El condado de Brusendorf estaba de luto. El Conde Theodor Von Kraft había fallecido. La guerra con los turcos se cobraba sus víctimas en todos los estratos sociales. Él había conseguido volver victorioso de aquella dura campaña, pero tan malherido que nunca consiguió recuperarse. Sin embargo, no todo el mundo vio está pérdida con tristeza. Eran muchos los que aspiraban a suceder al conde. No había dejado ningún varón que le heredara, ya que solo había tenido una hija a la que llamo igual que a su mujer, Gwendolyn. Muchos eran los que aspiraban a su mano, ya que desposándose con ella serían legítimamente dueños de sus dominios. Su padre siempre les había dado largas, ya que la mayoría de dichos pretendientes eran seres despreciables que solo ambicionaban una cosa. La condesa también era consciente de ello y no quería obligar a su hija a casarse con alguien que no fuera digno de ella. Pero no podría darles largas eternamente. Así que pidió un mes para guardar luto por su marido antes de decidir con cual pretendiente desposarla. No veía más salida. Tarde o temprano se agotaría la paciencia de aquellos hombres y podrían levantarse en armas. Bastantes hombres habían perdido para expulsar la amenaza turca que se trataba de extender a su alrededor como para encima tener que vivir una guerra fratricida. La idea de casarse por obligación aterraba a Gwendolyn, así que una noche huyó a lomos de su corcel. Galopó en medio de la noche sin saber a dónde ir. Sólo quería ir lejos. Muy lejos.
La noche estaba despejada. Apenas se veía una nube en el cielo. La luna sonreía, cómplice de la pobre y asustada doncella. ¿Hacía donde iba? Ni ella misma lo sabía. Pronto, todo lo que conocía había desaparecido en el horizonte. No se veía una casa, ni ningún rastro de civilización alrededor. Necesitaba un plan de acción. No podía cabalgar eternamente. Pronto Tizón se quedaría sin fuerzas.
Un hermoso lago apareció al rato frente a sus ojos. Gwendolyn pensó que no sería mala idea parar. Tizón estaría sediento. Y ella también lo estaba. Además, el lugar era precioso. Allí se sentía como flotar. Podía oír como una melodía se colaba en su cabeza, invitándola a liberarse de sus miedos.
- Sé por qué estás aquí - susurró la voz - Sé qué es lo que te aflige. Noto tus miedos. Como todos quieren tener el control de tu vida. Libérame y ya no tendrás miedo jamás. Yo te daré el poder para enfrentarlos y que sean ellos los que tengan miedo de ti.
- ¿Quién eres? - preguntó asustada Gwendolyn - ¿Por qué quieres ayudarme?
- ¿Qué importa quién soy? Llevo encerrada en este lago, maldita por generaciones. Podemos ayudarnos mutuamente. Tú puedes hacerme libre. Yo puedo hacerte temible.
- ¿Y cómo puedo liberarte? No tengo ningún poder especial.
- Tus palabras bastarán. Las palabras también tienen poder. Sólo di, hazme libre de mis miedos, sé libre de tu encierro.
Gwen dijo las palabras y algo aterrador surgió del lago. Una visión tan espectral que era imposible describirla. Era más oscura que la propia noche. Quiso huir, pero su cuerpo no le respondía. Veía con horror como aquella cosa se dirigía hacia ella, entrando por su corazón. Pronto sintió como su miedo había desaparecido. Pero no era lo único que sentía. Solo sentía odio y un gran deseo de destrucción.
Ya no era Gwen, ni tampoco era el ser que había emergido del lago. Era una mezcla de ambos. Podía volar por el cielo a gran velocidad, apareciendo ante quien quisiera. Podía recordarlos. Podía recordar como la habían hecho sentir. Y su odio crecía. La muerte no sería suficiente castigo para ellos. Les haría sufrir tanto, que suplicarían que la muerte les liberara de aquel dolor.
En cada castillo de los alrededores de Brusendorf, empezaron a aparecer cadáveres por doquier. Todos tenían un aspecto horroroso, pero lo más aterrador de ellos era la expresión de sus rostros. Parecía como si hubieran visto al mismo Lucifer viniendo a por ellos, reclamando su alma. No había lugar donde esconderse.
Poco a poco, casi todos los pretendientes a su mano habían muerto. Solo faltaba Sir Roger de Userdorf. ¿Dónde estaría? Ni siquiera había parecido muy interesado en cerrar el negocio de su mano. Pero debía encontrarle. ¿Dónde estaba? No estaba en su castillo ni en ninguna casa de su pequeño territorio. Gwen recorrió los castillos de la zona sin hallarle, frustrada por no poder completar su venganza. ¿Dónde se había metido? ¿Cómo podía nadie esconderse ante ella? Tarde o temprano le encontraría.
Finalmente le halló. El que parecía la mosquita muerta estaba con su madre. ¡Seguro que se había quedado para concertar el tan temido matrimonio! Tan consumida estaba por su odio que ni vio las lágrimas de su madre, desesperada por encontrar el cuarto de Gwen vacío. De un empujón terrible derribó al caballero haciéndole volar por los aires.
- ¡Tu! -gritó furiosa - ¡No me obligarás a casarme contigo! ¡Antes, te veré en el infierno!
El caballero trató de incorporarse, pero era inútil. Estaba destrozado por el golpe. Veía su sangre empezar a brotar. No vería la luz de un nuevo día.
- Nunca te hubiera obligado... Era lo que... trataba de... decirle... a tu madre... yo... te amo... pero... no si no puedo... ganar... tu amor... prefiero... dejarte... libre...
- ¿Amor? ¡Ja! ¡Eso no existe!
- Existe... y es... la fuerza... más... poderosa... de la... creación... el amor es... Dios mismo...
- Si tan poderoso es, te protegerá de mí, ¿verdad?
Y sin darle tiempo a responder, chocó nuevamente contra él, con toda la fuerza de su odio. Pero esta vez notó algo nuevo al chocar contra él. Algo que nunca había sentido. Y se sintió por primera vez verdaderamente libre.
Gwen trató de levantarse. Volvía a ser normal. Roger había vencido con su amor el odio que la estaba consumiendo. Trató de buscarle, para darle las gracias. Pero ya era tarde. Roger había muerto.
- Mamá... - preguntó entre sollozos - si me amaba... y el amor es tan poderoso... ¿por qué no ha sobrevivido?
- No lo sé, mi vida. Tal vez sea esto lo que quieren decir que el amor es sacrificado. Roger se sacrificó a sí mismo para salvarte.
Los años pasaron, pero Gwen jamás olvidó aquella noche ni a aquel caballero que había aprendido a amarla y el precio que dicho amor significaba.
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