muy hermoso, Bru —saludó, inclinándose un poco en un gesto exageradamente teatral.
Bruno rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. Tomás parecía otra persona. No solía decir ese tipo de cosas cuando estaban en la universidad. Siempre había parecido un chico tímido o, tal vez, le intimidaba la personalidad ruidosa de Camilo.
¿Lo notaba más libre?
—No seas tonto, llegaste justo a tiempo.
Tomás soltó una leve risa y, sin preguntar, pasó un brazo sobre sus hombros con naturalidad. Bruno se sintió algo cohibido. No era que no se conocieran, claro, pero entre ellos no era habitual ese tipo de contacto. No parecía Tomás… pero no le disgustaba.
—¿Ya pensaste qué película quieres ver?
—¿Crees que iba a elegirla solo? —dijo, inclinando la cabeza hacia él—. Primero veamos la cartelera juntos.
Mientras caminaban por el cine, Bruno se dio cuenta de que la química entre ellos fluía con facilidad. Se sentía cómodo. Se llevaban bien por chat y en persona no era diferente. Tomás era carismático, tenía esa vibra de chico de teatro que hablaba con todo el cuerpo y que hacía que incluso lo más simple pareciera interesante.
Sin embargo, mientras Tomás hablaba sobre cómo había convencido a su profesor de dirección para cambiar la obra de final de cuatrimestre, Bruno no podía dejar de pensar en otra cosa. O más bien, en otra persona.
Qué molesto, pensó.
Por más que intentara concentrarse en la cita, la imagen de Iván volvía a su mente con una facilidad irritante. Lo veía frunciendo el ceño, con esa mirada filosa de fastidio, la mandíbula tensa y los labios apretados en una línea delgada.
No quería admitirlo, pero Iván se veía ridículamente guapo cuando estaba molesto.
Bruno resopló, sacudiéndose el pensamiento, y enfocó su atención en Tomás, quien lo miró con curiosidad.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondió Bruno rápidamente, obligándose a sonreír—. Solo estaba pensando en qué película deberíamos ver.
—Mmm… —Tomás entrecerró los ojos con fingida sospecha, pero no insistió—. Bueno, espero que sea algo que me haga quedarme pegado a la butaca.
—Te aseguro que sí.
Bruno rió, tratando de relajarse, pero en el fondo de su mente seguía latiendo una verdad incómoda. Por mucho que intentara ignorarlo, por mucho que Tomás fuera su tipo… su corazón parecía inclinarse en otra dirección. Y eso le preocupaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Iván llevaba las manos en los bolsillos de la sudadera mientras caminaba por el centro comercial sin un rumbo fijo. No era su plan salir cuando el sol se estaba ocultando, pero Mauro lo había arrastrado hasta allí con la excusa de “despejar la mente”.
No entendía por qué lo necesitaba. En teoría, no tenía nada en qué pensar, pero su cabeza no paraba. Estaba seguro de que Mauro solo quería saber cómo le había ido con Bruno en la biblioteca y, aunque se negaba a hablar al respecto, lo cierto era que no había pasado nada espectacular.
Desde que Bruno prácticamente salió corriendo al terminar el estudio, Iván se había sentido extrañamente inquieto. No es que le importara lo que hiciera después. ¿O sí?
Apretó la mandíbula. Se repetía que solo le molestaba la actitud del castaño. Ni siquiera se había despedido bien, solo recogió sus cosas y se marchó como si tuviera algo mucho más interesante que hacer. Y, claramente, lo tenía, pensó con amargura.
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