Mateo descansaba entre los brazos del rey, y cuando finalmente no quedó nadie además de ellos, Ander acarició su mejilla. Se acercó para besar sus labios con delicadeza. Jamás imaginó que besaría labios tan fríos y sentiría tanto dolor como si el hechizo de Dinorah perdurara. Ya no sentía el calor que alguna vez Mateo le dio.
-Perdóname, alteza -susurró Ander frotando sus pulgares en las mejillas de este.
-Te perdono -respondió Mateo palpando con sus manos el rostro de Ander, deseando guardar en él un millón de recuerdos suyos antes de tener que partir-. No he tenido tiempo de acomodar mis sentimientos, pero ahora lo sé y quiero decírtelo antes de que me vaya...
-Aún no, por favor... -suplicó el halcón, aspirando las feromonas débiles del joven.
Besó sus labios para que no se distraiga con palabras dolorosas. Saboreó a Mateo tanto como pudo, logrando que el cisne cayera embriagado por su amor. Ander acarició sus hombros desnudos deseando recuperar el calor del cisne. No quería pensar en que lo estaba perdiendo, pero era inevitable dejar que sus lágrimas escaparan.
-Mateo, espera... -interrumpió el contacto, y lo alejó para poder apreciar mejor sus labios que no dejaban de suspirar-. Necesito que bebas esto.
-Ander, por favor -gimió el cisne.
-Lo siento, pollito... pero no haré esto contigo sufriendo -musitó con firmeza, e introdujo el líquido espeso de la poción dentro de su boca para así mediante un beso, dárselo a Mateo.
Poco a poco, la respiración del cisne comenzó a regularse. El aroma a lirios se mantenía presente pero no era tan invasivo como en un comienzo. Ander había regulado su celo. Pero aun estando calmado, los ojos del cisne brillaban por el deseo de compartir su madurez con su destinado.
La piel de Mateo era fría como nieve y las manos de Ander ardían como un día de verano. Ander aceptó la responsabilidad de ser el primero, y con cuidado desnudó al muchacho dejando su huella en cada rincón de su cuerpo. La dulce mirada que le dedicó Mateo era digna de ser una obra de arte. Ander quería ser dulce. Deseaba hacerlo bien. Intentaba controlar su instinto alfa para no lastimarlo.
Mateo sentía que podía morir en ese mismo momento, él deseaba que ese fuera su último aliento. No sabía que podía sentirse en el paraíso estando sobre la tierra. Mateo lloraba entre el placer y el dolor de abandonar a la persona que más amaba en el mundo entero. No tuvo la oportunidad de vivir su romance, no pudo investigar más sus sentimientos y solo podía quedarse con lo que tenía hasta ahora. Un sentimiento forzado a reconocerse. Un amor real que tuvo que ver pronto porque la vida se le estaba yendo.
Continuaron haciendo el amor sin desperdiciar el tiempo que ya no tenían. Solo podían amarse hasta el amanecer. Las estrellas titilaban para ellos, el viento cantaba para su encuentro y las flores se perdían, dejándolos desnudos ante lo desconocido.
La muerte golpeaba el corazón de Mateo.
Ambos estaban recostados sobre el césped, notando que el cielo lentamente comenzaba a cambiar.
-Me siento más vivo que nunca -murmuró el cisne.
-Te amo con mi vida -confesó el hechicero-. Sé que te sientes igual, pero aún no me lo digas.
Mateo le miró con el ceño fruncido, y el hechicero reía alto por lo adorable que lucía cuando se molestaba. Pero entonces, entre el silencio y el canto de la naturaleza, el omega, que estaba jugando en el pecho de Ander, notó un brillo particular en las yemas de sus dedos.
-¿Qué? -balbuceo el joven amasando ese brillo hasta crear pepitas pequeñas de oro. Era el metal precioso perteneciente a Mateo, finalmente había manifestado su don.
-¿Qué pasa? -preguntó el alfa preocupado, al cambiar drásticamente su expresión. Pero al ver la acción de Mateo se relajó, riendo por lo bajo-. Así que tú también creas metal precioso, pollito. Eso significa que tal vez tú pudiste ser más poderoso que yo en cuanto a magia.
El cisne de oro ya no era solo un rumor para Ander. Era real pero ya no viviría para ver su poder y su potencial. Ander imitó a Mateo, creando con las yemas de sus dedos pepitas de rodio. Apretó estas junto a las de Mateo y un destello blanco se logró apreciar antes de que abriera su mano. Dejó ver dos alianzas con ambos metales combinados.
-No vas a dejar este plano sin antes ser mi esposo.
-Pero... no tiene sentido, yo voy a irme pronto -murmuró Mateo con tristeza.
-Mi amor, nunca aceptaré un amor que no sea el tuyo.
La risa de Mateo adornaba el ambiente sombrío del lago de los cisnes.
-Pero... ¿cómo voy a casarme así?
