Bruno estaba listo para darse un respiro psicológico de Iván. La semana había sido agotadora, y lo único que quería era llegar a casa, encerrarse en su habitación y poner música a todo volumen mientras fingía que el mundo exterior no existía. Sin embargo, sus planes se vieron frustrados cuando, apenas puso un pie fuera del aula, una mano firme lo atrapó del brazo.
—¿Lo olvidaste, Bru?
Bruno parpadeó un par de veces antes de fijar su vista en el dueño de aquella voz tan familiar.
—¿Olvidar qué? —suspiró, colgando su bolso en el hombro.
—Le prometiste a Camilo que lo acompañarías al gimnasio del campus —dijo Sebastián entre risas al ver la expresión descolocada de su mejor amigo.
—Mierda, lo había olvidado por completo. Ni siquiera traje ropa conmigo.
Camilo le sonrió de una manera que le dio escalofríos. Entonces, Bruno miró su mano alzada y notó que llevaba un bolso bastante cargado.
—Sabía que lo harías, así que vine preparado por los dos. Hasta te traje toalla, botella de agua y fruta por si te descompensas.
—No puede ser… —Bruno miró a Sebastián con una súplica muda, pero este se despidió inmediatamente de ellos.
—¿No podemos empezar con esto en otro momento? —intentó negociar, sin muchas esperanzas.
—No, no. Tenemos que dejar de procrastinar. Me dijiste que querías marcar tus bracitos y yo necesito hacer esto de verdad —insistió Camilo, tomándolo del brazo para llevárselo consigo.
Bruno no pudo oponerse. Su amigo tenía razón: él le había prometido en el verano que ese año comenzaría a entrenar con él. No lo haría toda la semana porque no estaba tan desesperado, pero al menos dos veces intentaría trabajar en su estado físico.
Tuvieron suerte de que el gimnasio estuviera relativamente vacío a esa hora, lo que alivió un poco la incomodidad de Bruno al notar que la ropa holgada que le había prestado Camilo aún le quedaba grande, a pesar de ser de cuando este iba a preparatoria. La diferencia entre sus complexiones era demasiado evidente, lo que solo aumentaba su incomodidad.
Entrenar durante una hora fue suficiente para que sus extremidades temblaran. Se arrepentía de haber aceptado. No quería volver nunca más, pero Camilo estaba tan entusiasmado que no podía decirle que no. Su amigo se marchó apurado, pero Bruno no estaba dispuesto a irse a casa oliendo a sudor, así que decidió usar las duchas del campus por primera vez.
Mientras enjabonaba su cabello, recordó todo lo que estaba viviendo con Iván. Odiaba el olor a sudor tanto como odiaba a ese tipo. Al menos, allí se sentía seguro estando solo. No estaba seguro de si habría sido capaz de desnudarse si hubiera alguien más en las duchas. Tal vez se incomodaba al ser diferente, aunque no estaba del todo seguro.
Tan inmerso estaba en sus pensamientos que no escuchó cuando alguien más entró. Iván, por otro lado, tampoco era particularmente observador. Entró con su típico desinterés, dispuesto a hacer lo suyo. Sin embargo, en un descuido, el frasco de crema que Bruno usaba resbaló de sus manos. Maldijo entre dientes al agacharse para recogerlo, y en ese preciso instante, Iván reparó en su presencia.
Sus miradas se encontraron.
El silencio se volvió eterno, roto únicamente por el agua cayendo sobre el suelo de azulejos.
Involuntariamente, los ojos de Bruno bajaron hasta la entrepierna de Iván.
—¡Hey! —se quejó el rubio, tapándose con una mano.
Pero, al igual que Bruno, comenzó a observarlo con más detenimiento. Notó la ausencia de vello en su cuerpo, y aquello lo desconcertó.
—¡Hey! —exclamó Bruno, avergonzado, intentando cubrirse y levantarse al mismo tiempo.
Estaba tan nervioso que no tuvo cuidado alguno. Resbaló torpemente, cerrando los ojos con fuerza al anticipar el impacto contra el suelo. Sin embargo, en lugar de dolor, sintió unas manos grandes y húmedas sujetando su cuerpo con firmeza.