-¿Así cómo? -Ander chasqueó sus dedos, y antes de que el menor pudiera poner más excusas, volvió a sonreír al notar que se encontraba limpio y vestido con ropas tan ligeras como la seda.
-Eres terrible.
-Pero sabes que te amo, mi príncipe.
Ander ayudó al cisne a caminar por el césped, acercándose al lago con él, deseando poder curarle esa enfermedad mortal. Enfermedad que él provoco junto a su hermana.
-Ander... -jadeó Mateo viendo cómo el hechicero se colocaba de rodillas frente a él, y luego de besar sus manos le colocó la alianza.
-Te amo, Mateo, mi pollito, mi alteza. Te amaré incluso después de la muerte. Te amaré aquí, y en las siguientes vidas. Mi cariño, mi destino, tú serás eterno en mi corazón.
El hechicero se colocó de pie, acunando las mejillas del otro entre sus manos.
-Acepta, mi amor, acéptame como tu esposo, toma todo de mí, porque después de ti para mí ya no habrá vida.
-Ander -suspiró guardando sus tristes lágrimas-. Te acepto aquí y ahora, tomaré tu amor como mío porque tú tomarás el mío como tuyo. Mi alma siempre te acompañará en nuestras próximas vidas. Me enamoraré de ti todas las veces necesarias.
Mateo colocó la alianza en el dedo anular del rey, y al perder el equilibrio se recargó en su pecho. La noche estaba llegando a su fin. El sol se asomaba entre las montañas, y solo podía significar una cosa.
Un final.
Antes de que sea demasiado tarde, Ander selló su amor con un beso sincero. Finalmente estaban casados y Mateo lo había aceptado.
Un brillo especial empezó a correr por los aires del bosque. El castillo de los cisnes se iluminaba como nunca lo había hecho. Pero una cosa no quita a la otra, y el omega tosió despidiendo sangre por su boca.
-Ander... -jadeó asustado aferrándose como podía a la vida. Estaba bombeando sus últimos latidos. Él no quería morir. Él sí le temía a la muerte, pero jamás lo admitiría-. Ander, déjame decirte...
-No, Mateo... Aún no me dejes -musitó el alfa desesperado, temblando al abrazar el cuerpo del cisne.
-Te amo -susurró dando su último sollozo, y cerró sus ojos cuando su alma corrió, y abandonó al alfa.
El silencio gobernó el lago de los cisnes.
El silencio le cantó al oído a Ander que Mateo había muerto.
Con el sol iluminando la escena, el hechicero con el cisne en brazos se dejó caer al suelo a orillas del lago. Su reflejo era deplorable. Su amor había muerto. Su vida no tenía sentido. Un alfa sin su destinado era como un cascarón vacío. No iba a vivir sin él, no podía vivir sin él.
Los gritos desgarradores del alfa llamaron la atención de las cisnes. Ellas supieron desde el momento en que sus cuerpos cambiaron que el hechizo había sido roto, y eso solo significaba una cosa. El príncipe había dejado este plano para siempre.
Ander... él era quien estaba más afectado con la pérdida.
¿Cómo respirar sin el amor de su vida?
Su corazón se desgarraba. No lamentaba haberlo amado, pero sí haberlo hechizado. Él hubiera deseado ser mejor. Pero los «hubiera» no servían para nada ahora que ya no lo tenía.
Muchos pensamientos corrieron por su mente.
Ahora tenía que verlo así, verlo dormir con sus mejillas blancas como papel. Su cuerpo no se movía. Él ya no respiraba. Él ya no sonreía. Debía aceptar una pérdida grande, pero él no iba a tolerar vivir sin su amor.
Un hechizo roto, la felicidad de un reino y la tristeza de un hombre que perdió a su verdadero amor.
Todos sabían cuál sería el próximo movimiento de Ander, pero nadie haría nada. Porque entendían y sabían que era lo mejor. Dinorah se lo imaginó y no iba a detenerlo. Al final recuperaría su reino gracias a Mateo.
Ander se levantó con Mateo en sus brazos después de haberle llorado durante cinco horas consecutivas. Él no iba a soportarlo ni a intentarlo.
Se adentró lentamente al lago con pasos pesados, no tenía miedo a la muerte porque sabía que vería a su amor.
Hundió ambos cuerpos, cerrando sus ojos con fuerza y dejó que el lago hiciera su juicio.
¿De qué servía ser inmortal si no podía tener a su destinado?
Dinorah finalmente entendió las palabras de su hermano, él le cedió el reino y rompió el hechizo, pero decidió irse junto a Mateo hacia aquel mundo desconocido. En honor a su hijo reinaría con honores y cuidaría mejor de sus cisnes sin cortarles las alas.
Ellas también tenían derecho de amar a cualquier ser del bosque encantado, no podía tenerlas presas para siempre.
-El príncipe... -susurró Estrella desesperada.
-Sí, el príncipe... -respondieron Cielo y Karina asumiendo lo que había pasado.