—Mierda, marica, debes tener cuidado —Iván estaba aterrado. Casi se le detuvo el corazón al ver que el castaño estaba a punto de darse el peor golpe de su vida. Además, si se lastimaba, los rumores se esparcirían de inmediato.
—¿Qué? —Bruno abrió los ojos con temor y, ni bien chocó con la mirada de Iván, volvió a desviar la vista al recordar que ambos estaban completamente desnudos.
—¿Qué tanto estás mirando? —se burló el rubio—. Maricón.
—Uh, suéltame ya —se sacudió para liberarse del agarre—. Solo estaba confirmando lo pequeña que la tienes —espetó entre enojo y vergüenza, evitando a toda costa mirarlo de nuevo mientras huía con la poca dignidad que le quedaba.
Iván quedó boquiabierto.
“¡¿Cómo que pequeña?!”, pensó. No podía creerlo.
—Este mocoso necesita lentes… —balbuceó, observando sin remordimientos la zona trasera de Bruno mientras se alejaba.
Bruno no podía creer lo que había visto. Incluso después de llegar a su habitación, su mente seguía atrapada en aquel instante.
“No solo es alto, sino que también tiene un monstruo entre las piernas. ¿Por qué, carajos, Garam terminó con él?”, pensó, mirando fijamente el techo como si este fuera a darle una respuesta. No sabía cómo enfrentaría a Iván al día siguiente después de haber visto... eso. El rubio era guapo desde cualquier ángulo, y aunque le molestara admitirlo, una parte de él anhelaba tocarlo.
Ahora tenía una nueva razón para odiarlo. Sabía que era mejor así, aferrarse a sentimientos negativos lo ayudaría a mantener los pies sobre la tierra y no caer en falsas esperanzas.
Por otro lado, Iván tampoco estaba tranquilo. Nunca lo estaba cuando se trataba de Bruno. No entendía por qué aquel mocoso sacaba lo peor de él. Siempre había sido un tipo relajado, pero con Bruno todo era diferente.
Esa noche fue una tortura.
Intentó dormir, pero su mente lo traicionó. Soñó con unas manos deslizándose por su piel, con unos labios recorriendo su cuerpo de la forma más íntima posible. Sintió su ropa interior bajarse y, cuando levantó las sábanas, se encontró con la visión más erótica y dulce que jamás había visto en su vida.
Bruno lamía su erección con la misma devoción con la que alguien disfrutaría un postre exquisito. Iván suspiró, arqueando la pelvis para rozar su bulto contra esas mejillas suaves.
Pero todo era solo un sucio sueño. Iván despertó sobresaltado, jadeando, con el nombre de su enemigo en los labios.
—Bruno…
Descubrir que había mojado su ropa interior lo perturbó profundamente. Desde hacía un tiempo sospechaba que no era tan heterosexual como decía ser, pero odiaba la idea de confirmarlo. No podía permitirse caer en esa trampa. No iba a dejar que esto avanzara.
Sin embargo, una parte de él ya lo había hecho.
Para suerte de Bruno, Iván comenzó a evitarlo los siguientes días. Fueron momentos de paz. Pero, a pesar de que el rubio lo ignoraba, Bruno no se libró de los comentarios de Jay, quien le susurraba cosas como “princesa” o “bonita”, mientras Iván no hacía absolutamente nada más que sonreír con sorna.
Parecía que nunca habría un punto medio entre ellos; de algún modo, siempre estaban enfrentados en una guerra que él no comprendía del todo. No sabía por qué Iván y Garam habían terminado, pero entendía que había sido por algo importante, ya que el rubio se aferraba al resentimiento y su prima evitaba hablar del tema.
—@kaisen12:
Entonces… ese chico dejó de molestar. Ya no es necesario que vaya a darle una paliza.
—@bear03:
Aunque si se la das, no me molestaría…
—@kaisen12:
¡Qué malo eres, osito! Tú no me conoces. Realmente puedo noquearlo…
—@bear03:
¡Eso suena tentador! Me dan ganas de conocerte. Para ver tus brazos.
—@kaisen12:
Tú…
—@bear03:
Jajajaja, es broma. No te lo tomes en serio.
Bruno respondió rápidamente, hecho un manojo de nervios y vergüenza. Creyó que todo quedaría allí, en comentarios sueltos, pero a medida que pasaban los días, el otaku comenzaba a ser más coqueto con él, y no sabía si estaba malinterpretando las cosas o si, en verdad, estaba sucediendo.
No le importaba que Iván lo ignorara ni le pesaba demasiado ser el novio de mentiras de su prima, porque día y noche compartía mensajes con @kaisen12, y eso lo mantenía lo suficientemente feliz y entretenido como para preocuparse por todo lo que estaba pasando en la vida real.
Por otro lado, los amigos de Iván estaban preocupados por la extraña calma que había entre ambos chicos. No sabían si su amigo finalmente había superado el hecho de que Garam lo hubiera dejado por otro o si, simplemente, habían arreglado sus diferencias.
—¿Con quién hablas tanto? —preguntó Jay durante el almuerzo, tras ver a Iván metido en su celular.
—Con nadie… —respondió fríamente.
—Pues, para no hablar con nadie, déjame decirte, amigo, que sonríes como un idiota —insistió Jay en tono burlón, a lo que Mauro se sumó.
—Quizás se aburrió de andar como enamorado detrás de Bruno y se consiguió a una chica bonita.
Iván suspiró, poniendo los ojos en blanco. Pero entonces, cuando quiso observar al dueño de sus peores fantasías sexuales, se dio cuenta de que también estaba distraído con su teléfono. Tal vez siempre había sido así de tranquilo, pero era la primera vez que lo veía tan concentrado en otra cosa. Luego, otro detalle llamó su atención: la forma en que Tomás, el chico de teatro, observaba con demasiado cariño a su enemigo mortal.
—Dejen sus especulaciones, no hablo con nadie especial.
—Pues avísale a tu cara —intervino Elías.
Todos rieron alto, a excepción de Iván, que se levantó de su asiento, harto de sus amigos. Se encerró en el baño, apoyando la frente en el espejo. Estaba molesto, pero no entendía con qué exactamente. No tenía sentido, ¿verdad? Apretó el celular en su mano y, sin darse cuenta, abrió ese chat.
Bruno sonrió a la pantalla de su celular y corrió para estar a solas, reproduciendo una y otra vez el audio que le había enviado su “amado virtual” cerca del oído para que nadie más pudiera escucharlo. No se cansaba de oír su “te extraño, osito”. Estaba tan embobado en su mundo que, volando entre las nubes, chocó contra el pecho de otro distraído.
—Ugh, lo siento —se disculpó con mala cara al ver que se trataba de Iván.
—Está bien —dijo el rubio sin darle mucha importancia y siguió su camino, dejando a Bruno sorprendido por su increíble reacción.
—Vaya, finalmente me está dejando en paz —susurró casi sin poder creerlo. Pero cuando su celular vibró con un nuevo mensaje de @kaisen12, se fue de allí con una enorme sonrisa de enamorado.
Iván se detuvo y miró de reojo cómo Bruno se alejaba, casi saltando de felicidad. Algo dentro de él le decía que debía estar más atento. No entendía por qué, pero entonces bajó la mirada a la pantalla de su teléfono y volvió a perderse en ese aparato.
Lo que no notó fue que Tomás lo había estado observando todo el tiempo. Desde su sitio, apretó la mandíbula y desvió la mirada. Puede que Iván estuviera acostumbrado a ignorar sus sentimientos, pero él no. Y lo que sentía en ese momento era claro: un maldito ardor en el pecho.
Esa noche, el otaku llamó a Bruno a su celular y, como siempre, se demoraba en responder porque hablar por llamada lo ponía más nervioso. Sobre todo, luego de haber sido, tal vez, un poco coqueto durante toda la semana en la que estuvieron comunicándose sin parar.
—¿De verdad quieres ver mis brazos? —musitó @kaisen12 al otro lado de la línea.
—Mierda, otaku, por lo menos dime hola primero… —balbuceó Bruno, avergonzado.
—Oh, ¿entonces no quieres? —insistió el chico en un tono juguetón.
Bruno estaba acostumbrado a que fuera así con él, pero no quería perderse dentro de ese juego y terminar decepcionado.