Amadís llegó corriendo hacia sus hermanas, feliz porque ellas estaban libres del cruel hechizo. Pero al recordar el sacrificio su corazón cayó al suelo, sabiendo que nunca más vería la sonrisa de Mateo.
Él era su amigo, su hermano. Él era todo para cada una de ellas y ahora debían aprender a vivir sin él.
-Vamos, chicas...
Las hermanas de Mateo se acercaron al lago donde ambos cuerpos se habían hundido y desaparecido. En honor al amor verdadero de ambos, bailaron alrededor del lago con la canción más melancólica que jamás se había oído. Ellas habían perdido a su hermano. A su adorado. A su protegido. Ellos se sacrificaron por un hechizo y ellas les harán ofrendas hasta el último día de sus vidas.
Dejaron salir sus hermosas alas blancas tras bailar el ballet más doloroso que alguna vez sus pies soportaron. Sabían lo mucho que amaba Mateo compartir esas danzas con ellas, así que desgastaron sus zapatillas hasta la noche en un velatorio poco convencional.
Lloraron hasta la medianoche, adornando el lago con hermosas flores de lirio y rosas. Era la despedida que no se les permitió tener. Ese último momento que no pudieron compartir. Dolía en sus corazones no recibir el último adiós de Mateo.
Pero nada fue en vano.
Después de haberse ido del lago, Micael encontró el cofre verde bajo la cama de Ander. En ella había libros importantes de hechicería avanzada, dinero de tierras desconocidas y cuarzos impregnados con magia.
«Micael, si encontraste este cofre es porque finalmente el destino terminó conmigo. Sé que sin mí creerás que estarás perdido. Pero te deje todo lo necesario para que te vayas del palacio y encuentres tu propio camino. Confió en ti. Vive tu vida y cumple tus sueños. Deja a los cisnes atrás y ámate por quien eres. Lamento haberte dejado, con cariño, Ander.»
El cisne lloró abrazado a los recuerdos de su tío, la única persona que lo amó a pesar de su naturaleza. El mensaje fue claro, y él emprendió su camino lejos del bosque encantado. Cumpliría sus sueños siendo un viajero. Descubriría otros mundos con o sin magia.
Jamás olvidó a su figura paterna.
En el lago de los cisnes, después de la perdida de Mateo, cada luna llena se encontraron pepitas de oro relucientes. Amadís creía que era un regalo de su amigo, y ella junto a Karina se dedicaron a investigar el poder del oro. Gracias a este, pudieron sanar heridas terminales de animales y otros seres del bosque.
Las cisnes soñaban con volver a ser bendecidas con un omega masculino a quien adorar. Eran educadas con ese fin. Pero el destino es cruel y no entregaría una pureza similar ni en un millón de años a Dinorah.
En cuanto a Derek, él y su reino fueron hechizados por la soberana del bosque encantado con una tormenta para asegurarse la pérdida de recuerdos de estos seres. Sin embargo, Derek y Mateo tuvieron un vínculo especial que Dinorah no pudo borrar. Por ello, el humano hasta el último día de su vida se infiltraba en el bosque intentando encontrar algo que el sentía que había perdido. Pero la barrera jamás volvió a ser abierta para humanos.
El tiempo siguió corriendo y el mundo sufrió grandes cambios. Diferentes planos existieron y aun así esas almas sin cuerpo no volvieron a renacer hasta que un día, luego de millones de décadas más tardes, dos delicadas flores cayeron del cielo. Una oscura como la noche y otra tan blanca como pluma de cisne, anunciando el nacimiento de dos criaturas que estaban destinadas al amor eterno.
Mateo y Ander del nuevo mundo nacieron el mismo día, en un pueblo reducido donde no había posibilidad de que no coincidieran. Esta vez, la vida sería más sencilla, el encuentro menos doloroso, pero no podían recordar quiénes fueron. Solo supieron al mirarse la primera vez que esa conexión que compartían perduraría para toda la vida.
Con tan solo con seis años, ellos se sonrieron y nunca se dejaron. Pasando desde la amistad infantil hasta la adolescencia, donde creció el amor pasional. No eran seres mágicos. Solo eran dos chicos humanos con ganas de vivir esa nueva oportunidad. Pero no solo eran ellos dos, Derek también estaba con ellos, pero ahora desde el lado de un buen amigo que los apoyaba. Él, pese a que al inicio generó sentimientos hacia Mateo, los dejó vivir ese romance limpio que siempre merecieron. ¿Y Micael? Bueno, el resulto ser el hermano de Mateo con el que solo tenían un año de diferencia. Ambos opuestos, pero su amor de hermanos era increíblemente fuerte.
-Siempre serás mi gran amor, Mateo -murmuró Ander, envolviendo entre sus brazos al otro.
-Tonto, y tú siempre serás el mío -respondió Mateo con una hermosa sonrisa-. Te amo, Ander -musitó mientras veían el enorme cuadro en la pared de sala, su retrato de bodas. Una música se escuchaba desde la radio, era la orquesta de un famoso vals de Tchaikovsky.
FIN.
Comments (0)
See all