—Yo no dije eso.
Ni siquiera necesitó terminar de hablar cuando su celular vibró con una notificación nueva. Era de @kaisen12.
—Oh, tú… —susurró ansioso, atreviéndose a abrir aquella foto temporal que solo pudo observar durante un par de segundos.
¡Él realmente le había mandado una foto de su brazo! Y era tal como se lo había imaginado. Fuerte.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan callado? —cuestionó el chico, ansioso—. ¿No te gustó?
—No, no, sí me gustó —Bruno casi se ahogó con su saliva cuando se dio cuenta de lo que había dicho—. Digo, no me molestó, solo que no me lo esperaba. Es la primera vez que me dejas ver…
—A mí también me gustaría conocerte, osito, pero si me ves te vas a enamorar de verdad.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque soy muy guapo a pesar de ser otaku —bromeó.
—Aunque con esos brazos, sí dejaría que me ahorques —jugó Bruno.
—¿Te atreves a coquetearme, osito travieso? —se burló el chico de voz ronca, riendo de una forma tan atrayente que dejaba a Bruno embobado.
No quería perderlo, pero no podía evitar caer en esa red.
—¿Acaso no es lo que querías? Si no, ¿por qué me mandas fotos?
—Mh, creo que me descubrieron.
Bruno cubrió su boca con una de sus manos, intentando contener esa emoción que nacía de su pecho. Sus mejillas estaban encendidas, y al otro lado, el culpable, quien tenía miedo de lo que sentía, estaba demasiado caliente y sensible al oír las reacciones de Bruno.
—Tú…
—Osito, si realmente no quieres que te coma, será mejor que cortes —le advirtió entre suspiros.
—¿A qué te refieres? —Bruno sintió un fuerte cosquilleo en su vientre.
@kaisen12 tomó aire y relamió sus labios sin pensar en que estaba a punto de joder a la única amistad bonita que había hecho, y que quizá esto podría lastimar a ambos.
—Me gustaría escuchar cómo gimes…
—Otaku, si esta es una broma, no es divertida… —insistió, apretando sus piernas. La culpa le picaba por sentirse emocionado. La adrenalina lo estaba excitando.
—¿Crees que estoy jugando? Escucha bien…
Bruno contuvo su respiración y prestó atención a los sonidos que podía oír del otro lado de la línea. El chico se estaba masturbando y él estaba siendo testigo oyente.
—Mhg… sigue hablando —le pidió entre suspiros.
—Está bien.
Su voz le tembló, y abrió sus piernas mientras desabrochaba su pantalón. Poco a poco, liberó su miembro y lo masajeó lento y suave, rodeándolo con una de sus manos y bombeando al ritmo que le marcaba el chico. No sabía cómo imaginarse al otaku. En su mente era un chico guapo con buen cuerpo, pero sin rostro. Aun así, le encendía completamente.
—Ah, hazlo más rápido.
—Uhm, pero voy a venirme —lloriqueó Bruno, tirando su cabeza hacia atrás.
Su mano aceleraba el ritmo, saboreando cada uno de los suspiros que se escuchaban al otro lado de la línea.
—Quiero escucharlo, déjame escuchar cómo terminas —susurró ronco y se perdió entre los dulces gemidos que emitía Bruno.
—Ah, no puedo…
—Vamos, cariño, déjalo salir para mí…
—Espera, ah… —Bruno dejó salir un largo suspiro y, al darle rostro al desconocido, logró correrse hasta mojar su mano con sus fluidos.
El chico llegó al orgasmo en cuanto escuchó a Bruno. Pero entonces, una vez que estuvieron con la cabeza fría, Bruno no podía creer lo que había hecho ni hasta dónde había llegado. Pero, sobre todo, no podía entender cómo había podido imaginarse al otaku con el rostro de Iván en pleno clímax.
Con el corazón aun latiéndole en los oídos, Bruno miró la pantalla de su celular, donde la llamada seguía activa. Silencio. Ninguno de los dos sabía qué decir. Hasta que @kaisen12 se aclaró la garganta y rió suavemente.
—Creo que… deberíamos dormir, osito.
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